jueves, 24 de abril de 2014

La operación hagiográfica. A propósito de las próximas canonizaciones.


La noticia de la próxima canonización de dos obispos de Roma del siglo XX ha resultado en varios sentidos controversial. Las razones son varias, en especial con respecto al polaco Karol Wojtyla, pues el vituperio de los tradicionalistas hacia Angelo Giuseppe Roncalli parece que se ha ido junto con el espíritu de renovación conciliar. Los cuestionamientos más ruidosos, que vienen desde los mismos creyentes católicos, tienen que ver con la protección y encubrimiento que brindó a las situaciones de abuso con respecto a la pederastia clerical, especialmente al caso de Marcial Maciel, fundador de los legionarios de Cristo en nuestro país.
                A esto podríamos sumarle su tradicionalismo, su hostilidad hacia la teología de la liberación, y una larga lista de situaciones que hacen que para muchos católicos, su vida no sea un ejemplo digno de imitarse, sino todo lo contrario. Sobre éste asunto tengo poco que decir, ya que aunque la teología sigue siendo como la historia, citando a Luis González y González, una disciplina sobre la que puede opinar cualquier “hijo de vecino”, no me interesa hablar a favor o en contra de la santidad del polaco. Lo que en este caso me resulta sumamente interesante es la operación simbólica e institucional implicada en su canonización, que nos dice mucho (y probablemente más) del catolicismo contemporáneo, así como del pontificado del nuevo o próximo santo, a quien ya en vida se le llegó a venerar como tal en nuestro país.
                Los procesos por los cuales la iglesia católica, como religión y como institución, declaran santo a un personaje son complejos, y es en ellos donde podemos ubicar uno de los antecedentes inmediatos de la historiografía moderna. Las hagiografías, es decir las narraciones sobre la vida y obras de los santos fueron uno de los primeros discursos occidentales que intentaron investigar en el pasado y no se limitaron a guardar la memoria de los hechos (como en el caso de los historiadores griegos y romanos), sino que necesitaron de indagar en la vida de los muertos, para hablar en su nombre y a título de “lo que realmente pasó”. La historia de la formación del campo religioso en occidente, que de acuerdo con Bourdieu implica la apropiación de los bienes simbólicos y de la posibilidad de producirlos por parte de un cuerpo de especialistas, es decir el clero, es también la historia de los procesos de beatificación, pues en la primera Edad Media bastaba la veneración popular para que un personaje fuera considerado tanto, dándose un largo proceso de jerarquización y burocratización, en el que la responsabilidad de declarar un santo recayó en los obispos y en el papa, pero su punto culminante ocurrió con el advenimiento de la modernidad.
                El espíritu de la contra-reforma católica convirtió los procesos de canonización en verdaderos juicios. Las comisiones encargadas de las causas de beatificación y canonización funcionaban como tribunales (seguramente hubo una notable influencia de los procedimientos inquisitoriales), cuya finalidad era arrancar la verdad de la vida los muertos, para tener así la certeza de que “de verdad” esa persona había sido un santo. Los juicios contaban incluso con un personaje que llegó a ser apodado “el abogado del diablo”, cuyo papel era el de investigar, indagar y mostrar todos los aspectos negativos del personaje que pudieran cuestionar su santidad. Esta forma de producir la verdad continuaba formando parte de un universo simbólico encantado, donde la verificación de los milagros jugaba un papel crucial, y revisar los criterios que operaron en distintas épocas para elegir a los venerables y discernir entre quien debía subir o no a los altares, es un interesante ejercicio que nos permite historiar las transformaciones del catolicismo, a partir de quienes proponía la jerarquía como ejemplos a seguir, y de cómo los laicos de diversos orígenes étnicos, de distinto género y de diferentes clases sociales se apropiaron de ello. Este es un recuento en el que no me detendré (para el caso mexicano, recomiendo el libro "La santidad controvertida" de Antonio Rubial).
                Curiosamente, los cambios más recientes en los procesos de canonización no ocurrieron en el siglo XIX, el de la abierta confrontación y condena  a la modernidad, ni durante el Concilio Vaticano II, aunque sabemos que al poco tiempo de éste hubo una “purga” del santoral católico, pues era imposible demostrar la historicidad de muchos de sus pertenecientes, lo que nos habla de que ésta iglesia parecía tomarse en serio su diálogo con la modernidad. Pero hacia la década de 1980 las cosas cambiaron un poco. Los procesos se acortaron, los requisitos en cuanto al número de milagros se redujeron, y el número de santos canonizados desde entonces ha aumentado notablemente, siendo esto parte de una política de Estado (porque finalmente, el Vaticano sigue siendo un Estado) precisamente de Juan Pablo II, que al parecer se mantiene; y es precisamente ésta política la que hizo posible que se le canonizara a muy pocos años de su muerte.
                Aún no me queda claro el por qué ni el para qué de esto, pero de lo que estoy seguro es que estamos ante una auténtica mutación en el orden del discurso católico para producir la “verdad hagiográfica”, lo que implica una transformación reciente en la manera en la que esta institución concibe y busca representar el pasado y la verdad sobre éste, y sus implicaciones y consecuencias son difíciles de predecir. Algunos otros ejemplos recientes nos pueden iluminar un poco sobre la complejidad de la cuestión, específicamente sobre el caso mexicano, que es del que conozco relativamente bien.
                Esta nueva operación hagiográfica no tuvo problemas en canonizar, durante el siglo XXI, a un personaje del que no se tienen pruebas de su existencia, y que aunque se habla de su vida como un indígena devoto, es retratado con rasgos españoles. La canonización de Juan Diego resultó incómoda no solo para cierta izquierda católica que calificó el acto como una suerte de populismo que rayaba en la “papolatría”, sino para el mismo abad de la Basílica, que no tuvo empacho en decir que se canonizaba un símbolo y no a una persona, cuando el proceso al que él mismo se opuso era irreversible (compárese esto con la purga del santoral). Pero existen dos procesos, también implicados en nuestro país, que no han pasado de la “beatificación”. Miguel Agustín Pro SJ es uno de ellos,  que aunque ha sido promovido desde hace décadas por la compañía de Jesús, ha tenido serios problemas para funcionar, debido a las posibles implicaciones del jesuita con organizaciones contrarrevolucionarias, secretas y tiranicidas, teniendo que, parafraseando a Fernando M. González, quitársele la pólvora y resaltarle la sangre; sin embargo, el primer santo popular y la primera causa de canonización de la cristiada ha sido rebasada por procesos colectivos más recientes que remiten a los mismos años ¿Por qué? Recomiendo los trabajos del autor mencionado, así como la tesis de Marisol López Menéndez sobre el asunto. Uno más es de Fray Junípero Serra, el franciscano español que trajo el sistema misional a la Alta California (aunque vivo en Tijuana, geográficamente estoy más cerca de la misión de San Diego de Alcalá que de la de San Miguel Arcángel), y que aunque ya fue beatificado, el proceso fue detenido en parte por la oposición de las comunidades indígenas de Estados Unidos, alegando algo que todo lector serio de la historia regional sabe: que las misiones operaban con una lógica y una práctica no muy distinta a la de campos de concentración.
                Esto nos muestra que los recientes procesos de canonización son complejos, y que la opinión pública los afecta y al mismo tiempo es afectada por ellos, y lo que ocurre con Juan Pablo II no es ajeno a ello. ¿Por qué entonces se ha aprobado la canonización de alguien que, en última instancia, podríamos imputarle la voluntad de no saber? (Con esto me refiero a que la explicación más coherente que he escuchado sobre su permisividad con respecto a Maciel no radicó en su mala voluntad, sino en que tras haber escuchado numerosas calumnias en contra de sacerdotes, las acusaciones sobre él le parecieron inverosímiles). La respuesta me parece que ya la dio Roberto Blancarte: es una decisión política para apostar por la unidad antes que la confrontación. Muchos de los gestos, palabras e iniciativas de reforma de Francisco, por no decir las pedradas para los malos sacerdotes, vienen incomodando a ciertos sectores conservadores del catolicismo, al punto de que el año pasado sonaron rumores (vaya uno a saber qué tan infundados) de posible cisma. No creo que el proceso de canonización haya sido imparable para Francisco, pero de hacerlo, (tal vez no definitivamente, pero si dando más tiempo para analizar las pruebas sobre ciertos aspectos controversiales) habría pasado a la historia como un papa que para reformar la iglesia optó por un camino de confrontación y no uno de unidad.

