miércoles, 19 de junio de 2013

No existes

Cuando me presentaron contigo me hablaron maravillas sobre ti, y cuando empecé, según yo, a conocerte, no tardé en enamorarme. Aunque la palabra amor ya no me gusta, porque puede significar todo y nada a la vez, y porque es tan ambigua como tú. Hace algunos años estaba seguro de conocerte, pero hoy ya no sé quién eres. Ya no sé si eres una utopía inalcanzable que debo seguir hasta la muerte, o una quimera que simplemente se metió en mis entrañas para atormentarme, para exigirme una entrega a la que simplemente no puedo corresponder. Ya no sé si eres real, o si solo eres producto de mi imaginación, o la encarnación de un símbolo que representa mis deseos más profundos. Ya no sé, y quizá en el fondo no quiero saber, porque si descubro que no eres ninguna de esas cosas, mi mundo completo habría de venirse abajo.
Me dijeron que a tu lado encontraría la felicidad, que no me faltaría nada, pues nunca te dejas ganar en generosidad. Me prometieron que a tu lado sería capaz de conquistar el mundo, de llegar a la cima, de meter el mar en un agujero hecho en la arena de la playa, de vivir para siempre… Unos me decían que no tenía que hacer nada para obtener todo eso, pues tu bondad y tu belleza eran tan grandes que solo bastaba dejarme querer y creer que me amabas. Otros me dijeron que, por el contrario, tenía que esforzarme, pues es lo mínimo que podía hacer para corresponder en todo lo que tú hacías a diario por mí. Todos coincidieron en que habías tenido que sufrir mucho por mí, y que por lo tanto, no corresponder a tanto amor y sacrificio era un acto de maldad imperdonable, que me haría merecedor de la peor de las muertes, y de un castigo que nunca terminaría.
Pero tú no decías nada, o al menos nada que yo pudiera escuchar. Tu silencio me resultó incomprensible por años, hasta que me di cuenta de que esa persona a quien creía conocer y amar no era sino un muñeco de ventrílocuo, que cualquiera podía hacerla decir lo que quisiera. Entonces resultó que no eras tú quien me hablaba, sino los otros. Amante y ser amado, juez, víctima y verdugo, cualquiera que fuera tu voz, no venía de ti, aún y cuando tus labios se movían y tu tono parecía inconfundible. Todas las cartas que me enviaste, resultó que tampoco las escribiste tú, es más, ni siquiera sé quien lo hizo ¿acaso las cosas que dijiste simplemente se pronunciaron a sí mismas? Como un espejo puesto frente a otro, así de vacías se volvieron tus palabras.
Entonces te quise destruir, y repetí como mantra día y noche que no existías. Lo hice con la misma devoción que había aprendido a repetir tus palabras y a hablar contigo todas las noches. Pero ¿Cómo podía destruirte si no eras real? ¿Cómo se puede matar a un fantasma? Ese “no existes” no expresaba solo la desesperación de sentir que el mundo entero me había engañado, sino que también te reclamaba porque no habías cumplido la más grande de tus promesas, que siempre estarías conmigo, hasta el fin del mundo. Sí, te reclamaba por algo que sabía que nunca prometiste, por palabras que otros habían puesto en tu boca. Y entonces me volví contra el mundo que me había enseñado a amarte y a dejarme amar por ti, pues también me habían dicho que si bebía del agua que tú me darías nunca más tendría sed, pero resultó ser al revés, una vez que bebí de esa copa, que hoy sé que tu nunca llenaste, se despertó en mi una sed insaciable, que me hacía volver a tu lado una y otra vez, pues el mundo me aterraba.

sábado, 15 de junio de 2013

El trono y el altar ¿Otra vez?


El domingo pasado, mientras  hacía mis lecturas diarias para mí tesis uno de mis buenos amigos protestantes me envió el link de un video donde la alcaldesa de su antigua ciudad de residencia, Monterrey, le entregaba simbólicamente las llaves de la ciudad a “nuestro señor Jesucristo”. Debido a los temas que investigo, la vieja idea de que los historiadores buscan en el pasado las respuestas de sus interrogantes presentes  se volvió obvia, al menos para mi caso. Al día siguiente, cuando la noticia circulaba por diversos medios, mi hermano me hizo llegar un segundo video, este grabado el año pasado en la ciudad de Ensenada (por cierto, la segunda matria de mi amigo, de esas “coincidencias” desagradables), donde el presidente municipal llevaba a cabo un acto simbólico muy parecido, aunque éste con un poco más de teatralidad.

