lunes, 16 de septiembre de 2013

Derechos para unos, privilegios para otros, impuestos para casi todos

Las movilizaciones magisteriales, los desalojos y la violencia han logrado, para variar, “polarizar a la sociedad mexicana”; y es que para unos son héroes que luchan por nuestros derechos y en contra del mal gobierno, y para otros unos huevones que no quieren que los evalúen. El asunto es que la ola de manifestaciones, violencia y represión ha sacado a relucir toda una serie de desigualdades que existen en nuestra sociedad, aún entre ciertas masas que solemos ver como homogéneas, en las clases populares y en las clases medias.
                ¿Qué es lo que defienden los profesores del CNTE? En el fondo, me parece que esta es una reacción propia de quienes viven de lo que queda de un Estado de bienestar, donde es precisamente el Estado quien garantiza el “pleno empleo” de sus trabajadores, ante una reforma que busca liberalizar el mercado y dejarlos en la incertidumbre laboral, con el fin de “mejorar” la educación (cualquier cosa que eso pueda significar). No sé si todos lo veamos de esta manera, pero esta lucha laboral ha hecho visible la profunda desigualdad que existe entre las clases medias: quienes trabajan para el Estado y pertenecen a un sindicato tienen garantizado trabajo, salud y jubilación, es decir, gozan de un pleno empleo y no quieren perderlo, pero estos “derechos” son algo que muchos ni siquiera aspiramos a conocer. Para quienes no entramos en esta esfera, nos ha tocado ganarnos la vida a expensas del mercado (no lo digo victimizándome, pues desde mediados de la licenciatura he tenido la oportunidad de trabajar en cosas vinculadas con mi carrera, pero nunca ha pasado cerca de mi vista un contrato permanente), y como diría un amigo con quien platiqué ayer, nos resulta muy difícil ser totalmente empáticos con su lucha.
                En la declaración universal de los DDHH se menciona que el trabajo es un derecho universal e inalienable, pero muchos de nosotros no lo vemos así, para nosotros el trabajo es un privilegio limitado que hay que cuidar, no porque estemos de acuerdo con eso, sino porque así lo hemos vivido. Y esto nos lleva a un dilema: Si los maestros defienden sus “derechos”, ¿por qué no todos los tenemos? ¿Y si lo que los profesores del CNTE no fueran sus derechos sino sus privilegios, pues solo unos cuantos tiene acceso a un empleo de ese tipo? ¿No sería entonces la desarticulación de los sindicatos Estatales un acto de homogenización, y de que todos en las clases medias seamos igualmente vulnerables al mercado? ¿Y no es la igualdad uno de los objetivos últimos de la ideología liberal, de la que tanto nos gusta colgarnos a la hora de narrar la historia? ¿No buscaban los liberales del siglo XIX, como el pastorcito de Oaxaca, acabar con los privilegios de la iglesia y del ejército, y reducirlos a la misma condición de ciudadanos? ¿No eran los conservadores, los malos de la historia, quienes defendían el corporativismo?
                Y siguiendo con la lógica de acabar con los privilegios ¿Qué hay de los impuestos? ¿No obedecen a la misma lógica? Personalmente no me he puesto a echar diablos sobre el tema por una razón de mera congruencia, cuando trabajaba como profesor pagaba un porcentaje considerable de impuestos a la quincena, no en declaración sino por deducción, y la razón por la que no me quejé de ello es porque antes había vivido del Estado, cuando era becario del Colef y del SIN, y sabía que volvería a una condición similar en mis estudios de posgrado, así que como dicen por ahí, unas por otras. El asunto es que esta traducción visible e inmediata de los impuestos no está al alcance de todos, y al igual que ocurre con los precios del petróleo, sabemos que no se van a traducir en un beneficio inmediato para los contribuyentes. El tasar nuevos productos con el IVA y homologar este impuesto en la frontera bien puede verse como una forma de acabar con el “privilegio” que muchos malos mexicanos tienen de no pagar impuestos, y de que las pobres clases medias no sigan cargando con todo el peso de la contribución.
                Pero no nos hagamos tontos, porque hasta entre los perros hay razas. Quienes forman parte de los partidos políticos y del núcleo más duro del aparato estatal, de aquellas instancias innegociables, como la seguridad, no quedarán vulnerables al mercado, a ellos hay que tenerlos contentos. Ni qué decir de nuestra “clase política”, donde para ser “representante” del “pueblo” ni siquiera hay un mínimo de estudios, o donde el poder ejecutivo puede elegir a discreción a su gabinete sin consultarlo con nadie y sin que nadie los evalúe. Por otra parte, quisiera ver al Estado mexicano exigiéndole a las más grandes empresas nacionales o trasnacionales una contribución fiscal proporcional a sus ganancias, o ya cuando menos cobrándoles sus adeudos de servicios públicos, o un manejo responsable de sus desechos, pero sé que eso no va a pasar, porque la igualdad es para el “pueblo”, y los privilegios se le quitan a quienes se les pueden quitar, porque sabemos muy bien que si se entorpece el derecho de los empresarios a lucrar de manera ilimitada, con la mano en la cintura se pueden largar a un país donde si se les respete eso, China por ejemplo, gobernada por un partido comunista pero al mismo tiempo un paraíso para el capitalismo; y si se van, nos dejarán con una masa de desempleados a los que no será posible darles trabajo.