Así, Francisco, el papa venido del fin del mundo se unirá a la fiesta del domingo, compartiendo con muchos católicos un gesto homólogo al de Lisa Simpson, cuando aunque descubre que Jeremías Springfield, fundador del pueblo, no solo no fue un personaje imperfecto, sino que era poco digno de admiración debido a varios actos que cometió, optó por olvidarse de la verdad para así no privar a su pueblo de un símbolo, un símbolo que le permitía mantenerse unido e imitar toda una serie de valores, ciertamente positivos. Al final, no tiene relevancia lo que Jeremías Springfield hubiera sido en vida, él había sido “grande” y eso es lo que importa. Nos encontramos con que la operación hagiográfica, en tanto régimen de verdad, es hoy más eficaz que hace 50 años, consagrándose así como una re-presentación pos-moderna del pasado por excelencia, donde hay lugar para las relaciones de poder diacrónicas y sincrónicas, para la política, la poética y la estética, para los sentimientos del pueblo católico y su unidad, pero no para lo “real” ni para la “verdad”, aquello que si no me equivoco, el fundador del cristianismo dijo que nos haría libres.

http://www.lossimpsonsonline.com.ar/capitulos-online/espanol-latino/temporada-7/capitulo-16

lunes, 7 de abril de 2014

La verdad nos hará libres, pero, ¿quién dijo que queríamos serlo?

“A lo que ustedes aspiran como revolucionarios, es a un amo. Lo tendrán...” Jacques Lacan