            El tema no solo me resulta interesante, sino también preocupante, pues de entrada, como señaló Roberto Blancarte (a quien por cierto pude escuchar en el último encuentro de la RIFREM), no son las iglesias las que están maquinando formas de infiltrarse en el poder político, sino que son nuestros políticos los que están acudiendo a los símbolos religiosos. La mayoría de los defensores del Estado laico han rasgado sus vestiduras, denunciando que estos actos además de una intransigencia, son una suerte de transgresión a la constitución y a los principios liberales de nuestra nación, por lo que entregarle las llaves de una ciudad a Jesús, o consagrar un estado al Sagrado Corazón, es algo así como bailar sobre la tumba de Juárez y profanarla. La preocupación de muchos de mis colegas es que dos de los actores protagónicos de la historia de México, cuyo divorcio fue prolongado, doloroso pero necesario, ahora parecen encontrarse en vías de reconciliación, por lo que estaríamos ante un gravísimo retroceso histórico.

            Si bien soy una suerte de historiador católico de izquierda, y comparto la preocupación por el riesgo que la “nuestra laicidad pública” (utilizando el término de Emile Poulat) corre ante semejantes aberraciones, quiero proponer una lectura un tanto distinta de estos acontecimientos: En el fondo no estamos ante algo tan nuevo, pues el acto de sacralizar el poder político no es ninguna regresión histórica, sino una práctica consustancial al Estado mexicano moderno desde su formación en el siglo XIX. Lo novedoso radica en que, al emerger la idea de que nuestro país es una nación multicultural, lo cual por cierto se dio de manera paralela al desarrollo del actual concepto de laicidad, al Estado ya no le basta sacralizarse por medio de esa religión civil que alguna vez se pensó, aglutinaría a todos los mexicanos, sino que ahora debe hacerlo por medio de credos particulares, que le darían legitimidad ante sectores específicos de la población. De ahí la novedad de que el PRI, el PAN e incluso el PRD, que por mucho tiempo fueron actores antagónicos en cuanto a su propuesta de una política religiosa, recurran no solo al catolicismo, sino también a las confesiones evangélicas. Nos encontraríamos entonces frente a un asunto más complejo de lo que pensamos, donde tal vez valga la pena plantearnos nuevas preguntas, dirigidas no desde la teleología nacionalista que el PRI nos inculcó durante nuestra educación primaria, sino desde las nociones contemporáneas de ciudadanía, espacio público y democracia.


            En el fondo, lo que más me preocupa no es que “los mochos” hayan llegado al poder, sino que las respuestas que muchos de los sectores “progresistas” han y hemos dados es la de los apóstoles de la nación que sienten que su “sagrada” constitución ha sido “profanada” por los enemigos de la libertad. Quizá el mayor enemigo de un Estado laico no es uno confesional, sino uno que necesita adherirse a la dicotomía de lo sagrado y lo profano para legitimarse, y en ese sentido, se me ocurre que deberíamos repensar nuestro ideal de laicidad, no como un logro histórico en peligro de disolverse, sino como un ideal por construir, pues no debemos olvidarnos que quienes le atribuyeron a Juárez esa hazaña fueron quienes inventaron al México moderno, que por medio de prácticas antidemocráticas y de un régimen autoritario de mantuvieron en el poder ininterrumpidamente por siete décadas, y que hace mas o menos un año regresaron para quedarse. Supongo que durante mis “vacaciones” seguiré escribiendo sobre el asunto.

domingo, 13 de enero de 2013

Adiós al silencio


El silencio casi siempre dice mucho. En ocasiones es el mayor pronunciamiento de indiferencia, conformidad, respaldo y sumisión que podemos externar. Otras veces es la única acción que podemos realizar cuando nos encontramos ante experiencias que simplemente no pueden ser contenidas en el lenguaje. Aquí aplica la frade de Wittgenstein: “De lo que no podemos hablar es mejor callar”.

Otras veces simplemente el “no hablar”, “no escribir”, “no decir” es porque así como hay momentos para expresar, inclusive para gritar, también los hay para callar. Ese ha sido mi caso en las últimas semanas; por alguna razón, pese a todo el cúmulo de experiencias y conocimientos de mi último año, simplemente me han salido pocas palabras, especialmente escritas. Ni sobre mi tesis, mis lecturas, viajes, deseos, mociones. Debo reconocer que extraño la soledad y el silencio de los EE.EE, aunque estoy consciente de que no son terapia individual ni grupal (aunque sé que muchos así los toman, igual y les es de provecho). Pero mi relativa preocupación va en direcciones que oscilan entre el pragmatismo académico (textos que terminar) y una mística contemplativa que para mi gusto raya en la inutilidad si se prolonga demasiado.

