lunes, 25 de abril de 2016

En una manifestación

Estaba por iniciar la manifestación. Eran las dos y media de la tarde y el calor amenazaba con hacerse presente. Estábamos cerca del monumento a la revolución, un edificio extraño, pensado inicialmente para ser la sede el congreso, y del que cuentan que hace unos ochenta años, la gente se trepaba para robarse sus varillas y otros metales. Nunca me ha quedado claro que representa o qué debería representar. Buscábamos algo de sombra y un lugar donde pudiéramos comprar agua. El Oxxo estaba cerrado, como siempre ocurre en las manifestaciones, seguramente porque la compañía de seguros se los exige para indemnizarlos en caso de que los “anarcos” rompan sus vidrios, lo grafiteen o le lancen una bomba molotov. Había mucha gente, no me atrevo a decir que de todas las clases sociales y generaciones, pero poco faltaba. El color morado y las consignas, unas más radicales que otras, nos unían en una causa común, o al menos eso queríamos creer: todos estábamos en contra de la violencia machista. Como siempre, el movimiento está lejos de ser homogéneo, lo cual dará pie a más de un nefasto para decir que se trata de puro argüende de las “feminazis”… Muchos llevaban perros, lo que inevitablemente me hizo recordar una de las pláticas de comedor con mis compañeros “en mis tiempos no sobreprotegíamos a los perros, al contrario, nos teníamos que cuidar de ellos”. Sin duda, los tiempos cambian.

Entre la masa de mujeres y hombres, ONG’s, colectivos y contingentes estudiantiles, me llamaron profundamente la atención tres señoras que por un momento estaban a nuestro lado. Todas pasaban de los 50 años, llevaban cabello corto y falda larga; no fue hasta que pude ver la insignia que colgaba del pecho de una de ellas que me di cuenta ¡Eran religiosas! Más interesante aún, llevaban consigo unas cartulinas rotas con las que se echaban aire. Pude ver que del otro lado, el oculto, esas cartulinas tenían escritas referencias a “la familia” y una decía “Pro-vida”. Entonces se me ocurrieron algunas posibles historias sobre cómo y por qué ellas habían llegado ahí con esas cartulinas.

La primera era una que bien habría sido objeto de encabezados en periódicos, revistas y blogs de las derechas religiosas: así como los grupos pro-vida de Colima la semana pasada, ellas habrían salido a la calle para defender los valores tradicionales y queridos por Dios, ante la inmoralidad que una ideología tan infame como el feminismo representaba para un país como México. Entonces, un grupo de “feminazis” se habrían lanzado contra ellas quitándoles sus pancartas y rompiéndolas. Y estas tres señoras, con la superioridad moral con la que todo buen creyente debe ver a los enemigos de la fe, las bendijeron y oraron por ellas, al tiempo que recogieron con tristeza sus cartulinas "Pro-vida", cuya única utilidad ahora era la de refrescarlas ante el ardiente sol; solo descansaban antes de regresar a casa. Pero no, no había angustia en sus rostros ni señales de una batalla espiritual de semejante envergadura, más bien parecía que se sentían como en casa.

Entonces pensé en una segunda historia. Estas religiosas eran feministas. Así como Sor Juana de catolicadas, o las que atienden a una comunidad LGBT acá en Coyoacán. Pero no eran unas religiosas feministas cualquiera, lo eran pese a la oposición de su congregación. Algo así como los amigos religiosos que tengo, que aunque su corazón está a la izquierda, viven con gente de derechas que gozan cuando las familias de alcurnia los invitan a comer y beber vino un domingo después de misa. Eso explicaría el origen de las cartulinas: las llevaron para que les dieran permiso de salir y no causar un escándalo innecesario en su casa. Cuando estaban dentro de la marcha, rompieron las pancartas "Pro-vida", convirtiéndolas en algo más útil para un día como ese. Un día después me inclino por la segunda historia, aunque seguramente las cosas sucedieron de otra manera a cómo la imagino, pues las encontramos algunas cuadras más adelante, sobre el paseo de la reforma ¡Entonces sí iban a la marcha! Supongo que, por un momento, el agonizante hombre de fe que aún queda dentro de mí se sintió menos solo, aunque no nos hayamos dirigido la palabra.

lunes, 13 de julio de 2015

No me despido

Hace como un año y medio terminé mis estudios de maestría. La sensación era agridulce, pues me costó más trabajo de lo que había previsto, me volvió más consciente de lo que me falta por aprender, al tiempo que sembró inquietudes un tanto extrañas. Regresé paulatinamente a las aulas, como profesor, y no pasó mucho tiempo antes de recibir dos noticias contradictorias como pocos días de diferencia: un artículo rechazado y una carta de aceptación a un doctorado al que, siendo sinceros, nunca hubiera aspirado a ingresar de no ser por la sugerencia de un profesor prácticamente desconocido.

