- Súbase
- ¿Para donde va?
- Para la Cárdenas, lo dejamos ahí arriba.
No lo pensé dos veces, tomé un poco de impulso y me subí a la caja de la camioneta. Venían de Playas, iban para la colonia Jardines, quien me acompañaba en la parte trasera del vehículo me dijo que estaba pintando una casa. No me molesta caminar, pero nunca desprecio un raite. Era la segunda ocasión que me lo ofrecía un desconocido; la primera vez fue un taxista. En ambos casos me hicieron comentarios sobre el calor y lo pesado de la subida.
- ¿Estudias allá arriba?
- No, soy profesor.
- ¿De qué?
- De historia, doy clase de 4 a 6.
- Ah ¿no da clases todo el día?
- Vengo de mi hora de comida, y hoy salgo temprano, porque mis alumnos de maestría están de vacaciones.
- Es lo bueno de estudiar ¿verdad?
- Pues no se crea, aún con estudios está difícil encontrar chamba. Además, todo trabajo tiene su chiste, yo ahorita no aguantaría pintar una casa con este calor...
La conversación sobre el clima y el trabajo siguió por un par de minutos. Me bajé cuidando que no se me cayera la mochila, les agradecí el aventón y me despedí. Por un momento me pregunté quien tenía más que temer, si ellos de "levantar" a un desconocido, o yo de subirme a un carro viejo, sin placas y con gente "de esas colonias". Pero eso me resultó irrelevante ante el gesto de hospitalidad de un desconocido, al cual no supe como responder, y lo mejor es que ellos tampoco esperaban una respuesta, solo que el greñudo de la mochila se cansara y asoleara menos. Ojalá algún día pueda ser como ellos.
jueves, 26 de marzo de 2015
martes, 24 de marzo de 2015
Entre clases
Terminó la clase hace rato. Leímos el Nican Mopohua después de ver un documental sobre la "Conquista espiritual" de México... algunas veces disfrutamos las clases, ellos, ellas y yo, otras apenas nos toleramos. Platicábamos sobre las conferencias de Judit Butler, nuestro amor platónico en común, aunque yo apenas le empiezo a entender. El sol acaba de sumergirse en el mar, y no lo pude ver por estar pensando en estas líneas que acabo de teclear. No me queda claro con quien estoy hablando, si con otro, así con minúscula, pequeño, temeroso e insignificante como yo, o con Otro, grandote, con mayúscula, cuya existencia o no existencia serían capaces de atormentarme por igual, así que evito pensar en Él (o Ella).
Las máquinas suenan, los minutos se van lento. En menos de una hora entraré con mis alumnas y mi alumno de enfermería, comentaremos una lectura, yo hablaré, y espero poder hacerlos hablar y pensar. Tal vez alguien me de raite, aunque nunca me ha molestado caminar, e intentaré dormir. A veces disfruto esta vida, y cuando no lo hago, evito sentirme culpable por ello; después de todo, estoy de paso, y planeo, no sé como, deshacerme de lo más que pueda antes de irme. Tal vez regrese, tal vez no, ¿qué es lo que quiero? Leer, escribir y enseñar, eso lo puedo hacer aquí o en otro lado.
¿Pensar? Eso no lo puedo evitar. La periodista censurada, los campesinos que se sublevan al sur, por donde hace unos años iba "de misiones" o a la "experiencia rural", los que no aparecen, los que no se quieren ir, el luchador cuyo accidente mortal presencié, los alumnos, los profes, mis ex-profesores con quien innecesariamente me endeudé -no con dinero sino con palabras que no terminan de acomodarse-, mi mamá y mi papá, mis hermanos, el profe, la contadora y el carpintero; colegas, familia, amigos...
Alguien llegó, al parecer se dispone a comer. Pasaron como veinte minutos, quiero café y debo seguir leyendo, pues además de las clases, me pidieron hablar sobre los tiempos, los lugares y las personas con las que vivió el maestro. Dicen que los historiadores podemos ayudarle a otros a imaginarse a los muertos, a los que ya no están, a los que no conocimos. Así nos ganamos la vida, y me gusta.
Las máquinas suenan, los minutos se van lento. En menos de una hora entraré con mis alumnas y mi alumno de enfermería, comentaremos una lectura, yo hablaré, y espero poder hacerlos hablar y pensar. Tal vez alguien me de raite, aunque nunca me ha molestado caminar, e intentaré dormir. A veces disfruto esta vida, y cuando no lo hago, evito sentirme culpable por ello; después de todo, estoy de paso, y planeo, no sé como, deshacerme de lo más que pueda antes de irme. Tal vez regrese, tal vez no, ¿qué es lo que quiero? Leer, escribir y enseñar, eso lo puedo hacer aquí o en otro lado.
¿Pensar? Eso no lo puedo evitar. La periodista censurada, los campesinos que se sublevan al sur, por donde hace unos años iba "de misiones" o a la "experiencia rural", los que no aparecen, los que no se quieren ir, el luchador cuyo accidente mortal presencié, los alumnos, los profes, mis ex-profesores con quien innecesariamente me endeudé -no con dinero sino con palabras que no terminan de acomodarse-, mi mamá y mi papá, mis hermanos, el profe, la contadora y el carpintero; colegas, familia, amigos...