La muerte de la abuela, el velorio, el sepulcro y los novenarios, la muerte, la vida y las ideas soteriológicas con las que llevo años peleando en lo más profundo de mi cabeza. Los afectos que se reordenan y desordenan, comunidades frágiles y líquidas, un deseo profundo de servir y horas de discernimiento pendiente que habrán de posponerse hasta que las condiciones materiales deban cambiar. Es con esa intuición aprendida recientemente de no instalarme cómodamente en ningún lugar que he reconocido el sentido del peregrinaje, pues aún siendo capaces de ubicar lo sagrado o lo numinoso en un sitio específico no es correcto quedarnos a vivir en éste, pues nuestro hogar muchas veces está en el mundo y al mismo tiempo en ningún lugar específico.

Lo difícil en ocasiones es romper con el silencio, más cuando aparentemente no se tiene nada que decir. Es por eso que escribo en esta ocasión, para convencerme a mí mismo que llego la hora de romper ese silencio que al principio es necesario, pero termina volviéndose una manera cómoda de evadir aquello que nos toca hacer. Ya habrá tiempo de caminar en otras direcciones, y nuevos sitios a los cuales regresar cíclicamente para descansar.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Reflexiones sin corrección de estilo...


Siempre es tiempo de partir, así dice una canción de La Ley que sonó cuando yo estaba en la secundaria, si no me equivoco… Una visión muy cristiana e ignaciana… Siempre hay que caminar, siempre tenemos que movernos, nunca hay que acomodarnos cómodamente en un sitio, pues el evangelio nos llama a ser peregrinos en el mundo, anunciando una buena noticia para muchos, especialmente para los que han sido excluidos de una sociedad injusta.

Pero moverse no solo implica hacerlo en el espacio físico, los deseos también se mueven… el espíritu suele llevarnos por terrenos desconocidos, nos llama a sitos inesperados y por caminos que nunca soñamos transitar. A veces nos detiene, en varias ocasiones el mismo Jesús me detuvo al intentar subirme a su barca, tal y como lo hizo con el endemoniado de Gerasa una vez que fue curado; y es que el reino de Dios no va a construirse solo, la semilla de mostaza puede ser movida por el viento, pero no encerrada en parcelas, porque especialmente ahí resulta molesta. Hay que estar atentos a donde nos llevan nuestros deseos más profundos, que en palabras de San Ignacio son la voz de Dios; y debemos de estar dispuestos a defenderlos, pues si algo le interesa al mundo, al sistema o como le queramos llamar, es que nos acomodemos. La vida sedentaria, cómoda, predecible… aprender las reglas de un campo, jugar con ellas, dejarnos llevar por la ilusión de que nos bastamos a nosotros mismos, y que vivimos en el mejor de los mundos posibles, al cual estamos dispuestos a defender a muerte, tanto con nuestras acciones como con nuestra indiferencia.

Pero sin embargo se mueve, Dios actúa en la historia y nos invita todos los días a sumarnos a su proyecto, para lo cual por cierto es necesario un poco, si no es que bastante, de locura. Solo un loco deja lo poco o mucho que tiene por la esperanza de un mundo mejor, aún sabiendo que podrá pasar su vida sin ver sus deseos consumarse en su totalidad; se necesita estar demente para pensar que las cosas podrían ser mucho mejor de lo que son, y para lanzarse a una misión donde la consigna es no contar con nada más que nuestro propio cuerpo, todo lo demás llega a convertirse en un estorbo en el momento que lo deseamos más que el Reino de Dios; solo un suicidio de nuestra razón práctica e instrumental nos permite entender por qué mujeres y hombres deciden dedicar su vida a servir a los demás aún y cuando ni siquiera serán reconocidos por ello, sino que por el contrario, eso les valdrá ser tratados como criminales, disidentes, herejes, inútiles, malas personas o malos cristianos. Y más loco se necesita estar cuando ese mismo Dios que nos invita a seguirle nos recuerda a través del predicador que no tenemos la certeza de que nuestra alma subirá al cielo y la del animal descenderá a la tierra…

Pero esa locura es la única forma en la que Dios actuará en la historia, porque si se acomodara a nuestra racionalidad tendría que hacerlo también a nuestra ética, y no estoy seguro de que tan creíble es un Dios que muchos de nosotros podríamos superar en términos éticos, sería volver al Dios enigma que hostilizó a Job y el Dios – amor descrito por Juan no tendría razón de ser.