Diez meses viviendo solo, acercándome a algunas nuevas amistades y distanciándome de algunas más o menos "viejas". A veces, cuando terminaba mi "performance" como profesor, no sé que tan bien logrado, me preguntaba si acaso no utilizaba la docencia para seguir aprendiendo, y si ellas y ellos habían logrado, ya no digo "aprender", sino cuando menos hacerse una de las muchas preguntas que, mal que bien, intento sembrar cada que platico con alguien, sea en un aula, en un pasillo, en un bar o en la mesa de un restaurante o de un café.

Dos generaciones de preparatoria graduadas, con casi un centenar de ex-alumnos de cada una, pero con unos cuantos buenos amigos y amigas a quienes sigo y seguiré frecuentando. Ateos, creyentes e incrédulos, todos dejaron preguntas y recuerdos que me formaron, y tengo bastante de cada una de esas actitudes; protestas, discusiones, marchas, pisteadas, pláticas y silencios que me permitieron, semana con semana, observar cómo cada día dejo de ser lo que era para empezar a ser algo distinto, quien sabe si mejor o peor, pero siempre "alterado" por esas personas.

Hace como un año dejé a mi primera y última (pero no única) banda de rock. Hace un par de días entregué las llaves de mi casa, no la de mis padres, en la que nací y crecí, sino en la que descansé, cociné, leí, toqué y me bañé por casi un año, la primera que renté. Mañana dejo la casa de mis padres y mis hermanos. Hace diez días era un profe de la Ibero... Trato de no llevarme mucho, salvo unos cuantos libros, algo de ropa, mi memoria y mis aprendizajes, en los que se encuentra un poco de todos y todas con quienes he convivido.

No voy solo. Nos vamos juntos. Lo cual me fascina y me aterra a la vez, y me aterra no porque tema a los compromisos o a la compañía, sino porque amar y ser amado implica que todos los días dejaré de ser un poco quien soy para convertirme en algo distinto, porque significa reconocer no solo que no estoy completo, sino que le ofrezco a ella una grieta de mi corazón que nunca será llenada, pues en el momento que se cierre, se cerrará también la posibilidad de amar. Mañana a esta hora estaremos comenzando algo distinto, en una tierra extraña que habitaremos y que nos habitará a nosotros; no sé si seré más feliz, si la vida será más fácil, ni si obtendré todo lo que quiero, pues nada me garantiza que mañana desearé lo mismo que hoy, pero estaremos juntos, y eso me basta.

Y no, no me despido, no sólo por la garantía de que eventualmente regresaré, sino porque mucho de lo que soy se queda por acá, y porque en lo que soy en este momento me llevo mucho de todos los que han estado a mi lado.

martes, 23 de junio de 2015

De izquierdas, iglesias y política

"Lo fundamental es la honestidad, eso (los temas de aborto y uniones gay) con todo respeto y autenticidad, lo considero como algo no tan importante, lo importante en México es que se acabe con la corrupción, nada ha dañado más a México que la deshonestidad" López Obrador.

Desconozco exactamente cuál fue la pregunta que detonó esta opinión, pero lo cierto es que mucha gente de izquierda “se lo come”. ¿Cuál o cuáles izquierdas? Aquí inicia el primer punto complicado y conflictivo, pues los posicionamientos políticos que se asumen como tales son de lo más diverso, y en mi experiencia va desde los gays progresistas de clase media que sistemáticamente votan por el PAN (conozco a varios hombres, pero eso si, a ninguna mujer lesbiana que apueste por acción nacional, aunque no niego ni descarto su existencia) hasta católicos y evangélicos pro-vida que le han apostado al PRD o Morena, eso sin tomar en cuenta a los leninistas, trosquistas, anarcos, y demás especímenes cuya fe en la revolución y desprecio por la democracia es homólogo a la fe en el regreso de Cristo y el rechazo hacia las cosas "del mundo". Y claro, todos dicen que ellos son o la izquierda verdadera, o por lo menos, "la buena"... Y aquí el ser "radical" puede ser visto, en algunos casos, como algo positivo o algo negativo... ¿Hay una izquierda auténtica o verdadera? Me declaro incompetente para un pronunciamiento tan profundo.

