Son cerca de las 5 de la tarde. Desde el cubículo que me prestaron se alcanza a ver cómo, ante la caída del sol, los colores del otoño invaden el campus de mi antigua universidad. Aún así, esos colores no lucen tan otoñales como los de la tarde de ayer, 16 de septiembre.
Tuvimos una reunión familiar en casa de mi hermano Marcos, el carpintero. Hace cerca de un año ahí hubo un incendio, registrando pérdida total. Su casa, su taller de carpintería, su equipo de sonido, sus recuerdos familiares... Con mucho trabajo y con la ayuda de amigos, muchos de ellos del oratorio salesiano donde él y su familia se congregan desde hace años, han logrado salir adelante. Yo me encontraba en Querétaro cuando eso ocurrió. Mi sobrina, en Guanajuato. Fue hasta diciembre del año pasado cuando pude verlos. Las cosas van a mejor con su familia, lo cual me reconforta.
El trayecto a su casa, ubicada en el este de la ciudad, revivió numerosos recuerdos, principalmente de la infancia. Primero sobre las vacaciones de verano en las que acompañaba a mi papá y a mis hermanos al taller de carpintería, donde a ratos me entretenía, y a ratos me aburría. Luego, recordé cuando acompañaba a mi mamá a un puesto donde vendíamos ropa de segunda, nieves y no recuerdo qué otras cosas. No siempre la pasaba bien. Desde niño solía sentirme solo, que no encajaba, quizá por ser el menor de la familia. Mi mamá, sin embargo, me recuerda como un niño feliz, en un ambiente que se asemejaba a un día de campo, por encontrarse esos lugares en lo que entonces eran las afueras de la ciudad. Quisiera tener una memoria tan selectiva como ella.
La sensación de no encajar no se ha ido. Por el contrario, entre más tiempo paso entre archivos, libros y papeles viejos, o en conversaciones que intentan traer al presente episodios del pasado que no siempre son gratos, más trabajo me cuesta "relacionarme con las personas", por decirlo de alguna manera. La tarde de ayer me recordaba que una parte de mí se había sentido siempre más o menos así, fuera de lugar. Entonces, cuando mi hermano se disponía a poner el pollo en el asador, prendió unas bocinas para escuchar música. Sonó "no dejes que" de Caifanes, la primer canción que me aprendí en la guitarra. Adrián, mi otro hermano, el profesor, me enseñó sus acordes hará unos 17 años. Me di cuenta de que, aún y cuando sigo siendo el mismo outsider de siempre, de alguna manera estaba en casa. El sol terminó de caer, y entonces recordé que, cuando era niño y salíamos de paseo en fin de semana, no quería que esos días terminaran.
lunes, 17 de septiembre de 2018
domingo, 9 de septiembre de 2018
Siempre es otoño
Es domingo por la mañana. Tomé café y
comí algunas nueces y almendras. No tengo mucha hambre. Anoche salí con mi exnovia
de la prepa. Dentro de no mucho tiempo habremos cumplido 15 años de conocernos.
En un par de semanas iremos a un concierto. Quisiera pensar que es una amistad
que he sabido cuidar.
Mi hermano y mi mamá
platican en la cocina. Hablan sobre gente que cruza a Estados Unidos
ilegalmente, y cómo ese proceso es más difícil para los centroamericanos. Mientras,
de fondo, suena música de trío. Yo platico por whatsapp con Pahola sobre las próximas
entrevistas de mi investigación en curso, y sobre sus clases de historiografía
en la Ibero. La sala está oscura, entra poca luz. Apenas se ilumina el cuadro
de un paisaje, pintado sobre terciopelo negro por mi papá hace unos 40 años. Hay
otro cuadro, iluminado por la luz de la cocina y el comedor. Es un Ecce Homo, pintado
también sobre terciopelo. En su conjunto, ambas imágenes transmiten un
poco del pasado de mi familia, un pasado que se ha ido para siempre, pero que de pronto irrumpe por medio de recuerdos, de objetos, de algunas pláticas.