Pero como diría San Ignacio, los afectos desordenados son uno de nuestros mayores problemas. ¿Cuánto de lo que deseamos no solo no abona, sino que estorba al reino de Dios? ¿Cuántas de las cosas, situaciones, comodidades que asumimos como regalo de Dios, como premio por nuestros méritos y nuestras buenas acciones no son en el fondo sino paliativos para volver más tolerable una realidad que llevamos metida hasta la médula, y que nos reusamos a transformarla por miedo a perder esos premios, detalles u objetos que le dan sentido a nuestra existencia?

Jesús no exige radicalidad como aquel jefe que ordena cumplir sus órdenes hasta el último detalle, ni nos obliga a llevar cargas insoportables, pero es consciente de que si no somos tan radicales como él, será muy difícil que eso que llamaba el reino de Dios pueda hacerse presente entre nosotros. Nos da opciones, pero si hacemos lo mismo siempre, nos relacionamos de la misma manera, nos aferramos a las mismas cosas y nos preocupamos por las mismas cosas ¿Qué razones tenemos para esperar un mundo distinto?

Ignacio insistía en que, palabras más palabras menos, hay que esforzarnos en lo que hacemos como si todo dependiera de nosotros, pero aprender a  confiar en que todo está en manos de Dios. Y es que ninguno de nosotros tiene el monopolio sobre la acción del espíritu en el mundo y en la historia, pues éste sopla a donde quiere, se reproduce como hierba silvestre y muchas veces germina en los terrenos menos esperados. Si asumimos que tenemos la última palabra y la razón, nos volvemos ciegos a la acción de Dios, e inclusive llegamos a un discernimiento a la inversa, mirando el mal en donde en realidad actúa el espíritu, aún y cuando eso represente la transgresión de nuestra moral tan provisional como nuestro lenguaje, pero que casi siempre asumimos como inmutable. Y siempre que eso pasa cuestionamos a Dios, que nos responde como Jesús a Pedro al final del evangelio de Juan ¿Y a ti que te importa lo que yo haga con éste?

Pero aprender a confiar en Dios y en que sus planes se llevarán a cabo cuesta trabajo, sobre todo cuando pareciera que nos pide cosas que contradicen sus propios planes. Cuando las circunstancias amenazan con quitarnos aquello que entendemos cómo dado por Dios, nuestras emociones se tuercen y nuestras entrañas se constriñen; es comprensible, es lo que le sucedió a Abraham cuando Yavé le pidió en sacrificio a su hijo, la garantía de su promesa… En esa ocasión el ángel lo detuvo, pero ¿Y si no? ¿Y si para la causa del Reino de Dios es necesario renunciar a los medios que él mismo nos ha dado para trabajar en esa causa? No es que el Dios de los cristianos se congratule probando la fe de los pobres mortales, sino que muchas veces las circunstancias nos orillan a eso, a renunciar a nuestros planes, nuestros recursos, nuestros capitales, los mismos que antes nos ayudaban a servir al Reino y a los demás. Esto solo es posible si se tiene fe, tal vez no fe en que Dios mágicamente actuará para detenernos y solucionarnos la vida, o en que nos colmará de bienes como premio por nuestros servicios, sino en que pondrá los medios en sostener ese proyecto que va más allá de lo humano, pues nos invita a abrirnos tanto hacia el otro y lo otro que posiblemente las categorías de hombre o humanidad resulten insuficientes para la posibilidad y el futuro que el nazareno nos ofrece si atendemos a su invitación.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Signos de los tiempos


Los que nos dedicamos a las ciencias sociales y/o humanas tarde o temprano reconocemos que las sociedades son sumamente complejas. Interpretar la maraña de creencias, deseos, condicionamientos, prácticas y visiones del mundo de ciertos sujetos o grupos es algo a lo que historiadores, sociólogos o antropólogos nos dedicamos, y pienso que eso nos debería volver más sensibles no solo a las realidades que estudiamos, sino también al pedacito de mundo en el que vivimos.