Pero no hay que ser un genio para saber que, al menos en el caso mexicano, esa diversidad de posicionamientos, más que enriquecer la discusión ha obstaculizado las posibilidades de que, fuera del DF y algunos estados, se propongan alternativas más o menos viables a un régimen que, paradojicamente, es neo-liberal y neo-conservador al mismo tiempo. Algunos dirían que, ante un escenario como tal, lo más prudente sería centrar los esfuerzos en lo que une a las izquierdas, y dejar momentáneamente de lado lo que las divide, pero es precisamente esa actitud pragmática la que le ha valido a Obrador ser calificado como conservador, retrógrada, y la abundante serie de adjetivos que brotan de la pluma y los labios de gente como Denisse Dresser. No me interesa cuestionar su credibilidad política o intelectual, pues Ackerman y Noroña le han respondido con argumentos que, al igual que los suyos, son "ad hominem" (y aquí el machismo implícito de la herencia latina se nos aparece por medio del lenguaje), pero debo reconocer que la crítica al "conservadurismo" de Obrador tiene un punto: si el matrimonio igualitario y la autonomía de las mujeres con respecto a su cuerpo son derechos humanos, éstos no deberían ni de estar en un segundo término ni sujetos a negociación en las cámaras (en algún momento del 2012, Obrador dijo que haría una consulta ciudadana al respecto).

Pero me atrevo a plantear, con tono de hipótesis que no me comprometo a demostrar científicamente, pues soy historiador y no sociólogo o antropólogo, que la postura "tibia" de Obrador obedece a razones políticas de otro tipo. De unos años para acá, las iglesias evangélicas se han convertido en actores políticos fundamentales de nuestro país, y son una mezcla sumamente interesante (y para unos preocupante) de fundamentalismo estadounidense y clientelismo-corporativismo priista. Y aunque son una minoría, el votar en bloques y con una lógica corporativa les permitió convertirse en la base de Calderón al interior del PAN (al respecto recomiendo la investigación de una amiga politóloga e historiadora poblana, Xóchitl Campos), colocar a su personal dentro de puestos públicos a nivel municipal y estatal, tales como las dependencias que atienden los "asuntos religiosos", formar un partido político en BC que más tarde alcanzó su registro a nivel nacional, algo que se logró, según algunos pastores "gracias al voto de los cristianos"; no habría que dejar de lado el asistencialismo que se delega a algunas iglesias que podríamos calificar como "neo-pentecostales" (etnografías informales mías y de mi novia), y toda una serie de prácticas de clientelismo en iglesias pequeñas y medianas que vienen penetrando no solo al PES y al PAN, sino también al PRI, al PANAL y a MORENA (esté uno en familia, en la calle, en el trabajo o con los amigos, uno ya no se quita el chip de científico social).

Comentarios de púlpito evangélico: "No porque el candidato venga a la iglesia significa que hay que votar por él" logran conciliar, al menos en el discurso, dos de los ejes por medio de los cuales el PRI nos enseñó a "hacer política": no mezclar la religión y la política, pero hacer campaña donde los votos se darán en bloque y no de manera individual. Así, el surgimiento de una sociedad post-secular (es decir, una que aunque no gira alrededor de la religión, tolera que ésta tenga expresiones sociales) nos ha dado en México un nuevo conjunto de actores políticos que, ante elecciones cerradas, tienen la posibilidad de definirlas. Aunque digan que no son "clientelas", hay una buena parte de electores evangélicos que al parecer votan en bloque (recordemos que ésta es una categoría etic, es decir, del observador), no sólo por su partido, sino por aquellos candidatos que ofrezcan garantías de incluir algunos de sus principios significativos en su agenda (valores, familia, etc.)No es secreto que en la campaña de 2012, Obrador lanzó una serie de frases de carácter religioso cuyo referente no huele a catolicismo (aunque sería interesante pensar el trasfondo de las siglas de su partido, en un país con muchos guadalupanos) sino a predicador evangélico, y desde el 2006 se rumoró que se había acercado bastante a iglesias de este corte. Por eso, no es de extrañar que cuando le pregunten por su opinión sobre el matrimonio homosexual o el aborto, más que opinar, se salga por la tangente, pues aunque un pronunciamiento firme "de izquierda" le valdría el voto de muchos ciudadanos, implicaría ganarse la enemistad de muchas iglesias.