Entre muebles,
cuadros viejos, pláticas sobre la frontera, historias de las religiones y un
aire fresco que anuncia la llegada del otoño, paso la mañana de este domingo,
un día que por muchos años estuvo consagrado a ir a misa, y luego, a reunirme
con otros jóvenes católicos. No estoy seguro de estar en casa, porque ya no se parece tanto a la casa que recuerdo, pero al menos,
hay un acto de hospitalidad de mi familia de recibirme acá, luego de 3 años de
ausencia. Mientras, esperamos la próxima estación del año, la que solemos
asociar con la vejez, la nostalgia y la melancolía. Entonces recuerdo algo que
hace unos días le dije a alguien: para mí, siempre es otoño. Tal vez por eso
terminé siendo historiador…
lunes, 25 de septiembre de 2017
Tlayecac
Era el viernes 22 de septiembre, el tercer día después del sismo.
Más allá de la notable inutilidad de nuestra profesión en estas situaciones,
varios de mis compañeros nos habíamos puesto a ayudar en el centro de acopio
que se armó en el colegio. A diferencia de la UNAM, con una larga tradición de
organización estudiantil, estas cosas son nuevas para nosotros. Un día antes,
por la tarde – noche, nos habían pedido algunos voluntarios para entregar y
descargar un camión con víveres en el campus de la Universidad Autónoma del
Estado de Morelos en Cuautla. Al final nos juntamos ocho.
Yo no conocía
Morelos. Mi cuñado nació en Jojutla, uno de los pueblos más afectados por el
sismo. Aún así, desde que llegué a la Ciudad de México me he dado cuenta de que
ese estado es una referencia de alteridad para la capital del país, un
escenario rural por donde han desfilado desde los bandidos del siglo XIX hasta
figuras icónicas de la izquierda, tales como Emiliano Zapata, Rubén Jaramillo,
Lucio Cabañas, Sergio Méndez Arceo…
Antes de partir
decidimos quitar la lona del camión que decía “El Colegio de México”, pues
desde la noche anterior circulaban historias de varios transportistas que habían sido redirigidos a la sede del DIF por la policía
estatal, al parecer por órdenes del gobernador. Querían etiquetar las despensas
con el sello del gobierno “¿En qué pinche país vivimos?” decía molesto un
amigo, donde llevar despensas, agua y botiquines es como llevar contrabando.
Como siempre, las autoridades lo negaron, diciendo que solo se escoltaba a los
transportistas por seguridad, y calificaron los testimonios, siguiendo los
pasos de Trump, de “noticias falsas”.
Tuvimos suerte.
En la caseta de Cuernavaca había un camión con víveres detenido por la policía.
A nosotros no nos dijeron nada. Llegamos sin muchos problemas al lugar de
destino. En la entrada había un guardia armado, y afuera una patrulla
municipal, según supe, para que fueran por nosotros si la policía estatal nos
detenía. En el campus había pancartas de protesta contra el gobernador, Graco
Ramírez, por retener presupuesto de la universidad. Nada nuevo en este país. Lo
más grave, en ese lugar, era que los edificios, construidos hacía apenas un
año, tenían daños severos. Al parecer habían quedado inservibles con el sismo.
Descargamos el
camión. La historia sirve para poca cosa. Me eran más familiares las
experiencias rurales o las “misiones” de la Ibero, cuando era profesor hace
unos siete años, o cuando trabajaba como abarrotero hace diez. La gente de
Cuautla estaba bien organizada. Una profesora de la UAEM, egresada del Colegio
de México, coordinaba una red de distribución de víveres a las comunidades
aledañas. Teníamos hora de regreso, pues nos llevó un chofer del colegio. Igual
nos ofrecimos a pasar por alguna de las comunidades. Nos sugirieron Tlayecac.
El poblado está
como a ocho kilómetros de Cuautla, en el municipio de Ayala. Según leí después, hay asentamientos humanos
ahí desde el año 1,300 a.C. Puede que no queden muchos rastros de un pasado tan
remoto, pero la época colonial se siente presente al ver la iglesia de San
Marcos, la cual pertenecía a un convento agustino de comienzos del siglo XVII.
Hoy ya no está el convento, pero la comunidad, aunque ejidal, está articulada
alrededor de la iglesia, el panteón, la ayudantía municipal y la escuela. Todos
esos edificios quedaron dañados por el sismo.