En los días pasados circularon un par de notas falsas del diario satírico “El Deforma” que, si bien parecieran burlarse de ciertas nociones del género, me parece que encierran las profundas contradicciones en las nuestra militancia de izquierda suele incurrir. Y tal vez no se trata de una simple incongruencia personal, sino que en el fondo, dándole la razón a algunos psicoanalistas, pero también a Ignacio de Loyola, no sabemos lo que en realidad deseamos.
            La primera de estas notas hacía referencia a una ruptura amorosa, donde el varón, tomando la iniciativa, habría roto los convencionalismos de caballerosidad, responsabilizándola del fracaso de la relación, e inclusive mencionándole que estaba interesado en otra mujer, que básicamente “se le hacía más buena”. La condena a este acto, en la nota ficticia, era fundamentalmente porque este hombre había hablado con la verdad, pues  "A una verdadera dama siempre se le debe cortar con mentiras piadosas...". Este diálogo, quizás falso e inventado, encierra una profunda verdad que regula nuestras relaciones interpersonales: no siempre es prudente hablar con la verdad, por el contrario, para funcionar como miembros de una sociedad, estamos obligados a mentir en nuestra vida diaria. Una de las cosas que me parecen más fascinantes de esto es que la noción de “mentira piadosa” nos remite a un antecedente religioso para ello, siendo éste término la justificación ante un pecado; al mandamiento “no mentirás” no es necesario suprimirlo, pues al menos en idioma castellano basta con agregar una coma cuando nuestro impulso de hablar siempre con la verdad nos puede meter en situaciones incómodas para transformar el mandato divino en la voz de nuestro super-ego: “No, mentirás”. Pero la verdad contenida en una nota “de mentiras” no se queda ahí, pues la norma que define cuando mentir y cuando decir la verdad, en este caso, es una distinción de género: Entre hombres podemos hablarnos con la verdad, pero frente a las mujeres, vale más mentir sobre algunos temas.
            La segunda noticia hacía referencia a la situación ideal de todo anti-feminista reaccionario. Una mujer “feminista” habría “renunciado a sus ideales” tras verse obligada a compartir con su pareja la cuenta de un restaurante. El texto, que en mi opinión abusa de un estereotipo que no puedo negar en su totalidad –la mujer que no busca derechos sino privilegios– pone de relieve una situación paradójica que seguramente muchas mujeres deben enfrentar desde su subjetividad: la emancipación implica renunciar a todo trato especial. Sin embargo, este no es un asunto exclusivo de las mujeres, ni siquiera de las feministas.
            En el relato bíblico del éxodo, los israelitas, el pueblo al que el Dios bíblico liberó de la esclavitud en Egipto, no tardaron en rebelarse contra su líder, Moisés, por una razón muy sencilla: “Estábamos mejor en Egipto”. Los esclavos liberados llegaron a indignarse ante la realidad que como hombres libres debían hacer frente, pues antes de llegar a la “tierra prometida” debían de atravesar un inmenso desierto, en el que vagaron por “40 años”. Este relato apunta una realidad sumamente cruda que probablemente no estamos dispuestos a aceptar: ser libres no necesariamente nos hará vivir más felices. ¿Cuántos de nosotros no hemos anhelado regresar a nuestros años de infancia? Entonces no teníamos responsabilidades y los adultos nos cuidaban, seguramente nuestra vida era más feliz. Pero seamos sinceros, la infancia nos remite a una persona que es contada en los censos, pero que carece de los derechos de un ciudadano, además, hay personas que pueden decidir su vida, y no son capaces de tomar decisión alguna sin el consentimiento de éstas figuras de autoridad; esta es la etapa de nuestra vida en la que posiblemente, hemos tenido menos libertad.
            La paradoja de Bauman no puede ser más clara: la seguridad es inversamente proporcional a la libertad. Y en este punto, estamos condenados a tener que decidir: ¿Queremos estar seguros o queremos ser libres? No dudo que para muchas mujeres, como se narra en esta nota falsa, la tradición patriarcal ofrezca en mayor o menor medida la seguridad que una sociedad de iguales nunca podrá brindar, pero quedarnos ahí implicaría ver la paja en el ojo ajeno y no la vida en el propio. ¿Cuántos de nosotros hemos renunciado a estudiar la carrera que realmente nos gustaría ejercer por dedicarnos a algo que nos daría seguridad económica? ¿Cuántas veces nos hemos quedado callados ante situaciones abiertamente injustas, por no perder nuestro trabajo, por no escandalizar a nuestros hermanos creyentes, o por no hacer sentir mal alguien?
            En la primera de las alucinaciones que le llevaron a acercarse al psicoanálisis, Gregorio Lemercier, abad del monasterio benedictino de Cuernavaca en los años 60 y 70, relata haber tenido una auténtica experiencia mística, que lo llevó a decir: “Dios, pídeme lo que quieras”, pero según escribió, no tardó en recapacitar, temiendo que el Señor le tomara la palabra. En distintas dimensiones, esta situación nos interpela a menudo. Decimos que deseamos muchas cosas, porque en el fondo sabemos que no habrán de ocurrir: Una sociedad de hombres y mujeres iguales, sin racismo, sin discriminación, hasta sin capitalismo… El problema es que cuando estos deseos amenazan con materializarse, nuestra reacción es de miedo, y se vuelve evidente el hecho de que no estamos dispuestos a llevar estos deseos hasta sus últimas consecuencias.


            Es muy fácil decir que deseamos la caída del patriarcado, pero en el caso de las mujeres ¿están dispuestas a renunciar a las comodidades que implican que los caballeros les abran las puertas, les cedan el paso, paguen sus cuentas, y que sean ellos quienes tomen siempre la iniciativa a la hora de una relación? Y en el caso de los hombres ¿estamos listos para compartir nuestras vidas con mujeres que no se arreglen para verse bonitas, que en ocasiones tengan mejores empleos que nosotros, que expresen su sexualidad con la misma libertad que nosotros lo hacemos, y que tomen la iniciativa para iniciar, consumar o terminar una relación? No hay nada de malo en que esto nos asuste, pero si decidimos tomar la píldora roja –como en la memorable escena de The Matrix–, más vale que estemos dispuestos a asumir las consecuencias de nuestros deseos. Personalmente, pienso que el patriarcado también nos oprime a los hombres (ya escribí antes sobre esto), y desde mi propia experiencia, sé que otro mundo es posible. De lo contrario, la profecía lanzada por Lacan a los estudiantes de 1968 se cumplirá, y nuestra perspectiva de género quedará limitada a un patriarcado con rostro humano, donde el amo (el caballero) sea bueno con su posesión (la dama), sin perder de vista que, como dijo Pierre Borudieu en "La dominación masculina", los dominadores se encuentran dominados por su propia dominación.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Cansancio