¿Esto es una fortaleza o una debilidad? Depende desde dónde lo observemos. Marx en su momento criticó el anticlericalismo de Bakunin, por dividir a la clase obrera, y los líderes bolcheviques hicieron lo suyo con el feminismo por más o menos las mismas razones; pero la homofobia de los comunistas franceses les hizo perder la militancia de Michel Foucault, y el anticlericalismo de los marxistas del siglo XX nos permite entender su rotundo fracaso en latinoamérica. Morena es, con todo lo cuestionable, de los pocos partidos con una agenda orientada, entre muchas cosas, al respeto a la diversidad sexual (quien sabe si con el consenso o la simple tolerancia de su líder); si con eso logran obtener el voto evangélico, estaríamos ante una real-politik maquiavélica (en el mejor sentido de la palabra), pero como siempre, nos encontramos con el mismo dilema que en la ética: orientarnos por nuestros principios no siempre da los mejores resultados (al menos, electorales), y si ponemos los objetivos como prioridad, tendremos que sacrificar, o por lo menos ocultar, algunos de estos principios.

Mientras tanto, los hechos más recientes en el mundo nos despiertan del agradable sueño posmoderno de que el mundo caminaba inevitablemente a la democratización y liberalización de los mercados. Hay nuevos apartheids en ex-colonias europeas, y crímenes raciales en EU, el capitalismo más exitoso es el Chino, y lo es sin democracia, sin libre mercado y sin derechos humanos, en México nos matamos como en tiempos de la revolución, con armas estadounidenses y alemanas, pero esta vez sin una revolución, y los fundamentalismos, tachados de "antimodernos" no serían posibles, paradójicamente, sin las armas y la tecnología modernas. Por ello, tal vez sea el momento de por lo menos asumir que hacer política es, si no bueno, necesario, pero para que haya política de verdad es necesario reconocer que existen diferencias y antagonismos en nuestras sociedades, de lo contrario, no tendremos sino una élite que administra territorios y vidas, pues aunque lo hace en nombre "del pueblo" y del "bien común", estos posiblemente no existen más allá de nuestro pobre, limitado e insuficiente lenguaje.
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lunes, 13 de abril de 2015

Jesús y el Islam

Un día, en el año 2015, Jesús discutía con sus amigos posmodernos y les contó una historia: Dos mujeres fueron durante la Semana Santa a sus respectivos recintos de culto, una era cristiana y la otra musulmana, y aunque sólo se conocían de vista, caminaron juntas por un par de cuadras.

La mujer cristiana observaba a la otra de reojo y pensaba: Mi abuela usaba un velo parecido al suyo, pero gracias a Dios, desde el Concilio Vaticano II se abolió esa norma, y no sólo se da la misa en español, sino que también nos permiten sentarnos juntos a hombres y mujeres ¡Imagínate rezar en árabe, entrar cubierta al templo y no poder ni darle la mano a los hombres! Ella ya no era católica, sus necesidades espirituales y sus ideas con respecto a la equidad de género las había encontrado en una iglesia evangélica, ahí no había ídolos, y las mujeres podían predicar. La mujer musulmana iba pensando en lo difícil que era serlo en un país de mayoría católica, pero extrañamente, se sentía más segura desde que utilizaba ropas holgadas y velo, así al menos los hombres no le chiflaban ni le miraban el trasero cuando caminaba sola por la calle.

Después de las dos cuadras se separaron, y cada una llegó a su destino. En los meses pasados habían circulado noticias terribles sobre el Medio Oriente y África, de matanzas perpetradas por algunos grupos de extremistas islámicos. Era Viernes Santo, y por esa razón habían coincidido en el camino. Aunque no era un tema central de ninguna de sus ceremonias religiosas, el asunto estuvo presente en las oraciones de las dos.