A tres días del temblor, las autoridades no habían llegado al lugar. Según nos dijeron, solo pasó
gente del INAH, y diagnosticaron que el templo y el puente de la entrada al
pueblo, ambos considerados patrimonio cultural, habían resultado dañados.
Llevábamos algunas cobijas, agua, botiquines y materiales de limpieza. Aunque
no hubo muertos, casi un tercio de la población se había quedado sin techo. Muchos
habrían de dormir en el salón ejidal. De 740 casas que hay en el pueblo, 225
estaban seriamente dañadas. Era un patrimonio familiar de varias generaciones.
Entre el contingente había un
antropólogo, quien rápido contactó a los líderes de la comunidad, los grabó, y
ofreció nuestro apoyo para, cuando menos, dar cuenta de lo ocurrido y
visibilizarlo. Fuimos a varias casas. Mis compañeros tomaron fotos de los
inmuebles dañados. En uno de los lugares que visitamos, las construcciones de
tres generaciones estaban inhabitables. La primera en caer era la casa que
habían construido los abuelos. Hablé con una profesora de Cuautla, que estaba
ahí acompañando a su familia. Se notaba preocupada. Como no se había extendido el turno en el Kinder donde trabaja, ya no había niños a la hora del sismo, "si no, no sé que hubiera hecho con mis niños de 3 años". Conforme pasaban los días,
aparecían más grietas, y la casa más nueva dentro del terreno familiar se volvía más peligrosa.
Nunca habían pasado por algo así.
Pregunté por el 85. Me dijeron que aunque se sintió fuerte, nada se había
dañado, salvo uno de los campanarios de la iglesia. Ahí no se guardaba la misma memoria que en la ciudad sobre esa
catástrofe. La gente se sentía afortunada de que no hubiera muertos ni heridos,
pero estaban preocupados por los daños y la reconstrucción. De la iglesia,
rápido sacaron a los “santitos”. Una pared del panteón se fracturó, y según
dijeron, un día antes de que fuéramos se podía percibir el olor…
Llegó un camión que decía DIF. Por lo
antes dicho, me asusté. Pero no era el DIF de Morelos, sino de un municipio de
Hidalgo. Llegó primero la ayuda desde allá. Regresamos preocupados, pues lo poco que hicimos parecía insignificante ante lo que podíamos ver. “Esto va
para largo” dijeron varios.
Al día siguiente nos despertó la alerta
sísmica. Fue por una réplica de 6.1 grados que casi no se sintió. La alarma fue
suficiente para que dos señoras de edad avanzada fallecieran por un infarto, y
que un tercero, asustado, se lanzara por una ventana en una de las zonas
afectadas de la Ciudad de México. En Oaxaca se cayeron dos puentes. La buena
noticia fue que la gente de Cuernavaca, durante el viernes, no sólo increpó al gobernador,
sino que además tomaron las bodegas del DIF y repartieron lo que ahí se había
acaparado.
Como Tlayecac, hay muchos pueblos que
por ser parte del México rural, ese al que solemos culpar cuando el PRI gana
las elecciones, resultan apenas visibles dentro del caos que los terremotos han
venido causando. Pero dentro de ese caos, es posible encontrar solidaridad, entrega
y hospitalidad. No es un asunto de nacionalidades. Muchos de mis compañeros que
han estado al pie del cañón son extranjeros. No ha dejado de temblar. Ya sea en
la Roma o en Tlayecac, esto va para largo.
(Fotografía de Günther Hasselkus)
sábado, 23 de septiembre de 2017
Tembló
Era como la una de la tarde. Estaba en el nuevo edificio de la
biblioteca del colegio. Intentaba avanzar en el primer capítulo de mi tesis. Justo
durante la mañana había revisado los testimonios del primer obispo de Baja
California sobre la misión de la Purísima, que había sido destruida durante un terremoto en 1810. Comenzó a temblar. La alarma sísmica vino después. Apenas dos
horas antes habíamos hecho un simulacro, conmemorando el sismo del 85, ocurrido
un día como ese, 32 años atrás. Yo ni siquiera había nacido entonces, pero por
esos años llegaron muchos “chilangos” a mi rancho. Según la opinión de muchos, salieron
huyendo del terremoto. Como buenos pueblerinos, los tijuanos somos medio
xeonfóbicos con los foráneos. Aún así, mi hermana y uno de mis hermanos se
casaron con gente de por estos rumbos. Yo no lo viví, pero me han contado tanto
sobre ese sismo que de alguna manera lo recuerdo.