A veces me canso de ser yo, tal vez más seguido de lo que debería. En parte porque muchos días me levanto con ganas de ser otro, y me doy cuenta de lo fácil que es seguir siendo el mismo; en parte porque ser el mismo implica que ciertas situaciones se repitan ad eternum. Hay tópicos sobre los que no hay mucho que decir, no sé ser hijo, seguramente soy un mal hermano, ni qué decir de mi papel como novio… ¿Amigo? Tal vez en eso no soy tan malo ¿Músico? Para no tener estudios sobre la materia, podría hacerlo peor. ¿Profesor? Creo que son de las pocas cosas que alguna vez llegué a hacer bien. ¿Historiador? Pues estoy en eso… ¿Creyente? No, soy demasiado incrédulo. ¿Cristiano? Probablemente nunca sea tan bueno en esto como quisiera.
                Sinceramente, me preocupa muy poco mi falta de habilidades sociales, aunque hace un par de años era algo que me atormentaba. Hoy sé que en las pocas cosas en las que soy bueno, lo soy precisamente porque en las otras soy malo y no me importa. El problema está en otro lado, en sentirme incapaz de hacer aquello que sé que vale la pena, en que a pesar de rotundo fracaso que soy en muchas cosas, sigo intentándolo e intentándolo, sabiendo que todo ese tiempo y energía podría en cosas de mayor bien que luchar por alcanzar ese ideal del yo que, vaya Dios a saber por qué, está metido en mi cabeza y mi corazón, y sé que bien podría pasar toda mi vida en esta lucha, cuando se trata de un ideal inalcanzable. Quizá este es el punto en el que puedo vivir en carne propia la verdadera castración simbólica, la imposibilidad de acceder al más preciado objeto de mi deseo, que en este caso, es mi otro yo, un yo que puede ser bueno en todas las cosas en las que el Pedro de carne y hueso siempre falla.

                Pero las renuncias siempre cuestan trabajo, y en mi caso, por lo visto son procesos que pueden durar años. Hay algunas naves que apenas estoy empezando a quemar, pero otras parece que no son fáciles de incendiar, y por más precipitado que pudiera ser, será necesario esperar a que por lo menos se sequen, o de lo contrario nunca podrán arder. En el fondo todos estos cuestionamientos tienen que ver con el hecho de que, tal vez mal citando a Pablo, la mayoría de las veces no hago el bien que quiero, y termino haciendo el mal que no quiero. Sí, no puedo acomodarme en ningún lugar, pero eso ya no lo lamento, sino que por el contrario, doy gracias por ello. Lo que me preocupa es que, aunque no estoy completamente instalado, tampoco me siento lo suficientemente libre para peregrinar como sé que podría y debería de hacerlo…

miércoles, 25 de diciembre de 2013

A propósito de la navidad, y de mis mejores deseos.

Quienes me conocen, saben que no me gusta ni la navidad ni mi cumpleaños (por ninguna razón, ambas fechas coinciden).  Ciertamente se come bien y se tiene una bonita convivencia en estos días, pero a pesar de que al menos en este momento no me considero una persona amargada, pienso que hay cosas más importantes en la vida que “disfrutarla”. Quizá el aspecto por el que prefiero tomar mi distancia de esta celebración es porque es el síntoma más evidente de la “paganización” del cristianismo, lo cual implica no solo la adopción de símbolos ajenos a la tradición judeocristiana para expresar su fe (algo con lo que no tengo ningún problema), sino de alguna manera, la domesticación de la ética de los evangelios, al punto de convertir al nazareno, el crucificado y resucitado, en un rey de este mundo, acomodado y acomodador de muchas formas de organización social que, por lo que he podido leer en los relatos evangélicos, no habrían de tener lugar en el “reino de Dios”.
            En este sentido, mi crítica va más allá del “consumismo” capitalista que suele recubrir el mensaje del nacimiento del hijo de Dios, o de Dios mismo. Por el contrario, la mayoría de los símbolos con los que solemos representar este “misterio” de la fe tienen poco que ver con el relato evangélico de Lucas, en el que una pareja de migrantes de la periferia palestina, obligados a movilizarse por disposiciones arbitrarias de un imperio mundial, contemplaron el nacimiento de su primogénito en condiciones de miseria, acompañados por un grupo de pastores. Lucas se valió de diversos recursos retóricos, míticos y literarios para mostrarnos que el “rey” de los judíos, sería un personaje opuesto a las figuras reales de su tiempo, al punto de decepcionar las expectativas del pueblo judío con respecto al “mesías”.
            Sí, el nazareno fue un rey. Un rey que se rehusó a ser proclamado como tal, que cuando entró en calidad de tal a Jerusalén, lo hizo montado en un burro, con un gesto que posiblemente haya sido más una ironía que una demostración de realesa. Un rey que fue levantado públicamente para ser asesinado como un criminal, y del que solo unos cuantos fueron testigos de su “resurrección”. Un rey que prometió que al instaurarse su reino, sus súbditos dejarían de serlo para ser considerados su “amigos”, donde los lazos comunitarios estarían dados no por las relaciones de consanguinidad familiar ni por los contratos sociales de dominación, tales como el matrimonio o la esclavitud (ambos símbolos de la dominación patriarcal), sino por el amor al prójimo y por los deseos de justicia. Un rey que no podía ser de este mundo, no solo por su “origen divino”, sino porque ningún reino (o diríamos hoy, ningún gobierno) podría funcionar sin fundarse en relaciones de desigualdad.