Alguien llegó, al parecer se dispone a comer. Pasaron como veinte minutos, quiero café y debo seguir leyendo, pues además de las clases, me pidieron hablar sobre los tiempos, los lugares y las personas con las que vivió el maestro. Dicen que los historiadores podemos ayudarle a otros a imaginarse a los muertos, a los que ya no están, a los que no conocimos. Así nos ganamos la vida, y me gusta.
lunes, 19 de enero de 2015
¿Quién tiene derecho a “colonizar”?
Durante su visita a Las
Islas Filipinas, uno de los países que más claramente han vivido
procesos de colonización, Francisco, el obispo de Roma, lanzó una
serie de declaraciones en múltiples direcciones que, en última
instancia, nos mostraron la dificultad de ubicar su postura en el
espectro ideológico de la ciencia política ¿derecha o izquierda?
Tal vez un poco de las dos, tal vez, en esencia, otra cosa (que
aclaro, no es algo que aplauda o admire, pero es necesario
comprender). Además de la “teología del llanto” y de las
muestras de admiración hacia el catolicismo popular de las
Filipinas, Francisco hizo un comentario que nos alerta de que, si
bien podría ser el “nuevo héroe de la izquierda” como lo dijo
el diario británico The Guardian, lo
es de una izquierda como la de los años 60 y 70, una izquierda
conservadora. Calificar como una forma de “colonización
ideológica” la aceptación de formas familiares que no son
encabezadas por una pareja heterosexual es un detalle que no
deberíamos pasar desapercibido.
Alguna
vez escuche de un estudioso de la religión que al haber elegido a un
jesuita como papa, por primera vez podríamos saber lo que uno de los
“soldados de Cristo” piensa de verdad, pues su cuarto voto (de
obediencia al papa) suele constituir una de las formas más
elaboradas de auto-censura en la historia del mundo occidental. Pero
tal vez este nuevo obispo de Roma es menos poderoso de lo que
pensamos, pues su forma de tocar temas como la homosexualidad o el
divorcio, aún con lo apegado al catecismo que pudiera estar, generó
escándalo en muchos clérigos y fieles del ala más conservadora,
por lo que es comprensible que, ante las críticas desde la derecha y
los rumores de cisma, esté intentando contrarrestar su “progresismo”
con una dosis de conservadurismo que mantenga a la derecha dentro del
redil. Pero tampoco debería de sorprendernos si su “defensa de la
familia” es algo más que un gesto retórico y realmente proviene
de una convicción profunda, basta con ver a Samuel Ruiz, ex-obispo
de Chiapas, como unos lentes menos hagiográficos (como si fuera un
santo) para notar que en la iglesia católica, es posible estar a
favor de la igualdad entre pobres y ricos, pero no de la igualdad
entre homosexuales y hetrosexuales. Finalmente, la idea de una
igualdad radical es sumamente transgresora, y sabrá Dios si algún
día la tomaremos en serio.
Pero
lo no dicho, quien sabe si por ignorancia o con la intencionalidad
que caracteriza a la retórica, es que el modelo tradicional de
familia no necesariamente estaba presente en los pueblos colonizados
por la Europa cristiana. De hecho, ese fue uno de los mayores
problemas que enfrentaron los misioneros, primero jesuitas, luego
franciscanos y dominicos, al ocupar e intentar evangelizar el
nortoeste de México. En muchos contextos, asumir la forma
tradicional (¿tradicional según quién y para quién?) de familia
fue resultado de una violenta colonización. Y este es el punto donde
“su mensaje” se vuelve más ambiguo, pues también en estos días
anunció la canonización de Junípero Serra OFM, cuyo mérito fue
ser uno de los grandes misioneros del continente americano, siendo
parte fundamental, junto con sus hermanos, del proceso -en unos
sentidos exitoso, en otros fallido- de colonización española en el
noroeste mexicano y las Californias. El asunto es que desde la década
de 1980 la canonización de este franciscano ha encontrado una
notable oposición de parte de los indígenas del sur de California,
para quienes no debe proponerse como modelo de santidad a quien jugó
un papel central en el sometimiento de sus antepasados. Surge
entonces la pregunta ¿Cuál es la postura de esta iglesia ante el
“colonialismo”? ¿O es que acaso hay algunos colonialismos
mejores o peores que otros? Y de ser así ¿El “colonialismo” que
iguala los derechos de los no heterosexuales a formar una familia es
condenable, pero no el que llevó a los pueblos nativos del norte de
América al borde de la extinción, independientemente de las buenas
intenciones de los misioneros?