                Tal vez sea el momento no solo de actuar y reaccionar, sino también de repensar las razones de nuestras luchas y nuestras críticas, y por qué no, de romper un poco nuestra burbuja nacional. Y con esto me refiero a que “México debe voltear al exterior para crecer”, sino a que muchos de los problemas que estamos enfrentando no son exclusivos de nuestra amada patria. Los crecientes escándalos de espionaje gubernamental en Estados Unidos y la política exterior de Obama con respecto a medio oriente, sumándole los problemas económicos que este país tiene al interior, nos están mostrando que la tierra de la libertad y la democracia bien pueden ser una ficción que nunca existió, y las luchas de medio oriente podrían enseñarnos que la lucha contra los gobiernos autoritarios es una lucha global. El problema sigue siendo la enorme desigualdad, pues desde este lado del mundo, las luchas de países como Grecia o España con motivo de la crisis económica nos pueden resultar incomprensibles, pues los “derechos” que estos europeos buscan defender, para nosotros no son sino privilegios de nacer en el primer mundo, pues muchos de nosotros nunca tendremos acceso a sus niveles de consumo. ¿Podemos encontrar soluciones a todo esto dentro de la democracia procedimentalista y el liberalismo económico, tal y como los conocemos ahora? ¿Es resucitar el viejo Estado de bienestar la única respuesta, o es necesario desarticularlo en su totalidad? Tengo mis dudas, y creo que uno de los mayores desafíos es repensarnos en todas estas dimensiones, al tiempo que cuidamos lo que queda de lo que deberían de ser nuestros derechos fundamentales, cuyos principales enemigos parecen estar dentro de esa instancia que supuestamente inventamos para defenderlos, el Estado.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Guía práctica para discutir con la gente culta e izquierdosa…

Los análisis post-electorales, de los que ya casi nadie se acuerda, apuntaron un dato interesante con respecto a los votos a favor del PRI, y es que fueron inversamente proporcionales al nivel educativo. Es decir, mientras la gente con más estudios le apostó a lo más parecido a una izquierda que tenemos en nuestro país, o uno que otro se adhirió a la pegajosa frase: “mi gallo es gallina, y se llama Josefina”, la gente que uno pensaría que está más necesitada de cambio, ese “México profundo” del que hablaba Guillermo Bonfil Batalla, ese “pueblo” a nombre del que habla AMLO, y que por el simple hecho de ser “el pueblo”, “nunca se equivoca”, votó por nuestro enemigo público número uno.
                Esto ha traído severos problemas para ambos bandos. A la izquierda intelectualoide le dio por calificar como traidores a quienes “vendieron su voto” por una despensa o una tarjeta de Soriana, y hasta por burlarse de ellos; y es que nada da más coraje que estar hablando a nombre “del pueblo” (que aclaro, en mi opinión no existe), y que cuando el pueblo por fin externe su opinión (si es que a tachar un papel le llamamos ejercicio democrático) nos contradiga.
Pero sobre todo, este proceso electoral dejó al régimen sin intelectuales. Aún con el escaso IQ de Vicente Fox y su facilidad para decir estupideces, o lo dudoso del proceso por el cual Felipe Calderón llegó a la presidencia, existían personajes con una importante trayectoria académica –aunque a muchos nos puedan caer mal– con argumentos sumamente incisivos para legitimar el régimen. Solo doy un ejemplo: la libertad de expresión alcanzada después del año 2000, por ejemplo, era, según Krauze, comparable con la alcanzada durante el período en el que Francisco I. Madero, y había que tener cuidado de hacer un uso responsable de la misma, pues corríamos el riesgo de sabotear al nuevo régimen como había ocurrido con el apóstol de la democracia. Podríamos también mencionar a gente de la talla de Jorge Castañeda, o a la misma Denisse Dresser, quienes en su momento consideraron a Acción Nacional, ya si no como la mejor opción, por lo menos como el menor de los males. Hasta el momento, debo decir que la única apologética del IFE que me ha llegado a “convencer” es la de José Woldenberg, quien con algo de razón, ha señalado que este es el único mecanismo con el que contamos para elegir “democráticamente” a nuestros representantes, y que más que su funcionamiento, lo que urge repensar es si un régimen presidencialista responde a las necesidades de la actualidad.
Pero defender al PRI es como alguien diría de en su momento de Cuba, defender lo indefendible. Sin embargo, algo hay que alegarle a esa gente revoltosa que solo busca pretextos para quejarse de todo, para no trabajar (aunque en el fondo sabemos que muchos de los manifestantes trabajan más que el promedio) y/o para ver siempre lo negativo de las coas. Y como el tan socorrido “el cambio está en uno mismo”, transfigurado en un “ser ciudadano de tiempo completo”, que a su vez se traduce en un: "se hace más no dando mordidas, limpiando la banqueta y siendo amable y honesto con todos, que saliendo a las calles a manifestarse", se ha desvirtuado gracias a las redes sociales, que utilizan la primera de las frases para burlarse de la gente conservadora o reaccionaria, resulta urgente pensar en argumentos certeros que sirvan, o para justificar el que todo siga igual, o mínimo para aparentar que somos bien progres, cuando en realidad solo nos interesa que nuestra vida siga tranquila y feliz, total ¿es por lo que hemos trabajado tanto, no? Aquí van algunos puntos con los que podrá discutir con estos parásitos.