La mujer cristiana oró así: Gracias Jesucristo por haberme salvado, y porque con tu sacrificio no sólo salvaste mi alma, sino que además me salvaste como mujer de ser parte de una religión y una cultura machista como el Islam. Gracias porque aquí todos somos iguales, no usamos velo, las mujeres tenemos voz, y sobre todo, porque somos una religión que predica la paz y el amor; te pido por todos los cristianos que viven en países musulmanes, pues su propio libro sagrado les incita a la guerra, pero así como Jesús se mantuvo fiel hasta el fin, algo que recordamos este día, sé que ellos también podrán perseverar. Mientras oraba, un joven la observaba de reojo y pensaba en lo bien que se veía, e intercalaba sus oraciones con sus planes para, al final del servicio, invitarla a tomar un café, y soñaba en casarse con ella y formar una familia; de hecho tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que no llegaran pensamientos impuros a su mente.

La mujer musulmana oró así: Al-lah, perdóname porque soy pecadora, porque mi anterior matrimonio fracasó no sólo por culpa suya sino también por malas decisiones mías. Perdona también a mis hermanos musulmanes que en tu nombre cometieron esos terribles crímenes, y cuida de todas sus víctimas, sin importar de la religión que sean. A ella nadie la observaba, pues en ese lugar de la mesquita no podían entrar los hombres. Después se sentó a platicar con sus hermanas.

Jesús les dijo: Yo les aseguro que ambas regresaron a sus casas tranquilas, con sus necesidades espirituales satisfechas, pues ambas eran buenas mujeres, trabajadores y honestas. Después de un silencio incómodo, alguien le preguntó:
- Pero ya, dinos ¿A cuál de las dos le hizo caso tu papá?
- Si recuerdan lo que mi amigo Lucas escribió en el capítulo ocho de mi biografía, se darán cuenta que a mi papá le agradó más la oración de la segunda.

Sus amigos lo cuestionaron ¿Cómo puedes aprobar una religión que no sólo no te reconoce como Hijo de Dios, sino que somete a las mujeres de esa forma? Jesús respondió: no hablo de religiones sino de actitudes, y mientras la actitud de la mujer musulmana le permitía reconocer que en su persona había errores, la mujer cristiana se sentía libre de ellos, y cuando volteaba a ver al otro era para compararse con él y sentirse orgullosa de sí misma y de su religión, eso, ustedes deberían de saberlo, se llama narcisismo, y si estás enamorado de tí mismo, no es posible amar al Otro ¿No es eso lo que mi papá quería?

Uno de sus amigos interrumpió y le dijo: Se nos acabaron las cervezas. No importa, yo invito la siguiente ronda, dijo Jesús, así lo hago desde Canán, y por cierto, mi mamá siempre llevaba velo.

jueves, 26 de marzo de 2015

Raite

- Súbase
- ¿Para donde va?
- Para la Cárdenas, lo dejamos ahí arriba.

No lo pensé dos veces, tomé un poco de impulso y me subí a la caja de la camioneta. Venían de Playas, iban para la colonia Jardines, quien me acompañaba en la parte trasera del vehículo me dijo que estaba pintando una casa. No me molesta caminar, pero nunca desprecio un raite. Era la segunda ocasión que me lo ofrecía un desconocido; la primera vez fue un taxista. En ambos casos me hicieron comentarios sobre el calor y lo pesado de la subida.

- ¿Estudias allá arriba?
- No, soy profesor.
- ¿De qué?
- De historia, doy clase de 4 a 6.
- Ah ¿no da clases todo el día?
- Vengo de mi hora de comida, y hoy salgo temprano, porque mis alumnos de maestría están de vacaciones.
- Es lo bueno de estudiar ¿verdad?
- Pues no se crea, aún con estudios está difícil encontrar chamba. Además, todo trabajo tiene su chiste, yo ahorita no aguantaría pintar una casa con este calor...

La conversación sobre el clima y el trabajo siguió por un par de minutos. Me bajé cuidando que no se me cayera la mochila, les agradecí el aventón y me despedí. Por un momento me pregunté quien tenía más que temer, si ellos de "levantar" a un desconocido, o yo de subirme a un carro viejo, sin placas y con gente "de esas colonias". Pero eso me resultó irrelevante ante el gesto de hospitalidad de un desconocido, al cual no supe como responder, y lo mejor es que ellos tampoco esperaban una respuesta, solo que el greñudo de la mochila se cansara y asoleara menos. Ojalá algún día pueda ser como ellos.

martes, 24 de marzo de 2015

Entre clases

Terminó la clase hace rato. Leímos el Nican Mopohua después de ver un documental sobre la "Conquista espiritual" de México... algunas veces disfrutamos las clases, ellos, ellas y yo, otras apenas nos toleramos. Platicábamos sobre las conferencias de Judit Butler, nuestro amor platónico en común, aunque yo apenas le empiezo a entender. El sol acaba de sumergirse en el mar, y no lo pude ver por estar pensando en estas líneas que acabo de teclear. No me queda claro con quien estoy hablando, si con otro, así con minúscula, pequeño, temeroso e insignificante como yo, o con Otro, grandote, con mayúscula, cuya existencia o no existencia serían capaces de atormentarme por igual, así que evito pensar en Él (o Ella).