      En las últimas semanas he podido notar algunas cosas que no habría intuido de no ser por algunas conversaciones que tuve; tal vez si fuera antropólogo lo observaría de una manera distinta, pero dado que me dedico a disque interpretar papeles viejos, comunicarme con la gente  viva se me dificulta notablemente. Una de ellas es que por lo visto muchos de nosotros estamos esperando un mesías. Cuando dos o tres personas en un mismo día te dicen que hace falta un Emiliano Zapata para que inicie un movimiento social, porque los mexicanos somos violentos y solo así logramos cambios, creo que vale la pena guardar el ego de historiador que te dice: esta gente no sabe nada de historia, y preguntarse ¿Por qué profesionistas de clase media y de perfiles ideológicos de lo más diverso coinciden en una premisa de este tipo? ¿Por qué en pleno siglo XXI pervive este mesianismo? ¿Estamos predispuestos a la violencia o lo aprendimos muy bien en la escuela? ¿Cómo leemos los signos de los tiempos, que aún sabiendo lo que se tenemos que hacer, esperamos que alguien más venga y lo haga?

      Por otro lado, creo que cualquier fragmento de nuestra vida se vuelve sumamente interesante e historiable en el momento que observamos todos los procesos que lo atraviesan. Inflación de precios, una reforma laboral por la que estoy seguro que varios religiosos que conozco estarán rezando por que se apruebe, una política fallida contra el crimen organizado, opiniones sobre un conflicto de carácter religioso en medio oriente, disputas entre ciudadanía y corporativismo… Aún lo más íntimo de nuestra vida cotidiana está atravesado por procesos globales, relaciones de poder y desigualdades. Recomendación: si analizas tu vida de esta manera, procura ser prudente con quien lo compartes, que te tilden de loco es lo de menos, puedes meterte en problemas si te metes con algo que tus seres queridos consideran sagrado, lo cual puede ser desde monstruos tan reales como los partidos políticos o las instituciones que los alimentan, hasta conceptos tan abstractas como Dios, el amor, la heterosexualidad o la monogamia; no se digan otras nociones menos complejas, como vivir bien, ser normal o hacer las cosas bien.

         Pero en esa telaraña en la que tengo que moverme todos los días hay algo que realmente me asusta: en México se está restaurando un paraíso terrenal. Sí, ese mundo ideal que alguien alguna vez calificó como una democracia perfecta donde había para todos. Al demonio la ciudadanía, solo perteneciendo a ese sagrado cuerpo social es posible ser reconocido, tener derechos, aspirar a una vida digna, a un buen empleo. Dime con quién andas y te diré quién eres decía mi abuelita, así que ni se te ocurra andar manifestándote, que si algo te pasa no es culpa de un régimen represor y autoritario, sino de ti por imprudente, porque no hay que hacer cosas buenas que parezcan malas ni malas que parezcan buenas, luego por qué pasa lo que pasa. Aún no llega diciembre y ya iniciaron las desapariciones y la violencia, ya se aprobó una reforma laboral y todo parece que irá empeorando. Pero solo a los malos mexicanos que no quieren a su país y que no trabajan, que se la pasan criticando, solo a ellos les pasan cosas. Claro, protegido por un sindicato o por un partido en el que te metieron los compas es muy fácil decir que si se puede progresar, que cada quien llega tan lejos como se lo propone y que el cambio inicia desde cada uno. Y mientras en una lucha desigual nos disputamos el futuro, las instituciones podridas, anti-democráticas e inconscientes de que su propio cuerpo lleva décadas en estado de descomposición, hablan a través de nosotros, nos confrontan, nos llevan al matadero, sacrifican nuestras vidas con tal de mantenerse con un poquita de vida. Porque ¿Por algo están ahí no? Alguien tiene que mandar…

lunes, 10 de septiembre de 2012

Este 15 y 16 de septiembre, celebremos…




Celebremos la independencia de una nación que no existía en el año que nos han dicho que marcó el inicio de nuestra vida como país; celebremos que somos una gran nación, la prueba son las grandes pirámides del valle del México y del suroeste, aunque claro, gloriosos son los aztecas y los mayas de hace siglos, no los indios de la sierra que desde que somos “independientes” han sido un estorbo para el progreso, y que hasta la fecha siguen poniéndole trabas a las empresas que con minas y presas van a generar energía y empleos… Que malos mexicanos son, flojos y alcohólicos, y además idólatras.

