lunes, 13 de abril de 2015

Jesús y el Islam

Un día, en el año 2015, Jesús discutía con sus amigos posmodernos y les contó una historia: Dos mujeres fueron durante la Semana Santa a sus respectivos recintos de culto, una era cristiana y la otra musulmana, y aunque sólo se conocían de vista, caminaron juntas por un par de cuadras.

La mujer cristiana observaba a la otra de reojo y pensaba: Mi abuela usaba un velo parecido al suyo, pero gracias a Dios, desde el Concilio Vaticano II se abolió esa norma, y no sólo se da la misa en español, sino que también nos permiten sentarnos juntos a hombres y mujeres ¡Imagínate rezar en árabe, entrar cubierta al templo y no poder ni darle la mano a los hombres! Ella ya no era católica, sus necesidades espirituales y sus ideas con respecto a la equidad de género las había encontrado en una iglesia evangélica, ahí no había ídolos, y las mujeres podían predicar. La mujer musulmana iba pensando en lo difícil que era serlo en un país de mayoría católica, pero extrañamente, se sentía más segura desde que utilizaba ropas holgadas y velo, así al menos los hombres no le chiflaban ni le miraban el trasero cuando caminaba sola por la calle.

Después de las dos cuadras se separaron, y cada una llegó a su destino. En los meses pasados habían circulado noticias terribles sobre el Medio Oriente y África, de matanzas perpetradas por algunos grupos de extremistas islámicos. Era Viernes Santo, y por esa razón habían coincidido en el camino. Aunque no era un tema central de ninguna de sus ceremonias religiosas, el asunto estuvo presente en las oraciones de las dos.

La mujer cristiana oró así: Gracias Jesucristo por haberme salvado, y porque con tu sacrificio no sólo salvaste mi alma, sino que además me salvaste como mujer de ser parte de una religión y una cultura machista como el Islam. Gracias porque aquí todos somos iguales, no usamos velo, las mujeres tenemos voz, y sobre todo, porque somos una religión que predica la paz y el amor; te pido por todos los cristianos que viven en países musulmanes, pues su propio libro sagrado les incita a la guerra, pero así como Jesús se mantuvo fiel hasta el fin, algo que recordamos este día, sé que ellos también podrán perseverar. Mientras oraba, un joven la observaba de reojo y pensaba en lo bien que se veía, e intercalaba sus oraciones con sus planes para, al final del servicio, invitarla a tomar un café, y soñaba en casarse con ella y formar una familia; de hecho tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que no llegaran pensamientos impuros a su mente.

La mujer musulmana oró así: Al-lah, perdóname porque soy pecadora, porque mi anterior matrimonio fracasó no sólo por culpa suya sino también por malas decisiones mías. Perdona también a mis hermanos musulmanes que en tu nombre cometieron esos terribles crímenes, y cuida de todas sus víctimas, sin importar de la religión que sean. A ella nadie la observaba, pues en ese lugar de la mesquita no podían entrar los hombres. Después se sentó a platicar con sus hermanas.

Jesús les dijo: Yo les aseguro que ambas regresaron a sus casas tranquilas, con sus necesidades espirituales satisfechas, pues ambas eran buenas mujeres, trabajadores y honestas. Después de un silencio incómodo, alguien le preguntó:
- Pero ya, dinos ¿A cuál de las dos le hizo caso tu papá?
- Si recuerdan lo que mi amigo Lucas escribió en el capítulo ocho de mi biografía, se darán cuenta que a mi papá le agradó más la oración de la segunda.

Sus amigos lo cuestionaron ¿Cómo puedes aprobar una religión que no sólo no te reconoce como Hijo de Dios, sino que somete a las mujeres de esa forma? Jesús respondió: no hablo de religiones sino de actitudes, y mientras la actitud de la mujer musulmana le permitía reconocer que en su persona había errores, la mujer cristiana se sentía libre de ellos, y cuando volteaba a ver al otro era para compararse con él y sentirse orgullosa de sí misma y de su religión, eso, ustedes deberían de saberlo, se llama narcisismo, y si estás enamorado de tí mismo, no es posible amar al Otro ¿No es eso lo que mi papá quería?