Más
allá de la crítica a una u otra declaración (que considero
necesaria, si es que nos interesa lograr el aggiornamento
prometido hace décadas) considero pertinente resaltar que, pese a la
aparente ruptura pastoral de Bergoglio con los papados anteriores,
hay una continuidad de fondo: el uso que ha dado de la máquina de
hacer santos que renovó y aceitó el polaco Karol Woijtyla, que el
año pasado le llevó a los altares. Una respuesta hasta cierto punto
bien pensada de algunos católicos es que, en el fondo, lo importante
es el uso que el papa pueda darle a las recientes canonizaciones, y
cómo éstas le permiten resaltar ciertos valores que en este momento
considera indispensables para la promoción de la fe y la lucha por
la justicia. Pero ¿no implica el discurso hagiográficao de entrada,
una deshumanización de los santos al proponerlos como modelos
inalcanzables para la mayoría de los católicos? Y en el caso
específico de Serra ¿No está valiéndose de un cariz sagrado para
ganar a los pueblos indígenas una batalla por la memoria que, en
dado caso, debería resolverse en la búsqueda de la verdad, y no en
la consagración de ciertos arquetipos?
La
deuda del cristianismo con los pueblos colonizados es mucha, y de
asumir la causa de su “descolonización”, valdría la pena partir
de una crítica (y no del distanciamiento o del olvido) sobre el
papel que la propia religión cristiana, en muchas de sus variantes,
ha cumplido y sigue cumpliendo en esto, y con ello replantear el
discurso hagiográfico que solemos hacer de los misioneros, no para
condenarlos, sino para que antes que convertirlos en modelos, seamos
capaces de identificar todos “nuestros pecados pasados” (si es
que en verdad creemos que la iglesia es una) y en la medida de las
posibilidades de estos tiempos, hacer todo lo posible por
enmendarlos, acercándonos a los pueblos indígenas de hoy en día y
acompañándolos en su lucha por su liberación. De otro modo,
habremos rechazado la posibilidad que la historia nos brinda de hacer
un verdadero acto de contricción, y seguiremos viviendo en ese
narcisismo que ha caracterizado al cristianismo en la modernidad, que
enamorado de su propia imagen (proyectada en el espejo del pasado)
termina, a veces inocente e inconscientemente, dando la espalda al
otro que llama a nuestra puerta y nos exige justicia, por lo menos,
en la manera en que reinventamos nuestra memoria y la de los otros.
Aclaro que esto no "desmerece" todos los gestos renovadores de Francisco, pero pienso que uno de los mayores males, no sólo del catolicismo, sino del cristianismo contemporáneo, es la ausencia, condena y marginalidad de la crítica, la cual siempre habrá de perturbar nuestra tranquilidad. Pero si "la iglesia" o "nuestros hermanos cristianos" fueran perfectos ¿qué mérito tendría amarlos?
Aclaro que esto no "desmerece" todos los gestos renovadores de Francisco, pero pienso que uno de los mayores males, no sólo del catolicismo, sino del cristianismo contemporáneo, es la ausencia, condena y marginalidad de la crítica, la cual siempre habrá de perturbar nuestra tranquilidad. Pero si "la iglesia" o "nuestros hermanos cristianos" fueran perfectos ¿qué mérito tendría amarlos?
domingo, 11 de enero de 2015
¿Somos o no somos Charlie?
La violencia,
aparentemente étnico-religiosa de los últimos días en un país que
solemos tomar como modelo de civilización, Francia, no sólo ha
movilizado la opinión pública internacional en nuevas direcciones
(hace un mes Ayotzinapa resonaba en todo el mundo), sino que ha
generado, por lo menos tres posicionamientos explicativos que, por sí
solos, brindan una visión sumamente sesgada e ideológica (uso el
término ideología en el sentido marxista de la palabra: una falsa
consciencia, o una consciencia invertida) del asunto.
La primera es la condena
absoluta de un ataque perpetrado por “los musulmanes”. Es la
respuesta que le da la razón a los fundamentalistas
asumiendo que existe una suerte de esencia perversa en el Corán, y
que todo musulmán de verdad es un sujeto potencialmente violento,
con el que no es posible coexistir civilizadamente. Y la solución es
una respuesta política muy clara: frenar la migración hacia Europa,
cuya cultura pacífica está siendo amenazada por un intruso externo
y violento. Y no, esta visión no es necesariamente “racista”,
pues no caracteriza al otro a partir de un genotipo racial y físico,
y está presente en ciertos sectores de la izquierda liberal pero
también en la jacobina; es una forma de relacionarnos con un otro
religioso o cultural que asume que sólo nosotros, los occidentales
(cualesquier cosa que esto signifique), tenemos historia y nos hemos
“humanizado” conforme pasa el tiempo, mientras que los otros sólo
tienen esencia, estructuras inamovibles e inmutables ante el paso de los siglos, que los hacen incapaces de asimilar nociones modernas tales
como la secularización de la sociedad, la laicidad del Estado o los
derechos humanos. Y esta manera de relacionarnos con el otro
atraviesa nacionalidades, clases sociales, e incluso posicionamientos
políticos. “El musulmán” es aquí el chivo expiatorio, el
sujeto incómodo que, si lo eliminamos, al menos de nuestro espacio,
occidente, y lo dejamos libre en el medio oriente para que se maten
entre sí, se llevará consigo los males y los problemas que nos
aquejan.