Las máquinas suenan, los minutos se van lento. En menos de una hora entraré con mis alumnas y mi alumno de enfermería, comentaremos una lectura, yo hablaré, y espero poder hacerlos hablar y pensar. Tal vez alguien me de raite, aunque nunca me ha molestado caminar, e intentaré dormir. A veces disfruto esta vida, y cuando no lo hago, evito sentirme culpable por ello; después de todo, estoy de paso, y planeo, no sé como, deshacerme de lo más que pueda antes de irme. Tal vez regrese, tal vez no, ¿qué es lo que quiero? Leer, escribir y enseñar, eso lo puedo hacer aquí o en otro lado.

¿Pensar? Eso no lo puedo evitar. La periodista censurada, los campesinos que se sublevan al sur, por donde hace unos años iba "de misiones" o a la "experiencia rural", los que no aparecen, los que no se quieren ir, el luchador cuyo accidente mortal presencié, los alumnos, los profes, mis ex-profesores con quien innecesariamente me endeudé -no con dinero sino con palabras que no terminan de acomodarse-, mi mamá y mi papá, mis hermanos, el profe, la contadora y el carpintero; colegas, familia, amigos...

Alguien llegó, al parecer se dispone a comer. Pasaron como veinte minutos, quiero café y debo seguir leyendo, pues además de las clases, me pidieron hablar sobre los tiempos, los lugares y las personas con las que vivió el maestro. Dicen que los historiadores podemos ayudarle a otros a imaginarse a los muertos, a los que ya no están, a los que no conocimos. Así nos ganamos la vida, y me gusta.

lunes, 19 de enero de 2015

¿Quién tiene derecho a “colonizar”?

Durante su visita a Las Islas Filipinas, uno de los países que más claramente han vivido procesos de colonización, Francisco, el obispo de Roma, lanzó una serie de declaraciones en múltiples direcciones que, en última instancia, nos mostraron la dificultad de ubicar su postura en el espectro ideológico de la ciencia política ¿derecha o izquierda? Tal vez un poco de las dos, tal vez, en esencia, otra cosa (que aclaro, no es algo que aplauda o admire, pero es necesario comprender). Además de la “teología del llanto” y de las muestras de admiración hacia el catolicismo popular de las Filipinas, Francisco hizo un comentario que nos alerta de que, si bien podría ser el “nuevo héroe de la izquierda” como lo dijo el diario británico The Guardian, lo es de una izquierda como la de los años 60 y 70, una izquierda conservadora. Calificar como una forma de “colonización ideológica” la aceptación de formas familiares que no son encabezadas por una pareja heterosexual es un detalle que no deberíamos pasar desapercibido.

Alguna vez escuche de un estudioso de la religión que al haber elegido a un jesuita como papa, por primera vez podríamos saber lo que uno de los “soldados de Cristo” piensa de verdad, pues su cuarto voto (de obediencia al papa) suele constituir una de las formas más elaboradas de auto-censura en la historia del mundo occidental. Pero tal vez este nuevo obispo de Roma es menos poderoso de lo que pensamos, pues su forma de tocar temas como la homosexualidad o el divorcio, aún con lo apegado al catecismo que pudiera estar, generó escándalo en muchos clérigos y fieles del ala más conservadora, por lo que es comprensible que, ante las críticas desde la derecha y los rumores de cisma, esté intentando contrarrestar su “progresismo” con una dosis de conservadurismo que mantenga a la derecha dentro del redil. Pero tampoco debería de sorprendernos si su “defensa de la familia” es algo más que un gesto retórico y realmente proviene de una convicción profunda, basta con ver a Samuel Ruiz, ex-obispo de Chiapas, como unos lentes menos hagiográficos (como si fuera un santo) para notar que en la iglesia católica, es posible estar a favor de la igualdad entre pobres y ricos, pero no de la igualdad entre homosexuales y hetrosexuales. Finalmente, la idea de una igualdad radical es sumamente transgresora, y sabrá Dios si algún día la tomaremos en serio.