Uno de sus amigos interrumpió y le dijo: Se nos acabaron las cervezas. No importa, yo invito la siguiente ronda, dijo Jesús, así lo hago desde Canán, y por cierto, mi mamá siempre llevaba velo.

jueves, 26 de marzo de 2015

Raite

- Súbase
- ¿Para donde va?
- Para la Cárdenas, lo dejamos ahí arriba.

No lo pensé dos veces, tomé un poco de impulso y me subí a la caja de la camioneta. Venían de Playas, iban para la colonia Jardines, quien me acompañaba en la parte trasera del vehículo me dijo que estaba pintando una casa. No me molesta caminar, pero nunca desprecio un raite. Era la segunda ocasión que me lo ofrecía un desconocido; la primera vez fue un taxista. En ambos casos me hicieron comentarios sobre el calor y lo pesado de la subida.

- ¿Estudias allá arriba?
- No, soy profesor.
- ¿De qué?
- De historia, doy clase de 4 a 6.
- Ah ¿no da clases todo el día?
- Vengo de mi hora de comida, y hoy salgo temprano, porque mis alumnos de maestría están de vacaciones.
- Es lo bueno de estudiar ¿verdad?
- Pues no se crea, aún con estudios está difícil encontrar chamba. Además, todo trabajo tiene su chiste, yo ahorita no aguantaría pintar una casa con este calor...

La conversación sobre el clima y el trabajo siguió por un par de minutos. Me bajé cuidando que no se me cayera la mochila, les agradecí el aventón y me despedí. Por un momento me pregunté quien tenía más que temer, si ellos de "levantar" a un desconocido, o yo de subirme a un carro viejo, sin placas y con gente "de esas colonias". Pero eso me resultó irrelevante ante el gesto de hospitalidad de un desconocido, al cual no supe como responder, y lo mejor es que ellos tampoco esperaban una respuesta, solo que el greñudo de la mochila se cansara y asoleara menos. Ojalá algún día pueda ser como ellos.

martes, 24 de marzo de 2015

Entre clases

Terminó la clase hace rato. Leímos el Nican Mopohua después de ver un documental sobre la "Conquista espiritual" de México... algunas veces disfrutamos las clases, ellos, ellas y yo, otras apenas nos toleramos. Platicábamos sobre las conferencias de Judit Butler, nuestro amor platónico en común, aunque yo apenas le empiezo a entender. El sol acaba de sumergirse en el mar, y no lo pude ver por estar pensando en estas líneas que acabo de teclear. No me queda claro con quien estoy hablando, si con otro, así con minúscula, pequeño, temeroso e insignificante como yo, o con Otro, grandote, con mayúscula, cuya existencia o no existencia serían capaces de atormentarme por igual, así que evito pensar en Él (o Ella).

Las máquinas suenan, los minutos se van lento. En menos de una hora entraré con mis alumnas y mi alumno de enfermería, comentaremos una lectura, yo hablaré, y espero poder hacerlos hablar y pensar. Tal vez alguien me de raite, aunque nunca me ha molestado caminar, e intentaré dormir. A veces disfruto esta vida, y cuando no lo hago, evito sentirme culpable por ello; después de todo, estoy de paso, y planeo, no sé como, deshacerme de lo más que pueda antes de irme. Tal vez regrese, tal vez no, ¿qué es lo que quiero? Leer, escribir y enseñar, eso lo puedo hacer aquí o en otro lado.

¿Pensar? Eso no lo puedo evitar. La periodista censurada, los campesinos que se sublevan al sur, por donde hace unos años iba "de misiones" o a la "experiencia rural", los que no aparecen, los que no se quieren ir, el luchador cuyo accidente mortal presencié, los alumnos, los profes, mis ex-profesores con quien innecesariamente me endeudé -no con dinero sino con palabras que no terminan de acomodarse-, mi mamá y mi papá, mis hermanos, el profe, la contadora y el carpintero; colegas, familia, amigos...

Alguien llegó, al parecer se dispone a comer. Pasaron como veinte minutos, quiero café y debo seguir leyendo, pues además de las clases, me pidieron hablar sobre los tiempos, los lugares y las personas con las que vivió el maestro. Dicen que los historiadores podemos ayudarle a otros a imaginarse a los muertos, a los que ya no están, a los que no conocimos. Así nos ganamos la vida, y me gusta.

lunes, 19 de enero de 2015

¿Quién tiene derecho a “colonizar”?