Hacía días que acababa de temblar. En
casa casi no lo sentimos. Fue por la “alerta sísmica” que despertamos y bajamos
al patio; 8.2 grados. Acá en la Ciudad de México, como buenos
“millenials”, hicimos memes. Solo se cayó una barda que aplastó un carro. Dos
estados del sur quedaron destruidos. Según algunas fuentes, hubo cerca de 100
muertos, como 80 mil casas dañadas en Chiapas y 50 mil en Oaxaca. Conozco poco
esos estados. Ambos tienen de los mayores índices de pobreza y población
indígena. Sabrá Dios cuánto les tomará recuperarse.
Mis mayores recuerdos durante el sismo
eran del 2010. Yo regresaba a Tijuana de una semana de “misiones” con mis
alumnos de la preparatoria de la Ibero. Cosas de jesuitas. Era cumpleaños de mi
papá, 4 de abril. Salí a la tienda a comprar cervezas. Primero vi caerse las
“sabritas” del estante, luego, el piso y las torres de la iglesia moverse.
Cuando terminó, veía los cables moverse como columpios. Solo entonces temí por
mi vida, pero ya había pasado. Compré las cervezas y volví a la casa. Todos
estaba afuera. La “cura”, como decimos allá, era que mi mamá, aún con problemas
para caminar, fue la primera en salir. Mi hermana y su familia venían en carretera por
Mexicali, donde fue el epicentro. Nos preocupamos por ellos, pero como viajaban en carro, ni siquiera lo sintieron.
La sensación en mis piernas era parecida
a la de ese entonces, solo que esta vez no estaba en piso firme, sino que
bajaba por unas escaleras metálicas de caracol y tenía gente detrás de mí.
Estaban más asustados que yo. Quizá debí haber corrido, pero no sé por qué me
ceñí al protocolo. Los ventanales del nuevo edificio se movían. Cuando llegamos
al punto de reunión, creo que nadie dimensionaba la magnitud. Pero, si en el
sur, una zona con suelo volcánico, se había sentido así ¿qué esperar del resto
de la ciudad? Circularon noticias de un edificio derrumbado por la colonia
Roma.
Mi primera preocupación era que no traía
celular y no podía comunicarme con mi novia. Le pedí su celular a Óscar, un
compañero de mi generación, pero no entraba la llamada. Cuando regresé a donde
estaba mi laptop, no vi que ella estuviera en línea desde hacía una hora. Saqué dinero del cajero automático y salí
hacia la casa. Había gente que se quedó en el colegio, pues, como dije, desde
ahí no podíamos dimensionar el sismo. Intentaban sacar libros o leer, pero
eventualmente los desalojaron. Se habían suspendido las actividades.
Apenas alcancé un camión. Había tráfico.
La gente compartía videos en sus celulares de edificios derrumbándose. Solo
entonces comencé a figurar la gravedad de lo ocurrido. Cuando llegué a mi
parada, los semáforos no servían. Estudiantes de la UNAM dirigían el
tráfico. Estaba preocupado por lo que podría haber pasado en casa. El
vecindario estaba completo, pero sospechosamente silencioso. No había energía
eléctrica. Mi novia y la pareja que nos renta estaban bien, pero casi
incomunicados. No había señal de celular.
Tardé algunas horas en poder comunicarme
con mi rancho. Mi suegra le había marcado a mi hermano para que le dijera a mi
familia que estábamos bien. Había un restaurante con energía eléctrica e
internet a un lado de la Mega Comercial. Muchos amigos estaban preocupados por
nosotros, teníamos muchos mensajes. Regresamos a casa ya oscureciendo, el servicio había estado lento,
pero no había manera de reprocharlo, quienes trabajaban ahí estaban en shock,
como todo el mundo. La gente caminaba por la calle con el rostro desencajado.