Pero lo no dicho, quien sabe si por ignorancia o con la intencionalidad que caracteriza a la retórica, es que el modelo tradicional de familia no necesariamente estaba presente en los pueblos colonizados por la Europa cristiana. De hecho, ese fue uno de los mayores problemas que enfrentaron los misioneros, primero jesuitas, luego franciscanos y dominicos, al ocupar e intentar evangelizar el nortoeste de México. En muchos contextos, asumir la forma tradicional (¿tradicional según quién y para quién?) de familia fue resultado de una violenta colonización. Y este es el punto donde “su mensaje” se vuelve más ambiguo, pues también en estos días anunció la canonización de Junípero Serra OFM, cuyo mérito fue ser uno de los grandes misioneros del continente americano, siendo parte fundamental, junto con sus hermanos, del proceso -en unos sentidos exitoso, en otros fallido- de colonización española en el noroeste mexicano y las Californias. El asunto es que desde la década de 1980 la canonización de este franciscano ha encontrado una notable oposición de parte de los indígenas del sur de California, para quienes no debe proponerse como modelo de santidad a quien jugó un papel central en el sometimiento de sus antepasados. Surge entonces la pregunta ¿Cuál es la postura de esta iglesia ante el “colonialismo”? ¿O es que acaso hay algunos colonialismos mejores o peores que otros? Y de ser así ¿El “colonialismo” que iguala los derechos de los no heterosexuales a formar una familia es condenable, pero no el que llevó a los pueblos nativos del norte de América al borde de la extinción, independientemente de las buenas intenciones de los misioneros?

Más allá de la crítica a una u otra declaración (que considero necesaria, si es que nos interesa lograr el aggiornamento prometido hace décadas) considero pertinente resaltar que, pese a la aparente ruptura pastoral de Bergoglio con los papados anteriores, hay una continuidad de fondo: el uso que ha dado de la máquina de hacer santos que renovó y aceitó el polaco Karol Woijtyla, que el año pasado le llevó a los altares. Una respuesta hasta cierto punto bien pensada de algunos católicos es que, en el fondo, lo importante es el uso que el papa pueda darle a las recientes canonizaciones, y cómo éstas le permiten resaltar ciertos valores que en este momento considera indispensables para la promoción de la fe y la lucha por la justicia. Pero ¿no implica el discurso hagiográficao de entrada, una deshumanización de los santos al proponerlos como modelos inalcanzables para la mayoría de los católicos? Y en el caso específico de Serra ¿No está valiéndose de un cariz sagrado para ganar a los pueblos indígenas una batalla por la memoria que, en dado caso, debería resolverse en la búsqueda de la verdad, y no en la consagración de ciertos arquetipos?

La deuda del cristianismo con los pueblos colonizados es mucha, y de asumir la causa de su “descolonización”, valdría la pena partir de una crítica (y no del distanciamiento o del olvido) sobre el papel que la propia religión cristiana, en muchas de sus variantes, ha cumplido y sigue cumpliendo en esto, y con ello replantear el discurso hagiográfico que solemos hacer de los misioneros, no para condenarlos, sino para que antes que convertirlos en modelos, seamos capaces de identificar todos “nuestros pecados pasados” (si es que en verdad creemos que la iglesia es una) y en la medida de las posibilidades de estos tiempos, hacer todo lo posible por enmendarlos, acercándonos a los pueblos indígenas de hoy en día y acompañándolos en su lucha por su liberación. De otro modo, habremos rechazado la posibilidad que la historia nos brinda de hacer un verdadero acto de contricción, y seguiremos viviendo en ese narcisismo que ha caracterizado al cristianismo en la modernidad, que enamorado de su propia imagen (proyectada en el espejo del pasado) termina, a veces inocente e inconscientemente, dando la espalda al otro que llama a nuestra puerta y nos exige justicia, por lo menos, en la manera en que reinventamos nuestra memoria y la de los otros.

Aclaro que esto no "desmerece" todos los gestos renovadores de Francisco, pero pienso que uno de los mayores males, no sólo del catolicismo, sino del cristianismo contemporáneo, es la ausencia, condena y marginalidad de la crítica, la cual siempre habrá de perturbar nuestra tranquilidad. Pero si "la iglesia" o "nuestros hermanos cristianos" fueran perfectos ¿qué mérito tendría amarlos?