Durante su visita a Las Islas Filipinas, uno de los países que más claramente han vivido procesos de colonización, Francisco, el obispo de Roma, lanzó una serie de declaraciones en múltiples direcciones que, en última instancia, nos mostraron la dificultad de ubicar su postura en el espectro ideológico de la ciencia política ¿derecha o izquierda? Tal vez un poco de las dos, tal vez, en esencia, otra cosa (que aclaro, no es algo que aplauda o admire, pero es necesario comprender). Además de la “teología del llanto” y de las muestras de admiración hacia el catolicismo popular de las Filipinas, Francisco hizo un comentario que nos alerta de que, si bien podría ser el “nuevo héroe de la izquierda” como lo dijo el diario británico The Guardian, lo es de una izquierda como la de los años 60 y 70, una izquierda conservadora. Calificar como una forma de “colonización ideológica” la aceptación de formas familiares que no son encabezadas por una pareja heterosexual es un detalle que no deberíamos pasar desapercibido.

Alguna vez escuche de un estudioso de la religión que al haber elegido a un jesuita como papa, por primera vez podríamos saber lo que uno de los “soldados de Cristo” piensa de verdad, pues su cuarto voto (de obediencia al papa) suele constituir una de las formas más elaboradas de auto-censura en la historia del mundo occidental. Pero tal vez este nuevo obispo de Roma es menos poderoso de lo que pensamos, pues su forma de tocar temas como la homosexualidad o el divorcio, aún con lo apegado al catecismo que pudiera estar, generó escándalo en muchos clérigos y fieles del ala más conservadora, por lo que es comprensible que, ante las críticas desde la derecha y los rumores de cisma, esté intentando contrarrestar su “progresismo” con una dosis de conservadurismo que mantenga a la derecha dentro del redil. Pero tampoco debería de sorprendernos si su “defensa de la familia” es algo más que un gesto retórico y realmente proviene de una convicción profunda, basta con ver a Samuel Ruiz, ex-obispo de Chiapas, como unos lentes menos hagiográficos (como si fuera un santo) para notar que en la iglesia católica, es posible estar a favor de la igualdad entre pobres y ricos, pero no de la igualdad entre homosexuales y hetrosexuales. Finalmente, la idea de una igualdad radical es sumamente transgresora, y sabrá Dios si algún día la tomaremos en serio.

Pero lo no dicho, quien sabe si por ignorancia o con la intencionalidad que caracteriza a la retórica, es que el modelo tradicional de familia no necesariamente estaba presente en los pueblos colonizados por la Europa cristiana. De hecho, ese fue uno de los mayores problemas que enfrentaron los misioneros, primero jesuitas, luego franciscanos y dominicos, al ocupar e intentar evangelizar el nortoeste de México. En muchos contextos, asumir la forma tradicional (¿tradicional según quién y para quién?) de familia fue resultado de una violenta colonización. Y este es el punto donde “su mensaje” se vuelve más ambiguo, pues también en estos días anunció la canonización de Junípero Serra OFM, cuyo mérito fue ser uno de los grandes misioneros del continente americano, siendo parte fundamental, junto con sus hermanos, del proceso -en unos sentidos exitoso, en otros fallido- de colonización española en el noroeste mexicano y las Californias. El asunto es que desde la década de 1980 la canonización de este franciscano ha encontrado una notable oposición de parte de los indígenas del sur de California, para quienes no debe proponerse como modelo de santidad a quien jugó un papel central en el sometimiento de sus antepasados. Surge entonces la pregunta ¿Cuál es la postura de esta iglesia ante el “colonialismo”? ¿O es que acaso hay algunos colonialismos mejores o peores que otros? Y de ser así ¿El “colonialismo” que iguala los derechos de los no heterosexuales a formar una familia es condenable, pero no el que llevó a los pueblos nativos del norte de América al borde de la extinción, independientemente de las buenas intenciones de los misioneros?