            En este sentido, el mayor regalo que podríamos recibir el día de hoy de parte del “niño Dios”, no es la posibilidad de que se cumplan todos nuestros deseos; si esto es lo que queremos recibir, terminaremos igual de decepcionados que quienes esperaban un mesías que acabara con la dominación romana y restaurara el imperio de David. Si queremos la satisfacción inmediata de nuestros deseos, tal vez deberíamos buscar en otras tradiciones religiosas. Por el contrario, el “Dios con nosotros” de los evangelios nos ofrece la posibilidad de transformar radicalmente nuestros deseos, y de que éstos puedan estar centrados no únicamente en nosotros sino también en los otros. Desear un mundo justo, sin hambre, sin dominación, sin que los pobres mueran de hambre, frío, enfermedades fácilmente curables, o simplemente por soledad o exclusión. Desear el bien al que esté a nuestro lado y trabajar por él, aún y cuando su miseria haya sido culpa de sus malas decisiones; desear una forma de vida en la que la comodidad para unos no signifique miseria para otros. Amar y desearle el bien a nuestra familia es algo que cualquiera puede hacer, hacer esto mismo con esas figuras anónimas, desfiguradas y excluidas de nuestro mundo y nuestra economía, muchas veces no es algo que pueda brotar espontáneamente de nuestro interior, sino que parecería tratarse de una “gracia”, algo que debemos buscar, pedir, y agradecer cuando lo recibimos. Por eso mis deseos no son que durante este año que se avecina podamos ver materializados todos nuestros deseos, porque sé que si esto llegara a ocurrir, no habría recursos materiales ni expresiones de afecto, reconocimiento y sumisión suficientes para satisfacer eso que deseamos. Por el contrario, deseo y espero que, al celebrar una tradición fundada en eso que llamamos cristianismo, comencemos, aunque sea muy en el fondo, a soñar con el futuro que el nazareno prometió; ojalá que esta navidad pudiéramos comenzar a buscar el “reino de Dios” y su justicia. Ése si sería un verdadero regalo de Dios, lo demás, es simplemente vanidad, y no necesita del nazareno ni del niño Jesús para funcionar.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hay muertos que no deberíamos enterrar


Independientemente de la forma en la que estemos dispuestos a entender el relato de la “resurrección”, hay un aspecto que vale la pena tener en cuenta, el que los primeros “cristianos” se negaron a dar por muerto a aquel que, junto con su proyecto que llamaron “reino de Dios” –tal vez mas por la falta de otros referentes lingüísticos que por la literalidad del término “reino”–, tanto las autoridades judías como las romanas intentaron desterrar hacia el mundo de los muertos. Más aún, al poco tiempo de haber sido asesinado su líder y amigo, los discípulos se dieron cuenta de que “enterrarlo” y “darlo por muerto” no había sido el procedimiento más adecuado para lidiar con el duelo, aunque su cultura así lo establecía; tampoco lo era “mirar hacia el cielo” y simplemente contemplarlo como divinidad. Lo que tocaba era ir a anunciar ese “reino de Dios”, no como si la crucifixión no hubiera ocurrido, sino por el contrario, con mayores deseos de ver consumada esta promesa, porque solo sucediendo esto pudieron recibir “espíritu santo”, lo que los llevó a realizar “milagros” aún mayores que las de su maestro.

            Ciertamente carezco de los elementos teóricos y de los recursos literarios para llevar a cabo un análisis profundo sobre la forma en que nuestra cultura occidental se relaciona con los muertos, lo cual bien podría ser el trasfondo de disciplinas y discursos como la hagiografía y la historia, pero pienso que no es algo que debamos dar por sentado, y simplemente “enterrarlos”. Esto lo digo a propósito de la muerte de Nelson Mandela, que trazando una analogía anacrónica, sería algo así como la versión contemporánea del apóstol Juan, quien vivió por largos años, mucho después de que sus co-discípulos fueran martirizados y asesinados, y que literalmente falleció esperando ver consumada la promesa a la que entregó su vida, el “reino de Dios”. Algo similar ocurrió con Mandela, quien a diferencia de otros líderes que encabezaron importantes movimientos sociales hacia la segunda mitad del siglo XX –pienso en Gandhi, Martin Luther King o en Monseñor Romero, por mencionar algunos–, no fue asesinado y vivió hasta los 95 años. Pero al igual que Juan, tampoco pudo ver realizados sus sueños y sus deseos; ciertamente cayó el apartheid, y en Sudáfrica hay democracia, pero tanto su país como el resto del continente africano se encuentran muy lejos del futuro que tanto Mandela como muchos de los que participaron en su movimiento esperaban, especialmente en lo relativo a la justicia social.

Y este es precisamente el punto sobre el que quisiera reflexionar, no porque piense que la obra de Mandela fue una suerte de victoria pírrica o de fracaso, sino porque ante toda la parafernalia desplegada, a la que asisten numerosos jefes de estado y celebridades, no puedo evitar preguntarme ¿No estaremos enterrando, junto con el cuerpo, sus deseos? ¿No resulta más cómodo celebrar sus logros que preguntarnos qué es lo que hizo falta consumar de su proyecto y asumir esa agenda como nuestra? ¿Debemos dar por muerto a Mandela y limitarnos a recordarlo como una especie de santo secular, o toca aferrarnos como él lo hizo, a los deseos, hoy tan utópicos como siempre, de vivir en un mundo más justo?