Celebremos a los valientes hombres que dieron su vida por la patria, y que digo dar la vida ¡Mataron por la patria! Tal y como nuestras actuales fuerzas armadas y nuestra policía se encargan de matar a los malos mexicanos, de esos que por burros no estudiaron, y que se ganan la vida produciendo y vendiendo las drogas que nuestros artistas, políticos, profesionistas, policías e hijos consumen para distraerse y divertirse.

Celebremos también por nuestra democracia, la más cara del mundo; pero no es tan cara como las campañas de nuestros partidos, pero total, a mí no me importa la política, aún y cuando ellos vivan de mis impuestos y decidan sobre mi sueldo y mis derechos. Celebremos que tenemos un presidente guapo y un sistema tripartidista, donde nadie puede hacer su voluntad y todos tienen que negociar… Celebremos nuestra democracia, donde es más fácil probar la existencia de Dios que la ilegalidad de una elección.

Celebremos también la reforma laboral, que por fin va a modernizar las obsoletas relaciones obrero patronales, por fin se acabará la opresión y la tiranía que los trabajadores flojos y explotadores ejercen sobre los pobres empresarios mexicanos (y alguno que otro extranjero, pero a quienes debemos agradecer porque nos dan trabajo), que invierten su valiosísimo capital y su sagrado esfuerzo para darnos de comer a la mayoría de los mexicanos; ojalá y pronto se apruebe una reforma fiscal, para que el costo de la burocracia del Estado deje de estar en los hombros de esos sacrificados hombres de negocios y recaiga también en toda esa gente floja ¡Que por lo menos en sus alimentos y medicinas paguen impuestos! Nosotros no tenemos la culpa de que ganen tan poco, la tienen ellos por no estudiar o no ser lo suficientemente emprendedores, porque cada quien puede llegar tan lejos como se lo proponga ¿o no?

Y celebremos también por la iglesia, que es tan moderna y está tan preocupada por el país que hasta respalda la reforma laboral. ¡Pero eso no es algo nuevo! ¿Acaso no eran sacerdotes católicos Hidalgo y Morelos, los padres de la patria? ¡He ahí la prueba de que ser mexicano y católico-guadalupano son cosas inseparables! Celebremos por una iglesia más preocupada por controlar el cuerpo de las mujeres para evitar que pequen (y que nos sean ocasión de pecado a los débiles hombres), o por evitar que los matrimonios gays destruyan la sagrada institución de la familia, que por los pobres… total, por algo lo son, y algún día Dios los premiará.

Celebremos a México, celebremos el paraíso terrenal que está por restaurarse para aquellos que aman el país y son fieles a sus líderes. Celebremos que somos un gran país, del cual no son dignos los migrantes centroamericanos, como en el Siglo XIX no lo eran los indios bárbaros del norte, y a principios del XX no lo eran los chinos. Celebremos un México con una economía tan sólida que sigue creciendo a pesar de la crisis, y no hagamos caso de los que dicen que aquí no se respetan los derechos humanos y que somos un país violento, recordemos que a las mujeres solo las matan en Cd. Juárez, y los 120 mil asesinados, pues seguramente andaban en malos pasos, por algo les pasó lo que les pasó. No hagamos caso a las llamadas de atención que dicen que nuestro índice de desarrollo humano es bajo, ni de los que dicen que nuestra educación es mala, eso es echarle la culpa al gobierno de nuestros problemas. ¡Celebremos nuestra independencia y nuestra libertad este 15 y 16 de septiembre!

Ah sí, esos revoltosos del 132, a ver si ya se ponen a trabajar ¿No?

domingo, 2 de septiembre de 2012

¿Amor?


¿Qué pasaría si descubriéramos que aquello a lo que le llamamos amor no es más que una palabra, inventada para referirnos a unas formas de relacionarnos que no tienen nada en común entre sí más que ese nombre?

La mayoría lo ignorarían, y seguirían escribiéndole mensajes a su pareja y dedicándole canciones. Algunos se frustrarían, pues entonces ¿Qué sentido tiene la vida, si no tener a mi lado a esa persona y ser correspondido? Unos dirían “Hay un verdadero amor”, pero mucha gente que no lo ha encontrado…  Un amor por el que estarían dispuestos a morir, y por qué no, a matar… No sé cuantos realmente reflexionarían sobre aquello a lo que solemos llamar amor, y vislumbrarían que aunque el matrimonio por amor se inventó en el mundo occidental hace algunos siglos, una secta mediterránea del siglo I reflexionó y escribió alunas cosas interesantes sobre esto, al punto de que su única deidad representaba antes que otra cosa este concepto tan opaco y difícil de aprehender…