El segundo es el de la
corrección política. El ofensivo mal gusto de los caricaturistas,
que insulta a musulmanes, judíos y cristianos por igual no puede
sino sembrar odio que, en última instancia, estalló con una forma
terrorista. Aquí nos encontramos parcialmente con el discurso
posmoderno multicultural: hay que mantener la distancia suficiente
con el otro, es decir, tolerarlo, para evitar más violencia. Los
musulmanes son violentos, raros, incivilizados y hasta apestosos (por
aquello del Ramadán), pero no es correcto decir nuestra opinión en
público, no sea que estos bárbaros se vayan a molestar y nos
disparen o secuestren nuestros aviones. En el fondo no es tan
distinto del anterior, pero en vez de deshumanizar a las víctimas
convirtiéndolas en héroes de la libertad de expresión, santos
modernos con sus propias hagiografías, lo hace culpándolas de su propia
desgracia: ellos se lo buscaron por no tolerar la esencia bárbara
del otro. Aquí el chivo expiatorio no es “el musulmán”, sino
“el intolerante”, al que no hay necesidad de eliminar, porque “el
musulmán” ya hizo el trabajo sucio.
El tercero es el de la
lucha anti-colonial y anti-imperialista. Antes que musulmanes, los
asesinos de periodistas son argelinos, son miembros de un pueblo que
fue colonizado por Francia y sometido por un largo tiempo, a quienes
la independencia les costó miles de vidas, y cuya rebelión, al
igual que en casos como el de Irán, no pudo sino tomar un cariz
religioso. Esta visión tiene el mérito de arrojar luz sobre
aspectos casi invisibles del conflicto, uno de ellos, el hecho de que
el paladín de la libre expresión y la sátira se burla, no de los
poderosos, sino de aquellos que su país colonizó y sigue tratando
como inferiores e incivilizados; “raciscmo”, “clasismo” y
“colonialismo”, quizá inconscientes, en el corazón de la
izquierda de un país que parió la primera revolución ecuménica y
los derechos humanos modernos. El riesgo con esta perspectiva es que,
al lanzar la crítica post-mortem hacia Charlie Hebdo, bien puede, al
igual que quienes abogan por la corrección política, terminar
culpando a las víctimas de su desgracia; aunque tampoco lo dirán en
voz alta, no deberíamos de asumir que los asesinaron por racistas y
colonialistas.
El reto ante una
tragedia de este tipo es, en primer lugar, la solidaridad y empatía
con las víctimas. Y aquí el mayor obstáculo es que nuestra
reacción espontánea ante muchas desgracias es de culparlas (en México nos pasó en el 68 y con Ayotzinapa: los
mataron por revoltosos, por comunistas, etc; y lo dijimos en el 9-11:
atacaron a los gringos por imperialistas, se lo merecían...), porque
por alguna razón, asumimos que sólo una víctima inocente e
inmaculada no merece morir de forma violenta, y la mínima mancha en
su ética o moral la hace merecedora de un asesinato de este tipo.
No, militar en una organización de izquierda radical no hace que los
estudiantes del 68 o de Ayotzinapa merezcan ser asesinados
brutalmente y calcinados, y ser un caricaturista de mal gusto
e “islamófobo”, aún cuando se sea un pequeño burgués, blanco
y ciudadano de un país colonialista, de ninguna manera debería
implicar un riesgo de muerte; y no, censurar este tipo de prensa
tampoco es la solución.
Pero así como somos
solidarios con estas víctimas humanas, y por lo tanto, imperfectas,
no inocentes, deberíamos serlo con todas las demás, y no
olvidar el carácter histórico de la violencia que vivimos,
aparentemente, de unos años para acá. Así como es trágico el
asesinato de estos periodistas franceses, es igual de trágica la
muerte de miles de personas en los conflictos vinculados a la llamada
“primavera árabe” en Egipto y Siria, que no se explica sin la
relación de carácter colonial e imperial que algunos países
europeos establecieron con el Medio Oriente, en especial después de
la Gran Guerra. La vida humana no debería poseer un valor
diferenciado a partir de la nacionalidad (o el “nivel de
civilización”) de las víctimas; el problema es que la violencia
que inesperadamente azota a las ex-metrópolis, en las ex-colonias es
el pan de cada día, y eso no suele perturbarnos en lo más mínimo,
a menos que esa violencia sea ejercida por una etnia indeseable para
occidente (aquí me refiero al escándalo que para muchos nos causó
el ataque israelí en Palestina, pero la indiferencia que hemos
mostrado ante la guerra civil en Siria).
Uno de los asuntos más
paradójicos sobre la violencia de la modernidad la encontramos en el
lugar sagrado para las tres religiones monoteístas: Jerusalén.