Se cuenta que cuando Monseñor Romero recibió las primeras amenazas de muerte, llegó a decir algo así como: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño, y que cuando terminó la guerra civil, se celebró públicamente su resurrección. Pienso que la dimensión más provocadora y difícil de aceptar del relato cristiano es esa, no el creer que un muerto pueda levantarse de una tumba, sino asumir como propios y actuales los deseos de justicia de aquel cuyo cuerpo ya no está en la tumba. En sus tesis sobre filosofía de la historia, Walter Benjamin propone algo similar, cuando afirma que “la revolución” no solo busca redimir a las generaciones presentes, sino a todos los fantasmas de las revoluciones pasadas, cuyos proyectos quedaron inconclusos. Así, mientras exista la segregación racial, el fantasma de Mandela seguirá rondando por este mundo, e indudablemente muchos intentarán exorcizarlo y mandarlo al mundo de los muertos, donde en su calidad de santo, será incapaz de seguir atormentando nuestro presente democrático y post ideológico; aunque para otros, más que un fantasma, será visto como un cuerpo transfigurado, como un espíritu capaz de inspirar mayores luchas y obras, y a tratar de ver consumado lo que inició.


domingo, 8 de diciembre de 2013

Ante la falta de izquierda ¿cristianismo?


En los últimos años se ha venido construyendo un mapa geopolítico e ideológico que hace una década, era simplemente impensable. De acuerdo con algunos sondeos, el político con más poder en el mundo (cualquier cosa que eso signifique) ya no es el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, sino si homólogo de Rusia, Vladimir Putin; esto se evidenció con la crisis internacional que hace unos meses se gestó alrededor de una inminente intervención estadounidense en Siria, y que al parecer, fue evitada por la presión diplomática del país más grande de la ex Unión Soviética. Solo que esta vez, no hay ninguna referencia a Marx, a la dictadura del proletariado, ni a todos esos sueños que, tras algunas décadas, terminaron por convertirse en una suerte de pesadilla, de la que según algunos, despertamos a finales de los años 80. Más aún, de acuerdo con algunos diarios internacionales, Obama dejó también de ser el principal líder de “izquierda” a nivel mundial, y tras la muerte de Chávez –cuya gestión fue sumamente cuestionable en muchos aspectos–, se vislumbra que el personaje más emblemático de la izquierda es nada menos que el jesuita Jorge Bergoglio, o como se hace llamar desde que fue elegido como obispo de Roma, Francisco.
            La razón de este peculiar fenómeno no es tan difícil de encontrar. Después de la caída del muro de Berlín y de la desintegración de la URSS hemos comenzado a vivir en una especie de mundo post-ideológico. Esto no significa que sea el “fin de la historia”, como dijo Fukuyama, o que todos los conflictos sean “culturales” como Huntington esperaría, sino que la izquierda, que ciertamente sigue existiendo, se ha vuelto más bien cautelosa, y que el “pensamiento débil” de éste sector (por usar el término de Vattimo, a lo mejor mal empleado) ya no lanza ninguna crítica contundente al capitalismo, simplemente se limita a tratar de construir una especie de capitalismo con rostro humano, algo no tan distinto al sueño socialdemócrata de humanizar y democratizar el socialismo. Más aún, en países como México, lo más parecido a la izquierda políticamente visible que tenemos, se limita a soñar con restaurar los años dorados del régimen revolucionario… Por ello, tiene sentido que la única instancia desde la cual es posible imaginar un futuro radicalmente distinto al presente en el que vivimos, sea quizá paradójicamente, la tradición cristiana.
            En la primera de sus tesis sobre filosofía de la historia, Walter Benjamin apunta la estrecha relación entre la teología y el materialismo histórico, aunque desde el horizonte secular desde el que escribió, la primera debía de permanecer oculta, pues la religión no era bien vista en los espacios públicos, menos en la izquierda, pero esto no significaba que desapareciera del sistema filosófico que, por cierto, ella misma engendró. Hoy, como señala Slavoj Zizek, tenemos la situación opuesta, decirse marxista es mal visto, cuanto más hablar de socialismo y/o comunismo, pero la religión parece regresar paulatinamente a los espacios públicos, y es probablemente desde donde será posible generar importantes cambios.
            Pero tampoco hay que precipitarse, pues los mayores prejuicios con respecto a la izquierda no solo vienen desde el “gran capital”, sino de las mismas iglesias cristianas. No importa lo explícita que sea la afinidad electiva entre el materialismo histórico y la teología de la liberación, no hay mayor pecado para muchos sacerdotes católicos que decirse marxistas, pues en la soberbia característica de la Santa Sede, se sigue pregonando que no necesitamos a Marx, porque tenemos a León XIII, aunque cualquier lectura cuidadosa de la doctrina social de la iglesia nos hará notar que hay poco evangelio y mucho tomismo en ella, y que éste a su vez, es más aristotélico que cristiano. Alguna vez escuché de un teólogo jesuita la siguiente frase: “la doctrina social de la iglesia, ni es doctrina, ni es social, ni es de la iglesia”, y aunque no concuerdo en su totalidad con ello, me parece que vuelve evidente el hecho de que al interior del mismo catolicismo sigue sin haber un consenso sobre cómo atender “la cuestión social”, y en mi opinión, no tiene por qué haberlo. Ninguna iglesia ha sido nunca un cuerpo homogéneo en el que todos sus miembros comparten las mismas creencias, pero a ninguna le gusta admitirlo, por el contrario, cuando estas diferencias se vuelven evidentes, suele tratarse de acontecimientos sumamente traumáticos.
En este sentido, los grandes economistas fallan cuando tachan a Francisco de marxista, aunque acertarían si acusaran de tal cosa a gente como Leonardo Boff o Jon Sobrino, aunque ellos no lo admitieran. La crítica al “capitalismo salvaje” no es nueva, está presente desde el siglo XIX, en especial con la encíclica Rerum Novarum; la DSI, expresada en movimientos como el catolicismo social o la democracia cristiana (que no hay que confundir) se constituyó como una “tercera vía”, alternativa tanto al capitalismo liberal como al socialismo, pero la “liberación” de las clases trabajadoras no estaba dentro de su agenda. La DSI era conservadora, pues buscaba la restauración del orden social cristiano que se rompió con la revolución francesa, pero con una ruta mucho más clara que las reacciones viscerales de Pio IX en el Syllabus, y no solo proponía la instauración de un régimen corporativo, totalmente opuesto a las nociones modernas de ciudadanía, sino que además proclamaba la existencia de una suerte de desigualdad natural y deseada por Dios, la cual no había que combatir, como propugnaba el socialismo, sino por el contrario, propiciar la conciliación de las clases sociales antagónicas. Aquí había un eco evidente de la máxima aristotélica que dice algo así como: unos nacieron para gobernar, y otros para obedecer.
En este sentido, pienso que vale la pena, aunque suene rebuscado, pensar históricamente. No se trata, diría O´Gorman, de pelarnos con los muertos en este caso, con los católicos pre-conciliares– pero si distanciarnos de ellos. Porque el mundo al que intentaron responder es distinto del nuestro, y porque la iglesia de entonces no es la misma iglesia que la de hoy. Para León XIII, bastaba con que los ricos practicaran la caridad con los pobres para construir una sociedad más justa y armónica. Hoy vemos que, aunque mantenga su distancia del materialismo histórico, la crítica de Francisco va más allá, pues habla de un sistema que ve al dinero y las riquezas como algo sagrado; aquí hay un eco no solo de la DSI, sino también de pensadores como Benjamin, Marx y Engels, y si rastreamos más en el pasado, a movimientos milenaristas, que criticaron desde el cristianismo el orden social y económico que comenzó a construirse junto con eso que llamamos modernidad, y que lo pensaron desde el cristianismo tal vez no por ser la religión que posea la verdad, sino porque desde ese momento histórico, era el único lenguaje que les permitía articular su pensamiento.