Más allá de la crítica a una u otra declaración (que considero necesaria, si es que nos interesa lograr el aggiornamento prometido hace décadas) considero pertinente resaltar que, pese a la aparente ruptura pastoral de Bergoglio con los papados anteriores, hay una continuidad de fondo: el uso que ha dado de la máquina de hacer santos que renovó y aceitó el polaco Karol Woijtyla, que el año pasado le llevó a los altares. Una respuesta hasta cierto punto bien pensada de algunos católicos es que, en el fondo, lo importante es el uso que el papa pueda darle a las recientes canonizaciones, y cómo éstas le permiten resaltar ciertos valores que en este momento considera indispensables para la promoción de la fe y la lucha por la justicia. Pero ¿no implica el discurso hagiográficao de entrada, una deshumanización de los santos al proponerlos como modelos inalcanzables para la mayoría de los católicos? Y en el caso específico de Serra ¿No está valiéndose de un cariz sagrado para ganar a los pueblos indígenas una batalla por la memoria que, en dado caso, debería resolverse en la búsqueda de la verdad, y no en la consagración de ciertos arquetipos?

La deuda del cristianismo con los pueblos colonizados es mucha, y de asumir la causa de su “descolonización”, valdría la pena partir de una crítica (y no del distanciamiento o del olvido) sobre el papel que la propia religión cristiana, en muchas de sus variantes, ha cumplido y sigue cumpliendo en esto, y con ello replantear el discurso hagiográfico que solemos hacer de los misioneros, no para condenarlos, sino para que antes que convertirlos en modelos, seamos capaces de identificar todos “nuestros pecados pasados” (si es que en verdad creemos que la iglesia es una) y en la medida de las posibilidades de estos tiempos, hacer todo lo posible por enmendarlos, acercándonos a los pueblos indígenas de hoy en día y acompañándolos en su lucha por su liberación. De otro modo, habremos rechazado la posibilidad que la historia nos brinda de hacer un verdadero acto de contricción, y seguiremos viviendo en ese narcisismo que ha caracterizado al cristianismo en la modernidad, que enamorado de su propia imagen (proyectada en el espejo del pasado) termina, a veces inocente e inconscientemente, dando la espalda al otro que llama a nuestra puerta y nos exige justicia, por lo menos, en la manera en que reinventamos nuestra memoria y la de los otros.

Aclaro que esto no "desmerece" todos los gestos renovadores de Francisco, pero pienso que uno de los mayores males, no sólo del catolicismo, sino del cristianismo contemporáneo, es la ausencia, condena y marginalidad de la crítica, la cual siempre habrá de perturbar nuestra tranquilidad. Pero si "la iglesia" o "nuestros hermanos cristianos" fueran perfectos ¿qué mérito tendría amarlos?

domingo, 11 de enero de 2015

¿Somos o no somos Charlie?

La violencia, aparentemente étnico-religiosa de los últimos días en un país que solemos tomar como modelo de civilización, Francia, no sólo ha movilizado la opinión pública internacional en nuevas direcciones (hace un mes Ayotzinapa resonaba en todo el mundo), sino que ha generado, por lo menos tres posicionamientos explicativos que, por sí solos, brindan una visión sumamente sesgada e ideológica (uso el término ideología en el sentido marxista de la palabra: una falsa consciencia, o una consciencia invertida) del asunto.

La primera es la condena absoluta de un ataque perpetrado por “los musulmanes”. Es la respuesta que le da la razón a los fundamentalistas asumiendo que existe una suerte de esencia perversa en el Corán, y que todo musulmán de verdad es un sujeto potencialmente violento, con el que no es posible coexistir civilizadamente. Y la solución es una respuesta política muy clara: frenar la migración hacia Europa, cuya cultura pacífica está siendo amenazada por un intruso externo y violento. Y no, esta visión no es necesariamente “racista”, pues no caracteriza al otro a partir de un genotipo racial y físico, y está presente en ciertos sectores de la izquierda liberal pero también en la jacobina; es una forma de relacionarnos con un otro religioso o cultural que asume que sólo nosotros, los occidentales (cualesquier cosa que esto signifique), tenemos historia y nos hemos “humanizado” conforme pasa el tiempo, mientras que los otros sólo tienen esencia, estructuras inamovibles e inmutables ante el paso de los siglos, que los hacen incapaces de asimilar nociones modernas tales como la secularización de la sociedad, la laicidad del Estado o los derechos humanos. Y esta manera de relacionarnos con el otro atraviesa nacionalidades, clases sociales, e incluso posicionamientos políticos. “El musulmán” es aquí el chivo expiatorio, el sujeto incómodo que, si lo eliminamos, al menos de nuestro espacio, occidente, y lo dejamos libre en el medio oriente para que se maten entre sí, se llevará consigo los males y los problemas que nos aquejan.