Durante el tiempo en que esta ciudad estuvo bajo el control del
imperio otomano, el último gran imperio islámico, musulmanes, judíos
y cristianos podían visitarla y coexistían sin grandes altercados
en la zona. Este nivel de “tolerancia” religiosa no ha sido
alcanzado desde entonces, ni cuando Palestina estuvo bajo el control
del imperio británico, ni desde la creación de Israel, un estado
democrático y secular. Estos “datos históricos” deberían cuestionarnos, no para asumir que todo tiempo pasado fue mejor, sino
para ser capaces de ver, en el corazón de nuestra propia cultura,
aquellos aspectos fundamentalistas, violentos y monstruosos que
rápidamente podemos identificar en la religión y la cultura del
otro. Después de todo, la inocencia no debería de ser un parámetro
para evaluar si merecemos o no ser asesinados, porque si lo fuera,
ninguno de nosotros, por más civilizados que nos sintamos, merecería
vivir.
Tal vez en este sentido,
efectivamente, todos somos Charlie, no porque seamos héroes de la
libertad de expresión, sino porque a pesar de nuestra violencia
verbal y/o escrita, burla o indiferencia no hacia los poderosos, sino
hacia esos “otros” indeseables que quisiéramos mantener lejos de
“nosotros”, somos humanos, y sólo por eso, tenemos derecho a
vivir.
Además, habría que
poner atención a las críticas de gente como Julian Assange y
preguntar ¿El atentado pudo ser prevenido? Y no me refiero a que
Charlie Hebdo hubiera sido “menos ofensivo” con la comunidad
musulmana, sino a que el Estado, con todos sus servicios de
inteligencia, que sabemos que comúnmente utiliza para espiar a sus
ciudadanos, hubiera podido prevenir el ataque. Y sobre todo,
preguntarnos ¿a quién le convienen estos atentados? ¿quien sacará
provecho de ello? Y es posible que la lista sea mucho más amplia que
los grupos fundamentalistas islámicos, basta con recordar que el
antisemitismo occidental de los siglos pasados (y que de pronto
re-surge donde menos esperamos) no se basaba únicamente en mentiras,
pues fueron individuos pertenecientes a la etnia judía
quienes asesinaron a miembros de los gobiernos, la iglesia y la
nobleza de Rusia y Alemania (incluso fue un judío quien comandó al
ejército rojo durante la revolución rusa). Y la razón es muy
simple, esta “minoría” había sido excluida y violentada por las
mayorías cristianas durante siglos, siendo comprensible que muchos
de sus miembros militaran en organizaciones que buscaban el
establecimiento de un orden social menos excluyente.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
2014
Una maestría y una tesis terminadas, y un doctorado en puerta.
Ser profesor de nuevo, esta vez, de universidad.
Textos escritos, sin terminar y por re-escribirse.
Un mundial de fútbol.
Un EP grabado y una banda desintegrada.
Un mundo encaminado en una nueva guerra fría.
Sorpresas de parte del obispo de Roma.
Salir a marchar a las calles.
Un país que se da cuenta de su colapso, y que más que volver a la normalidad (ya de por sí violenta y opresiva), tiene la oportunidad de un nuevo comienzo, que seguramente será doloroso.
Son faltan 43... Nos faltan más de 25 mil...
Dolor, indignación, deseos de justicia.
Mis mejores amigos casados.
Vivir solo y sentirme más acompañado que nunca.
Reconciliarme con mi fe y con mi ateísmo, por paradójico que suene.
Re-descubriendo su amor.
No queda sino agradecer por tanto bien recibido, y por qué no, pedir perdón por lo que hice y lo que dejé de hacer.
Quiero ir a correr por el mundo, donde viviré como un niño perdido;
tengo el humor de un ánimo vagabundo tras todo mi bien haber repartido.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Si del mar toco la orilla, y que el amor bogar me permita en sus olas,
en una nave sin vela ni cabilla, pese a mis enemigos iré a partes todas.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Feliz muerte, venturosa sepultura, de este Amante en el Amor absorbido,
que ya no ve ni Gracia ni Natura, solo la vorágine en que ha caído.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Jean Joseph Surin SJ
Ser profesor de nuevo, esta vez, de universidad.
Textos escritos, sin terminar y por re-escribirse.
Un mundial de fútbol.
Un EP grabado y una banda desintegrada.
Un mundo encaminado en una nueva guerra fría.
Sorpresas de parte del obispo de Roma.
Salir a marchar a las calles.
Un país que se da cuenta de su colapso, y que más que volver a la normalidad (ya de por sí violenta y opresiva), tiene la oportunidad de un nuevo comienzo, que seguramente será doloroso.
Son faltan 43... Nos faltan más de 25 mil...
Dolor, indignación, deseos de justicia.
Mis mejores amigos casados.
Vivir solo y sentirme más acompañado que nunca.
Reconciliarme con mi fe y con mi ateísmo, por paradójico que suene.
Re-descubriendo su amor.
No queda sino agradecer por tanto bien recibido, y por qué no, pedir perdón por lo que hice y lo que dejé de hacer.