Lo cierto es que tanto el conservadurismo como el liberalismo capitalistas parecen tener un nuevo y a su vez viejo enemigo, que ha optado por salirse de la jaula que la modernidad construyó para la religión. Y al mismo tiempo que intenta sanar un cuerpo que aún parece en riesgo de implotar, este obispo de Roma ha optado por denunciar que, como señaló en su momento el marxismo, el capitalismo puede ser parte de la historia, pero no el horizonte ético definitivo para la humanidad.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sobre el 5 de noviembre y algunos de sus demonios.


En 2006, la película V for Vendetta introdujo a nuestro imaginario la representación de un personaje que se ha convertido en el ícono de algunos movimientos anarquistas contemporáneos: Guy Fawkes. La película es de los pocos relatos de héroes de la ciencia ficción, junto con Matrix, donde los protagonistas no son unos guardianes reaccionarios del capitalismo, de la “libertad” y demás ídolos del mundo occidental post-ideológico, donde posiblemente el Batman de Nolan lleva la delantera, con un mensaje que bien podría formar parte del discurso de algunas dictaduras de ultra-derecha del siglo XX: 1) con tal de mantener el orden y el respeto a las autoridades, es preferible mentirle a la ciudadanía sobre las acciones de sus gobernantes, y 2) nada bueno puede provenir de los movimientos populares, salvo la destrucción de todo lo existente. Pero el protagonista de V for Vendetta tuvo que ser transfigurado para resultar atractivo en una época post-secular, convirtiendo en un anarquista (el único personaje con este perfil que logro identificar en el universo de la ciencia ficción es por cierto Bane) a quien en el siglo XVII fue un tanto distinto: Un católico tiranicida.
            La reforma protestante llevaba pocos años de haberse dado, y si bien el campo religioso parecía diversificarse, la lógica siguió siendo por muchos años la de las religiones de Estado, de modo que así como se persiguió a los protestantes en los países católicos, ocurrió también con los católicos en países protestantes; este fue el caso de Inglaterra. Miembro de una minoría perseguida en este reino, y al mismo tiempo perteneciente a una iglesia que se negaba a perder su hegemonía política y religiosa en el mundo occidental, Guy Fawkes formó parte de una conspiración que tenía por objetivo atestar un golpe mortal a la monarquía británica, haciendo estallar la cámara de lores. Sin embargo, el conspirador fue descubierto, y tras ser torturado y obligado a confesar, fue muerto en la hoguera. El 5 de noviembre, fecha ciertamente cercana a la celebración de los muertos y de todos los santos, día en que la conspiración fue descubierta, se convirtió en una celebración nacional para el reino, hasta la fecha, anglicano.
            Tal vez me equivoco, pero hay una razón fundamental por la que la figura de este católico ha sido recuperada tanto por el comic y la película citados, como por el movimiento anarquista Anonymus. Más que un terrorismo reaccionario, el atentado fallido de Fawkes pone de manifiesto que aún al interior de los gobiernos “representativos” existe una contradicción inherente, la exclusión del “otro”, en este caso, de quien no comparte la religión del Estado. Las guerras de religión que se extendieron en Europa por casi un siglo desgarran el velo hagiográfico con el que solemos cubrir a las iglesias cristianas, y nos recuerda que tuvo que transcurrir más de un siglo para que en Inglaterra la violencia de Estado por motivos religiosos diera paso a la tolerancia de cultos. Fawkes ha dejado de ser el chivo expiatorio de una nación para convertirse en el símbolo de aquellos que reclaman el autoritarismo de los regímenes que se autodenominan democráticos.
            Este tipo de personajes no es ajeno a la historia de nuestro país; puedo citar por lo menos tres ejemplos. Cuando España fue tomada por Francia a principios del siglo XIX, en el continente americano se dieron numerosos levantamientos, que no necesariamente buscaban la “independencia” en sus inicios, sino que reclamaban ser tomados en cuenta en calidad de reinos pertenecientes al imperio español y no de colonias. Pero esto no es todo, en el orbe católico existía el temor de que el imperio napoleónico destruyera la cristiandad, llevando a todos sus confines los principios de la revolución francesa. En el caso mexicano, el temor de ser gobernados por los “revolucionados” fue una de las principales razones que llevaron a un grupo de conspiradores a buscar separase de España mientras ésta no fuera gobernada por el legítimo rey, siendo el “Grito de Dolores” del padre Miguel Hidalgo, el acontecimiento