El segundo es el de la corrección política. El ofensivo mal gusto de los caricaturistas, que insulta a musulmanes, judíos y cristianos por igual no puede sino sembrar odio que, en última instancia, estalló con una forma terrorista. Aquí nos encontramos parcialmente con el discurso posmoderno multicultural: hay que mantener la distancia suficiente con el otro, es decir, tolerarlo, para evitar más violencia. Los musulmanes son violentos, raros, incivilizados y hasta apestosos (por aquello del Ramadán), pero no es correcto decir nuestra opinión en público, no sea que estos bárbaros se vayan a molestar y nos disparen o secuestren nuestros aviones. En el fondo no es tan distinto del anterior, pero en vez de deshumanizar a las víctimas convirtiéndolas en héroes de la libertad de expresión, santos modernos con sus propias hagiografías, lo hace culpándolas de su propia desgracia: ellos se lo buscaron por no tolerar la esencia bárbara del otro. Aquí el chivo expiatorio no es “el musulmán”, sino “el intolerante”, al que no hay necesidad de eliminar, porque “el musulmán” ya hizo el trabajo sucio.

El tercero es el de la lucha anti-colonial y anti-imperialista. Antes que musulmanes, los asesinos de periodistas son argelinos, son miembros de un pueblo que fue colonizado por Francia y sometido por un largo tiempo, a quienes la independencia les costó miles de vidas, y cuya rebelión, al igual que en casos como el de Irán, no pudo sino tomar un cariz religioso. Esta visión tiene el mérito de arrojar luz sobre aspectos casi invisibles del conflicto, uno de ellos, el hecho de que el paladín de la libre expresión y la sátira se burla, no de los poderosos, sino de aquellos que su país colonizó y sigue tratando como inferiores e incivilizados; “raciscmo”, “clasismo” y “colonialismo”, quizá inconscientes, en el corazón de la izquierda de un país que parió la primera revolución ecuménica y los derechos humanos modernos. El riesgo con esta perspectiva es que, al lanzar la crítica post-mortem hacia Charlie Hebdo, bien puede, al igual que quienes abogan por la corrección política, terminar culpando a las víctimas de su desgracia; aunque tampoco lo dirán en voz alta, no deberíamos de asumir que los asesinaron por racistas y colonialistas.

El reto ante una tragedia de este tipo es, en primer lugar, la solidaridad y empatía con las víctimas. Y aquí el mayor obstáculo es que nuestra reacción espontánea ante muchas desgracias es de culparlas (en México nos pasó en el 68 y con Ayotzinapa: los mataron por revoltosos, por comunistas, etc; y lo dijimos en el 9-11: atacaron a los gringos por imperialistas, se lo merecían...), porque por alguna razón, asumimos que sólo una víctima inocente e inmaculada no merece morir de forma violenta, y la mínima mancha en su ética o moral la hace merecedora de un asesinato de este tipo. No, militar en una organización de izquierda radical no hace que los estudiantes del 68 o de Ayotzinapa merezcan ser asesinados brutalmente y calcinados, y ser un caricaturista de mal gusto e “islamófobo”, aún cuando se sea un pequeño burgués, blanco y ciudadano de un país colonialista, de ninguna manera debería implicar un riesgo de muerte; y no, censurar este tipo de prensa tampoco es la solución.