Quiero ir a correr por el mundo, donde viviré como un niño perdido;
tengo el humor de un ánimo vagabundo tras todo mi bien haber repartido.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Si del mar toco la orilla, y que el amor bogar me permita en sus olas,
en una nave sin vela ni cabilla, pese a mis enemigos iré a partes todas.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Feliz muerte, venturosa sepultura, de este Amante en el Amor absorbido,
que ya no ve ni Gracia ni Natura, solo la vorágine en que ha caído.
Todo es igual, la vida o la muerte,me basta con que a mí el Amor me quede.
Jean Joseph Surin SJ
martes, 23 de diciembre de 2014
Para mis amigos recién casados
Enamorarse es uno de los
acontecimientos más traumáticos y violentos. Ocurre que cuando las cosas
parecen llevar cierta calma o tranquilidad, cuando todo parece ocupar el lugar
que le corresponde, un intruso externo aparece violentamente y desestabiliza nuestra
vida. Un intruso que ciertamente nos parece bello(a), pero que siempre guarda
un misterio indescifrable, pues aunque se entromete violentamente en nuestra
vida, nunca lo podremos poseer ni conocer en su totalidad, nos parece
pertecto(a) en su evidente y aterradora imperfección, nos altera.
Enamorarse es una experiencia de
alteridad por excelencia, donde no nos queda sino abrirle un espacio a ese
otro(a) que posiblemente ya era parte de nuestra vida, pero que en un momento
comenzó a crear una grieta en el orden del mundo, invitándonos a salir de
nosotros mismos, del narcisismo que solemos llamar “autoestima” o
“autosuficiencia”.
Cuando nos enamoramos nos damos
cuenta de que somos débiles, de que estamos incompletos y que somos imperfectos
(si no lo fuéramos no necesitaríamos al otro). Tal vez por eso, fuera de la
civilización cristiana y occidental, y antes del amanecer de lo que solemos
llamar “modernidad”, ese momento en el que los creyentes se dieron cuenta de
que si Dios existía, era el gran ausente del mundo, a nadie se le hubiera
ocurrido asociar el amor con una institución tan indispensable para el
sostenimiento del orden social (esclavista, feudal… nunca igualitario), es
decir, con el matrimonio.
El amor es peligroso, por eso ha
tenido que ser domesticado, enmarcado en los cánones de una cultura y una
sociedad concretas, y dotado de una máscara romántica que oculte su terrible
violencia: evidenciar que el otro es igual de importante y valioso que el yo.
En una sociedad sostenida por la premisa que
cada quien ocupe el lugar asignado por los dioses (o por Dios, o por la
naturaleza, o por el mercado…), el amor no puede entenderse sino como la materialización
del mal, algo de lo que hay que cuidarse, algo que hay que evitar.
En tiempos en los que se exalta
el self-made man, o en su defecto, la
mujer (o cualesquier categoría de género que busque asignarse) hecha a sí
misma, enamorarse sigue siendo un pecado tan grave como lo era en la edad
dorada del matrimonio (recordemos que en muchas historias románticas, el amor
no era lo que unía las parejas, sino el deseo inoportuno que desafiaba el
contrato social y familiar que históricamente ha sido el matrimonio). Porque si
de verdad estamos enamorados, estaremos dispuestos a desafiar incluso al
mandado más sutil y a su vez poderoso de nuestra era “posmoderna”:
la felicidad.
Me explico. Imaginemos que acabamos
de casarnos, con esta imagen idílica de una pareja de profesionistas exitosos a
quienes, mientras se respeten (es decir, no se acerquen demasiado al otro, aún
a su pareja), les augura una vida de felicidad y prosperidad. Y que una vez
pasada la luna de miel, uno de los
jóvenes esposos es diagnosticado con una enfermedad crónica que le impedirá ser
económicamente productivo, o tal vez sexualmente activo –y sabemos que este
escenario hipotético es perfectamente plausible–. ¿Cuál deberá de ser la
respuesta de su compañero si en verdad está enamorado? Posiblemente deberá
trabajar por los dos –cosa que, si el esposo sano es hombre, bien podría
pisotear la autoestima de una feminista promedio–, deberían renunciar a esa
parte de nuestra naturaleza humana que simplemente no nos interesa controlar
(la sexualidad); posiblemente el compañero sano tendría que abandonar muchas de
sus expectativas de vida, si desea que su amado(a) pueda llevar una vida
digna, el tiempo que Dios, los médicos, la ciencia o el capital le permitan
prolongarla. Aquí no hay felicidad, hay sacrificio; es la prueba de Job sin la
garantía de que se tendrá un final feliz. Es la apuesta de Abraham, dispuesto a
sacrificar lo más preciado que tiene por un deseo absurdo.