Compras de pánico y una sensación extraña. Era de esos silencios que no
transmiten paz, sino otra cosa.
La energía eléctrica volvió después de
las 9 de la noche. Una hora antes la UNAM había convocado brigadas en CU. No
alcanzamos a ir, pero se reunieron como 1,500 brigadistas voluntarios.
Esperábamos ir a la mañana siguiente, pero rectoría avisó que no eran
necesarias más manos, por lo pronto. A la mañana siguiente fuimos a la Colonia
Roma. Varios edificios destruidos. Acá no tenemos cascos ni herramientas.
Tampoco somos médicos, enfermeros o psicólogos. Salvo armar botiquines, en poco
pudimos ayudar. Nunca ser historiador me hizo sentir tan inútil. No nos pudimos
colar para ir a Xochimilco, a donde había llegado poca ayuda. Dos horas
después, la entrada a San Gregorio se saturó de tanta gente que fue.
Regresamos a casa. Ahí vi que se estaba
organizando un centro de acopio en el colegio. Contacté a un amigo que vive por
estos rumbos, fuimos a comprar algunas cosas y estuvimos ayudando un rato. En
el camino, comentábamos cómo la movilización era impresionante, pero había poca
organización. No es para
menos. Quienes salieron a ayudar fueron gente que vivió el sismo. Pedir más de
lo que la “sociedad civil” ya está haciendo es ignorar por completo el carácter
traumático de una experiencia como esta.
Van más de 200 muertos en las zonas
afectadas. 7.1 grados en la capital causó más daños que los 8.2 de hace 12 días
en los estados más pobres. Sobre Chiapas y Oaxaca, dije en su momento que no
solo era la naturaleza, también la pobreza y la desigualdad. Las costureras atrapadas en la fábrica son muestra de ello. Hay algunas cosas que de repente parecen más complicadas. Varias de las zonas más afectadas en la Ciudad de
México fueron donde hay rentas más caras. Esos lugares sobre los que suelo
expresarme de no muy buena manera, habitados por “hipsters”, llenas de
restaurantes orgánico-artesanales con comida horrible y cara; donde a pesar de
ser una zona “trendy”, hay muchísimos asaltos y denuncias por acoso; donde
viven hacinados 10 roomies para poder pagar el alquiler… Ahí llevan años
levantándose construcciones y remodelándose edificios viejos para vender y
rentar departamentos carísimos. Fue una zona sumamente afectada en el 85, pero
no sé si sea correcto decir que la nota se “repitió”. Inmobiliarias, sin trabas
por parte del estado, le vendieron casas de cartón sobre un lago a la clase
media alta de la ciudad...
Acá en Chilangópolis, como suelo
decirle, sobra la ayuda. Los chilangos pueden ser gente de lo más solidaria y
entregada en estas situaciones. En el México rural que nos rodea hay menos apoyo. En realidad he hecho muy poco, y aún así estoy cansado. Quiero pensar
que algo se rompió dentro de nosotros. Personalmente, no quiero que todo
regrese a la normalidad. Al contrario, quisiera que las cosas no vuelvan a ser
como antes.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Pactar con el diablo
En 1929 la Santa Sede firmó un concortado con el gobierno de Benito Mussolini. Esto no sólo le permitió existir como un Estado (ahí el origen de la Ciudad del Vaticano), sino que también se le respetaron muchos de los privilegios que había tenido en los buenos tiempos de la Europa cristiana. No tardó mucho en firmar un pacto similar con el gobierno del Tercer Reich, unos años más tarde. Tardó un poco más en arrepentirse y reconocer que, aliarse con el fascismo, era uno de sus mayores errores. Pero no se trató solo de un error de cálculo, en países como Austria, España, Portugal, y en la región croata de Yugoslavia, se dio una afinidad casi natural entre catolicismo y fascismo. El temor a la revolución comunista hizo que muchos católicos vieran en este posicionamiento político una alternativa tanto a la izquierda como al capitalismo liberal, ese perverso sistema que disuelve todo lo sólido en el aire, incluyendo las creencias, tradiciones, familias...