Pero así como somos solidarios con estas víctimas humanas, y por lo tanto, imperfectas, no inocentes, deberíamos serlo con todas las demás, y no olvidar el carácter histórico de la violencia que vivimos, aparentemente, de unos años para acá. Así como es trágico el asesinato de estos periodistas franceses, es igual de trágica la muerte de miles de personas en los conflictos vinculados a la llamada “primavera árabe” en Egipto y Siria, que no se explica sin la relación de carácter colonial e imperial que algunos países europeos establecieron con el Medio Oriente, en especial después de la Gran Guerra. La vida humana no debería poseer un valor diferenciado a partir de la nacionalidad (o el “nivel de civilización”) de las víctimas; el problema es que la violencia que inesperadamente azota a las ex-metrópolis, en las ex-colonias es el pan de cada día, y eso no suele perturbarnos en lo más mínimo, a menos que esa violencia sea ejercida por una etnia indeseable para occidente (aquí me refiero al escándalo que para muchos nos causó el ataque israelí en Palestina, pero la indiferencia que hemos mostrado ante la guerra civil en Siria).

Uno de los asuntos más paradójicos sobre la violencia de la modernidad la encontramos en el lugar sagrado para las tres religiones monoteístas: Jerusalén. Durante el tiempo en que esta ciudad estuvo bajo el control del imperio otomano, el último gran imperio islámico, musulmanes, judíos y cristianos podían visitarla y coexistían sin grandes altercados en la zona. Este nivel de “tolerancia” religiosa no ha sido alcanzado desde entonces, ni cuando Palestina estuvo bajo el control del imperio británico, ni desde la creación de Israel, un estado democrático y secular. Estos “datos históricos” deberían cuestionarnos, no para asumir que todo tiempo pasado fue mejor, sino para ser capaces de ver, en el corazón de nuestra propia cultura, aquellos aspectos fundamentalistas, violentos y monstruosos que rápidamente podemos identificar en la religión y la cultura del otro. Después de todo, la inocencia no debería de ser un parámetro para evaluar si merecemos o no ser asesinados, porque si lo fuera, ninguno de nosotros, por más civilizados que nos sintamos, merecería vivir.

Tal vez en este sentido, efectivamente, todos somos Charlie, no porque seamos héroes de la libertad de expresión, sino porque a pesar de nuestra violencia verbal y/o escrita, burla o indiferencia no hacia los poderosos, sino hacia esos “otros” indeseables que quisiéramos mantener lejos de “nosotros”, somos humanos, y sólo por eso, tenemos derecho a vivir.

Además, habría que poner atención a las críticas de gente como Julian Assange y preguntar ¿El atentado pudo ser prevenido? Y no me refiero a que Charlie Hebdo hubiera sido “menos ofensivo” con la comunidad musulmana, sino a que el Estado, con todos sus servicios de inteligencia, que sabemos que comúnmente utiliza para espiar a sus ciudadanos, hubiera podido prevenir el ataque. Y sobre todo, preguntarnos ¿a quién le convienen estos atentados? ¿quien sacará provecho de ello? Y es posible que la lista sea mucho más amplia que los grupos fundamentalistas islámicos, basta con recordar que el antisemitismo occidental de los siglos pasados (y que de pronto re-surge donde menos esperamos) no se basaba únicamente en mentiras, pues fueron individuos pertenecientes a la etnia judía quienes asesinaron a miembros de los gobiernos, la iglesia y la nobleza de Rusia y Alemania (incluso fue un judío quien comandó al ejército rojo durante la revolución rusa). Y la razón es muy simple, esta “minoría” había sido excluida y violentada por las mayorías cristianas durante siglos, siendo comprensible que muchos de sus miembros militaran en organizaciones que buscaban el establecimiento de un orden social menos excluyente.

Si de verdad interesa la libertad y la vida humana, seguramente veremos cada vez más facilidades para que, los musulmanes y otros miembros del tercer mundo, puedan ser refugiados políticos en Europa, pues ellos han sido las víctimas más numerosas del fundamentalismo islámico, a lo que deberíamos sumarle que en dicho continente la pirámide demográfica les está metiendo en un apuro que solo podrá subsanarse por medio de la inmigración. Pero posible y lamentablemente, lo que veremos será todo lo contrario. El mayor reto después de estas desgracias es pensar y trabajar por sociedades más incluyentes, pues de los contrario, los terroristas habrán ganado, casi por default.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014

Una maestría y una tesis terminadas, y un doctorado en puerta.

Ser profesor de nuevo, esta vez, de universidad.

Textos escritos, sin terminar y por re-escribirse.

Un mundial de fútbol.

Un EP grabado y una banda desintegrada.