Si bien se trata de un caso
ciertamente extremo, nuestras vidas comunes y aburridas no están exentas de
fracasos. Desempleos, accidentes, violencia, crímenes, catástrofes naturales…
Enamorarse y vivir en pareja de ninguna manera nos dejan exentos de estos
peligros y de esta inseguridad, lo único que nos dan es la oportunidad de estar
y sentirnos acompañados. No se trata de añorar el regreso de los viejos tiempos
donde los años dorados del capitalismo permitieron que algunas familias
vivieran felices hasta que llegaron las crisis, sino de pensar que, si nos
tomamos en serio el acto de enamorarnos, no solo nos estamos moviendo en una
dimensión estética (¡Qué bello es ese sentimiento! ¡Malditos los científicos
que buscan dar una explicación biológica o cultural a esa sensación tan
sublime!), sino que también estamos ante un posicionamiento ético: la
posibilidad de reconocer al otro y de abrirle un lugar en nuestro mundo, no
porque ese otro(a) sea perfecto(a), sino porque es igual de monstruoso que
nosotros, y merece ser amado(a) por ello.
Tal vez ni Jesús ni San Pablo
(mucho menos San Agustín o Lutero) pensaban el amor tal y como lo entendemos en
nuestros días, desde nuestro horizonte histórico donde podemos asociarlo o
disociarlo de la institución del matrimonio. Tal vez no deberíamos de pensarlo,
simplemente de vivirlo… Tal vez no deberíamos de enamorarnos, y habría que contentarnos
con la felicidad que la autosuficiencia y el narcisismo nos brinda. Tal vez
deberíamos de seguir manteniendo esa distancia que nos aleje del otro, para
ordenar nuestra vida alrededor del yo y permitir que nuestro amado(a) lo haga.
Pero si nos enamoramos, podemos
experimentar una verdadera revolución. Podemos ver como nuestro mundo se derriba
ante nuestros ojos y ser partícipes de la construcción de uno nuevo, donde, al
haberle hecho un espacio a ese(a) otro(a), podremos al menos enjugar sus
lágrimas cuando lo necesite, consolar y ser consolados por los lamentos de un
mundo que no puede mantenerse en pie si no es por la sangre de los inocentes, y
sobre todo, tener la esperanza de que los tiempos de desolación no tendrán la
última palabra de nuestra historia.
Sin embargo, las revoluciones que
intentan conservar sus pequeños logros a toda costa se convierten en verdaderas
pesadillas, pues no son capaces de poner en juego la libertad ganada y se
encierran en un anhelo compulsivo de felicidad y tranquilidad, que no pueden
lograrse sino reprimiendo todo lo que altere el orden… La felicidad para toda
la vida en una relación puede ser como el totalitarismo de Stalin, una
combinación de un terror generalizado y una habilidad histriónica para siempre
guardar las apariencias de que todo está bien. No, si nos enamoramos, sería
bueno pensar esta metáfora más bien como una revolución permanente, que si bien
no nos garantiza la felicidad, si nos obliga a estar siempre abiertos al otro y
a lo nuevo, y que es capaz, de ser necesario, a renunciar a la propia satisfacción
por perseguir ese irracional deseo que el otro(a) despertó en nosotros.
El verdadero giro de Francisco
Una de las herencias más jóvenes
y al mismo tiempo pesadas del catolicismo de mediados del siglo XX fue su
obsesión con la biopolítica, es decir, con su esfuerzo por valerse de normas
eclesiásticas y civiles para controlar el uso de los creyentes y no creyentes
sobre su cuerpo y sexualidad. Temas como el aborto, la homosexualidad o el
papel de la mujer en la sociedad no son tabús para esta iglesia, por el
contrario, son tópicos recurrentes a los que se les inviste con un carácter sacro y
de “ley natural”, y banderas para la participación política más reaccionaria;
pero no caigamos en trampas ideológicas, la obsesión con la pureza del cuerpo y
la rectitud de la moral sexual no son una parte intrínseca del
cristianismo. Tomás de Aquino decía que el alma entraba a los 3 meses al cuerpo
del embrión, y durante toda la Edad Media se celebró numerosas veces el ritual
llamado adelfopoiesis (o como John
Boswell llama, las bodas de la semejanza). Durante el período de la Nueva
España, la promiscuidad y la sexualidad activa de clérigos y laicos era algo
común, pues bastaba con recurrir al sacramento de la penitencia para borrar los
pecados de la carne. No es sino con la aparición de la ciencia moderna en el
siglo XIX que apareció el término homosexual
(en el lenguaje teológico se hablaba de sodomía y se condenaba una práctica, no
se patologizaba a una persona), y no es sino hasta entrado el siglo XX que el
catolicismo, aliado muchas veces con sus acérrimos enemigos que originados en
la religión americana se obsesionó
con estos asuntos, posiblemente porque el surgimiento de los Estados nacionales
modernos, especialmente el italiano, le quitaron la posibilidad de hacer
política de la manera tradicional. Así, en México, las energías de las
movilizaciones católicas que comenzaron a gestarse a finales del porfiriato y
que fueron capaces de alterar considerablemente el curso de la primera
revolución del siglo XX terminaron canalizadas, desde los años 40, a la defensa
de la moral y de las buenas costumbres.
Pero
hay cosas que están cambiando, y quizá de manera más rápida de lo que pensamos.