En México la relación entre catolicismo y fascismo fue más compleja. Uno de los mayores admiradores de Mussolini fue Tomás Garrido, gobernador de Tabasco, reconocido por su anticlericalismo (ahí sí se quemaron iglesias y se persiguió más o menos sistemáticamente a creyentes y ministros de culto), y por su grupo de choque, los "camisas rojas", quienes eran algo así como la versión mexicana de las "camisas pardas" italianas. Por otro lado, la filiación fascista de muchos católicos no fue secreta, en especial en grupos como la Unión Nacional Sinarquista (llamados "fascistas con huaraches") pero también de algunos de los fundadores del PAN... Ni siquiera el PNR se salva. Dicen las malas lenguas que cuando Lázaro Cárdenas expulsó a Plutarco Elías Calles del país, éste estaba leyendo "Mi lucha", y que estando exiliado en San Diego, se puso en contacto con los fascistas españoles para intentar darle un golpe de estado a Cárdenas, a quien acusaba, al igual que católicos y panistas, de ser un "comunista". Además de la derecha y la izquierda que se organizaban públicamente, las filiaciones fascistas se notan mejor en los grupos secretos, y es ahí donde ha permanecido hasta nuestros días.
En los años 30, durante el período de entreguerras, el padre general de los Jesuitas, Wlodimir Ledóchowski, propuso que la Europa del este que aún era católica, como su natal Polonia, debía convertise en un Yunque que resistiera los martillazos que el comunismo soviético lanzaba sobre Occidente. No pasó mucho antes de que un jesuita mexicano, que mientras estuvo en Guadalajara creó una organización conocida como "los tecos", fundara en Puebla una organización similar de la que todos hemos oído hablar...
Heredera de la geopolítica de los años 30, oculta entre las sombras debido a la relación oficiosa que el gobierno y la iglesia mexicana establecieron a partir de los años 40, y fortalecida durante la Guerra Fría debido al temor que las élites mexicanas tenían sobre "el comunismo", hay una derecha mexicana que ha sido y es católica y fascista. La más intransigente dijo que la Santa Sede está vacante desde de Juan XXIII, pues según ellos, el Concilio Vaticano II fue resultado de la infiltración de un judío para destruir la iglesia. La que es políticamente correcta, ha permanecido dentro del redil, haciendo jugosos negocios (sí, muchos son exitosos empresarios) mientras lee a Salvador Borrego, apologeta mexicano del nazismo; financía a grupos como el Opus Dei, cuya universidad le dio el título a nuestro presidente con todo y una tesis plagiada; o a los Legionarios de Cristo, quienes de no ser porque el escándalo se les salió de las manos, habrían beatificado a un toxicómano y pederasta. Con las recientes movilizaciones de católicos defendiendo a la familia, por primera vez en muchos años, el Episcopado mexicano parece haberle dado luz verde a estos grupos para salir de las sombras "a hacer lío".
No me gusta generalizar. No creo que el catolicismo, ni siquiera el mexicano, sea intrínsecamente fascista, ni que todas las personas que salieron a marchar por la familia lo sean. Lo que me preocupa es que, en un intento desesperado por defender un mundo "solido" de valores y tradiciones, aún y cuando este nunca haya existió fuera de nuestra imaginación, y asustados por una propaganda mentirosa (un obispo dijo una vez que se buscaba aprobar el aborto a los 9 meses de embarazo...), estén resucitando a un cadaver político que, aunque me cuesta decirlo, me asusta mucho más que el PRI. Un cadaver fascista que esperaba la oportunidad de ser revivido, y que parece haberla encontrado en la debilidad del régimen actual, y que se entiende a la perfección con otra derecha, una venida del norte, que disfrazada de "evangelio" no tiene empacho en bailar sobre la tumba de todos los protestantes que lucharon por construir un estado laico. Esa derecha que por poco y gana la alcaldía de mi ciudad natal, lanzando como candidato a un militar torturador. Solo espero que, en unos años, quienes hoy marchan por la familia no deban reconocer que, como sucedió hace más de medio siglo, cometieron uno de sus mayores errores al pactar con el fascismo.
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