Un mundo encaminado en una nueva guerra fría.

Sorpresas de parte del obispo de Roma.

Salir a marchar a las calles.

Un país que se da cuenta de su colapso, y que más que volver a la normalidad (ya de por sí violenta y opresiva), tiene la oportunidad de un nuevo comienzo, que seguramente será doloroso.

Son faltan 43... Nos faltan más de 25 mil...

Dolor, indignación, deseos de justicia.

Mis mejores amigos casados.

Vivir solo y sentirme más acompañado que nunca.

Reconciliarme con mi fe y con mi ateísmo, por paradójico que suene.

Re-descubriendo su amor.

No queda sino agradecer por tanto bien recibido, y por qué no, pedir perdón por lo que hice y lo que dejé de hacer.

Quiero ir a correr por el mundo, donde viviré como un niño perdido;
tengo el humor de un ánimo vagabundo tras todo mi bien haber repartido.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.

Si del mar toco la orilla, y que el amor bogar me permita en sus olas, 
en una nave sin vela ni cabilla, pese a mis enemigos iré a partes todas.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.

Feliz muerte, venturosa sepultura,  de este Amante en el Amor absorbido, 
que ya no ve ni Gracia ni Natura, solo la vorágine en que ha caído.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.

Jean Joseph Surin SJ

martes, 23 de diciembre de 2014

Para mis amigos recién casados

Enamorarse es uno de los acontecimientos más traumáticos y violentos. Ocurre que cuando las cosas parecen llevar cierta calma o tranquilidad, cuando todo parece ocupar el lugar que le corresponde, un intruso externo aparece violentamente y desestabiliza nuestra vida. Un intruso que ciertamente nos parece bello(a), pero que siempre guarda un misterio indescifrable, pues aunque se entromete violentamente en nuestra vida, nunca lo podremos poseer ni conocer en su totalidad, nos parece pertecto(a) en su evidente y aterradora imperfección, nos altera.
Enamorarse es una experiencia de alteridad por excelencia, donde no nos queda sino abrirle un espacio a ese otro(a) que posiblemente ya era parte de nuestra vida, pero que en un momento comenzó a crear una grieta en el orden del mundo, invitándonos a salir de nosotros mismos, del narcisismo que solemos llamar “autoestima” o “autosuficiencia”.
Cuando nos enamoramos nos damos cuenta de que somos débiles, de que estamos incompletos y que somos imperfectos (si no lo fuéramos no necesitaríamos al otro). Tal vez por eso, fuera de la civilización cristiana y occidental, y antes del amanecer de lo que solemos llamar “modernidad”, ese momento en el que los creyentes se dieron cuenta de que si Dios existía, era el gran ausente del mundo, a nadie se le hubiera ocurrido asociar el amor con una institución tan indispensable para el sostenimiento del orden social (esclavista, feudal… nunca igualitario), es decir, con el matrimonio.
El amor es peligroso, por eso ha tenido que ser domesticado, enmarcado en los cánones de una cultura y una sociedad concretas, y dotado de una máscara romántica que oculte su terrible violencia: evidenciar que el otro es igual de importante y valioso que el yo. En una sociedad sostenida por la premisa que cada quien ocupe el lugar asignado por los dioses (o por Dios, o por la naturaleza, o por el mercado…), el amor no puede entenderse sino como la materialización del mal, algo de lo que hay que cuidarse, algo que hay que evitar.
En tiempos en los que se exalta el self-made man, o en su defecto, la mujer (o cualesquier categoría de género que busque asignarse) hecha a sí misma, enamorarse sigue siendo un pecado tan grave como lo era en la edad dorada del matrimonio (recordemos que en muchas historias románticas, el amor no era lo que unía las parejas, sino el deseo inoportuno que desafiaba el contrato social y familiar que históricamente ha sido el matrimonio). Porque si de verdad estamos enamorados, estaremos dispuestos a desafiar incluso al mandado más sutil y a su vez poderoso de nuestra era “posmoderna”: la felicidad.