más representativo de éste movimiento. Sin embargo, la toma de Guanajuato y el asalto a la Alhóndiga de Granaditas fue uno de los actos más sangrientos realizados por una turba formada principalmente por indígenas, que tal vez sabía poco de la situación política del imperio, pero guardaba un profundo descontento hacia las clases que les explotaban. Muchas de las simpatías que el movimiento de Hidalgo había atraído le dieron la espalda por la crueldad de este acontecimiento, y menos de un año después de haber iniciado el movimiento fue tomado prisionero, excomulgado, fusilado, decapitado y exhibido junto con los líderes militares del movimiento en el lugar donde habían cometido el más terrible de sus actos. Décadas más tarde, la historia de este sacerdote fue transfigurada al punto de convertirlo en el iniciador de la independencia y en el padre de la patria.
            Pero los católicos tiranicidas más radicales de nuestro país vivieron y actuaron en las primeras décadas del siglo XX. El 13 de noviembre de 1927, mientras el general Álvaro Obregón viajaba en su automóvil, otro vehículo se le cerró y le arrojaron dos cargas de dinamita. El general, ex presidente de México y al mismo tiempo futuro candidato al mismo puesto sobrevivió con daños mínimos, y en un acto de “hombría”, se arregló para asistir horas después a una corrida de toros. Para entonces habían sido detenidos algunos de los autores intelectuales del atentado, así como un sacerdote jesuita que era hermano de uno de ellos (y que según sus biógrafos no tenía vela en el entierro). Al enterarse de las detenciones, el autor material, Luis Segura Vilchis, se presentó ante Obregón para entregarse, y pedirle que dejaran libres a los detenidos. Este joven católico fue tomado preso, y diez días después fue pasado por las armas junto con los otros tres detenidos, dándole a la iglesia católica mexicana uno de sus más recodados “mártires” de “La Cristiada”, el padre Pro.
            Más o menos un año después, otro joven católico, también militante de organizaciones de acción pública como la ACJM, pero también de grupos secretos como la “U” emprendió una misión similar. Inspirado en el libro vetotestamentario de Judith, se propuso terminar con la “persecución religiosa” emprendida por el gobierno posrevolucionario. José de León Toral planeó su acto meticulosamente junto con “La Madre Conchita”, y tras hacerse pasar por un caricaturista del restaurante “La Bombilla”, ubicado a las afueras de la ciudad de México, descargó todos los tiros de una pistola sobre el candidato electo para gobernar nuevamente a México. El tiranicida fue detenido, torturado y pasado por las armas; había cumplido con su objetivo inmediato, pero lejos de poner fin a la guerra, la persecución se recrudeció. El poder metaconstitucional que comenzó a ser ejercido por el entonces presidente, Plutarco Elías Calles, se hizo sentir en el aparato estatal por los siguientes ocho años, y sería precisamente la crisis política que ocurrió tras la muerte de Obregón lo que propiciaría el surgimiento del partido que, aunque cambió de nombre en dos ocasiones, gobernó de manera sumamente autoritaria a México por todo el resto del siglo XX.

            Algunos hagiógrafos católicos intentaron difundir la vida y obras de León Toral en calidad de santo, pero la política pragmática asumida por el episcopado mexicano en los años posteriores al final de la guerra cristera censuró dichas obras. Inclusive he escuchado de personas que han tenido en sus manos las “reliquias” de este personaje. Al igual que Fawkes, intentó derribar el “nuevo régimen” de su país, no porque anhelaran la desaparición del Estado, sino para restaurar el orden católico que se venía desmoronando. Ambos fracasaron, pues lejos de atestar un golpe mortal al régimen, lo fortalecieron. No estoy seguro de que sus acciones violentas deban ser tomadas como un ejemplo literal en nuestros días, pero lo cierto es que fueron la muestra de que “el pueblo”, esa instancia mística a la que los regímenes modernos han venido apelando para legitimarse, nunca ha tenido una voz unísona, y que los Estados no son precisamente instituciones incluyentes. Al mismo tiempo, a quienes nos decimos católicos nos recuerdan un elemento traumático en la historia de nuestra iglesia que pienso que nunca debemos olvidar, la historia de esta institución y de sus creyentes no es solo una historia de mártires dispuestos a morir por Cristo, sino también por sujetos dispuestos a matar en su nombre. Quizá éste fue el camino de los Macabeos, de Judith o del rey David, y ciertamente de muchos santos de la Edad Media, pero nunca el del nazareno y de sus primeros seguidores.