A apenas un año de la elección del primer obispo de Roma jesuita y
latinoamericano, Francisco ha demostrado que lo suyo no es la biopolítica sino
la geopolítica, en el sentido más literal del término. El sínodo de la familia
y esos tópicos espinosos que amenazan la unidad de la iglesia se han quedado
cortos frente al que seguramente será el gran logro de Bergoglio: su mediación
en la reanudación de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba.
Hoy
nos encontramos iniciando un proceso homólogo al de la Guerra Fría, aunque no
estoy seguro si se trata de una continuación del mismo o de un enfrentamiento
nuevo. Sin embargo, pareciera que Bergoglio mostró una habilidad aún mayor que
la de su predecesor Wojtyia con respecto al segundo mundo, pues en lugar de
condenar un bando y aliarse al otro, invitó a ambas partes a negociar, es decir
recuperó el centro ideológico que la Doctrina Social de la Iglesia ocupó con su
surgimiento a finales del siglo XIX y perdió durante el XX. Pero no seamos
ingenuos, el acercamiento de Obama y Castro obedece a más que buena voluntad de
ambas partes. Me atrevo a decir que Cuba es hoy para Estados Unidos lo que
Crimea es para Rusia, solo que con sus respectivos matices de civilización y
barbarie. Putin ocupó una región que históricamente le ha pertenecido a Rusia
por medio de las armas y nadie lo detuvo, mostrándole así a la UE y a la OTAN
que es el brazo armado del bloque económico y geopolítico que hoy puede
disputarle la hegemonía: los BRICS. Y como buen heredero de la tradición
zarista y soviética, aseguró un muro de contención entre la Madre Rusia y su enemigo
occidental, un muro que después de la Segunda Guerra Mundial fue mucho más
ancho, pues estuvo formado por Europa del Este, el cual cayó, entre otras
cosas, con la ayuda de un papa polaco.
La relación de
EU con Cuba no es muy distinta, no hay que olvidar su participación en la
independencia de esta isla de España, y que tras esto se convirtió en una
suerte de protectorado con un casino de la selva incluido. De hecho había poco
de comunismo en Castro cuando inició la famosa revolución antiimperialista; fue
la hostilidad estadounidense y la polarización de la Guerra Fría lo que le
llevó a convertirse en una potencial amenaza al lado, y en 1963 estuvo al borde
de desatar una tercera guerra mundial. En estos meses, la influencia de Rusia y
China han comenzado a extenderse al continente americano, especialmente hacia
Sudamérica… Brasil, Venezuela, Bolivia, Argentina… Estos gobiernos de izquierda
se han convertido en el área de oportunidades para las grandes economías
emergentes, que ansiosos por construir una alternativa al modelo neoliberal y
estadounidense están comenzando a pactar con el diablo. No perdamos de vista
que aunque los grupos neofascistas son el gran enemigo de Putin en Ucrania, son
los aliados que está financiando para oponerse a la UE en Francia, Alemania y
Hungría. En este contexto, y sumándole que el primer presidente afroamericano
en Estados Unidos se encuentra en los menores niveles de aprobación pública
desde hace más o menos medio siglo, habría que ubicar el acercamiento hacia
Cuba.
Pese a que
ante un escenario geopolítico tan complejo el papel mediador de Francisco
pudiera parecer mínimo, no habría que despreciarlo tan a la ligera. Con Cuba,
el Vaticano se acercó a Washington ¿Y Moscú? Durante una larga conferencia de
prensa, Vladimir Putin justificó la ocupación de Crimea por ubicar en esta
región los orígenes históricos y cristianos de Rusia, y su cercanía a la iglesia ortodoxa ha sido
evidente. Recordemos que así como Roma era la defensa de la cristiandad occidental
durante el Medioevo y la modernidad, la Madre Rusia fue lo suyo con respecto al
cristianismo oriental desde la caída de Constantinopla, y que uno de los
mayores gestos de acercamiento del obispo de Roma ha sido para con los
patriarcas de las iglesias orientales. Así, aunque la iglesia católica pierde
cada vez más fieles y enfrenta que sus mayores amenazas de destrucción no
vienen de fuera sino de sí misma, es posible que juegue un papel político más
vital de lo que nos imaginamos en un mundo que no terminamos de entender.
Y para el caso
mexicano, pese a que en muchos casos la estructura eclesiástica se comporta
como una suerte de muerto viviente, que no sabe que está muerto pero huele a
cadáver, han sido figuras públicas como Alejandro Solalinde, Raúl Vera o Fray
Tomás González quienes, con toda su humanidad y defectos, y de la mano con
miles de otros clérigos y laicos, han asumido la que en un mundo posmoderno
pareciera ser la última de las grandes causas que podrían, al menos
potencialmente, guiar un proyecto colectivo de emancipación: los derechos
humanos. Tal vez el futuro del catolicismo no esté en que los creyentes amen a
su iglesia y se pregunten qué pueden hacer para salvarla, sino en cómo desde
ella es posible abrirle un espacio a todos esos para los que la promesa de un
mundo justo e igualitario es cada vez más difícil siquiera de imaginar.
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