Me explico. Imaginemos que acabamos de casarnos, con esta imagen idílica de una pareja de profesionistas exitosos a quienes, mientras se respeten (es decir, no se acerquen demasiado al otro, aún a su pareja), les augura una vida de felicidad y prosperidad. Y que una vez pasada la luna de miel, uno de los jóvenes esposos es diagnosticado con una enfermedad crónica que le impedirá ser económicamente productivo, o tal vez sexualmente activo –y sabemos que este escenario hipotético es perfectamente plausible–. ¿Cuál deberá de ser la respuesta de su compañero si en verdad está enamorado? Posiblemente deberá trabajar por los dos –cosa que, si el esposo sano es hombre, bien podría pisotear la autoestima de una feminista promedio–, deberían renunciar a esa parte de nuestra naturaleza humana que simplemente no nos interesa controlar (la sexualidad); posiblemente el compañero sano tendría que abandonar muchas de sus expectativas de vida, si desea que su amado(a) pueda llevar una vida digna, el tiempo que Dios, los médicos, la ciencia o el capital le permitan prolongarla. Aquí no hay felicidad, hay sacrificio; es la prueba de Job sin la garantía de que se tendrá un final feliz. Es la apuesta de Abraham, dispuesto a sacrificar lo más preciado que tiene por un deseo absurdo.
Si bien se trata de un caso ciertamente extremo, nuestras vidas comunes y aburridas no están exentas de fracasos. Desempleos, accidentes, violencia, crímenes, catástrofes naturales… Enamorarse y vivir en pareja de ninguna manera nos dejan exentos de estos peligros y de esta inseguridad, lo único que nos dan es la oportunidad de estar y sentirnos acompañados. No se trata de añorar el regreso de los viejos tiempos donde los años dorados del capitalismo permitieron que algunas familias vivieran felices hasta que llegaron las crisis, sino de pensar que, si nos tomamos en serio el acto de enamorarnos, no solo nos estamos moviendo en una dimensión estética (¡Qué bello es ese sentimiento! ¡Malditos los científicos que buscan dar una explicación biológica o cultural a esa sensación tan sublime!), sino que también estamos ante un posicionamiento ético: la posibilidad de reconocer al otro y de abrirle un lugar en nuestro mundo, no porque ese otro(a) sea perfecto(a), sino porque es igual de monstruoso que nosotros, y merece ser amado(a) por ello.
Tal vez ni Jesús ni San Pablo (mucho menos San Agustín o Lutero) pensaban el amor tal y como lo entendemos en nuestros días, desde nuestro horizonte histórico donde podemos asociarlo o disociarlo de la institución del matrimonio. Tal vez no deberíamos de pensarlo, simplemente de vivirlo… Tal vez no deberíamos de enamorarnos, y habría que contentarnos con la felicidad que la autosuficiencia y el narcisismo nos brinda. Tal vez deberíamos de seguir manteniendo esa distancia que nos aleje del otro, para ordenar nuestra vida alrededor del yo y permitir que nuestro amado(a) lo haga.
Pero si nos enamoramos, podemos experimentar una verdadera revolución. Podemos ver como nuestro mundo se derriba ante nuestros ojos y ser partícipes de la construcción de uno nuevo, donde, al haberle hecho un espacio a ese(a) otro(a), podremos al menos enjugar sus lágrimas cuando lo necesite, consolar y ser consolados por los lamentos de un mundo que no puede mantenerse en pie si no es por la sangre de los inocentes, y sobre todo, tener la esperanza de que los tiempos de desolación no tendrán la última palabra de nuestra historia.

Sin embargo, las revoluciones que intentan conservar sus pequeños logros a toda costa se convierten en verdaderas pesadillas, pues no son capaces de poner en juego la libertad ganada y se encierran en un anhelo compulsivo de felicidad y tranquilidad, que no pueden lograrse sino reprimiendo todo lo que altere el orden… La felicidad para toda la vida en una relación puede ser como el totalitarismo de Stalin, una combinación de un terror generalizado y una habilidad histriónica para siempre guardar las apariencias de que todo está bien. No, si nos enamoramos, sería bueno pensar esta metáfora más bien como una revolución permanente, que si bien no nos garantiza la felicidad, si nos obliga a estar siempre abiertos al otro y a lo nuevo, y que es capaz, de ser necesario, a renunciar a la propia satisfacción por perseguir ese irracional deseo que el otro(a) despertó en nosotros.