1)     Apele a Dios. Si sus discusiones son en ámbitos religiosos, puede con toda tranquilidad apelar a Dios, a la virgencita o a la Biblia, pues dependiendo del caso, ellos no pueden equivocarse. “Dar al César lo que es del César” o “toda autoridad ha sido dada por Dios” son un par de citas bíblicas que lo podrán convertir en todo un teólogo conservador amateur.
2)     Apele al pueblo o a la nación. Si se mueve en ámbitos seculares, apelar a Dios puede no funcionar, así que hay que pensar en otras instancias. Los pensadores del siglo XIX inventaron dos términos que le quitaron el poder a Dios sobre el Estado y se lo dieron a otras entidades, hasta ese momento inexistentes, pero que en el discurso funcionan a la perfección: “la nación” y “el pueblo”. No nos hagamos tontos, el pueblo, como fue retratado por los pintores de las décadas posteriores a la revolución francesa no existe, y atribuirle deseos y acciones a una masa heterogénea de personas, que en ocasiones ni siquiera hablan el mismo idioma, es sumamente absurdo. Y tan es así, que es necesario educar por al menos 9 años a la gente, contándole cuentos chinos sobre los héroes que dieron su vida por la libertad, para que se sientan parte de la “nación”. Pero eso no importa, lo importante es que, como la mayoría creemos que el pueblo existe, podemos hablar en su nombre. “El pueblo decidió en las urnas, y ¿quiénes somos nosotros para cuestionarlo?, si lo hacemos sería ser antidemocráticos, pues trataríamos de imponer la opinión de las minorías sobre la de las mayorías”… Este argumento funciona de maravilla. Además, cuando la gente molesta se manifieste y dañe los edificios, recuerde que están lastimando “el patrimonio de la nación”.
3)     La unidad ante todo. Si algo nos enseñó el PRI, bendecido por varias iglesias y alabado por las masas de trabajadores y campesinos a quienes les dio chamba y tierras, es que la unidad de la nación debe estar por encima de todo, y no debemos de dejar que las “ideologías” nos dividan. Por eso eran malos los sinarquistas, los panistas, los comunistas, y todas esas cosas que no miraban lo que nos une como mexicanos, sino que sembraban diferencias y discordias. Era tanto el daño que hacían que hasta se legisló sobre el delito de “disolución social”, y que a muchos de ellos, con todo el pesar de su alma, hubo que matarlos. Acuérdese que tener una sociedad “dividida” y “polarizada” es malo, así que basta con acusar a cualquier adversario político de sembrar la discordia para descalificarlo. “¿Por qué mejor en vez de estar viendo lo negativo y buscando como sabotear los proyectos modernizadores, no apoyan las decisiones del gobierno, que a fin de cuentas nos van a beneficiar a todos?”
4)     Piense en la familia y en los niños. La familia es la unidad básica y el núcleo de la sociedad. No les haga caso a los historiadores y antropólogos que dicen que el modelo hegemónico de familia es un invento de la modernidad capitalista, usted sabe muy bien que esta fue establecida por Dios, o si no es creyente, que es producto de millones de años de evolución, sabiduría de la naturaleza. Y como Dios y la madre naturaleza son más o menos lo mismo, y ni se equivocan ni los podemos cuestionar, nuestra obligación es preservar ese núcleo sagrado ante las perversiones de la modernidad/posmodernidad. ¿Qué tiene que ver esto con la política? Mucho… Por si no se ha dado cuenta, toda la gente que está en contra del gobierno, esos revoltosos que no trabajan ni quieren a su país, casi siempre están a favor de leyes que atentan en contra de la familia: Matrimonios homosexuales, aborto, reconocimiento de los transgénero, igualdad y /o equidad entre hombres y mujeres, feminismo, y demás barbaridades. Si así han logrado lo que han logrado, hasta en Italia donde vive el papa, ¿imagínese que pasaría si llegaran al poder en México? Porque los sociólogos que han demostrado que una pareja homosexual no necesariamente criará un hijo gay están mintiendo, seguramente son igual de jotos, así como los psicólogos que hace unas décadas quitaron la homosexualidad de catálogo de patologías de la APA. Basta con un testimonio conmovedor de un buen creyente convertido para demostrar todo lo contrario, y si no cree en Dios, basta con apelar a lo “normal” para argumentar por qué todas esas cosas no deben de existir. “Al rato hasta se va a legalizar que un hombre pueda casarse con su perro…”.
5)     Búrlese y sea sarcástico. Sí, el sarcasmo no es monopolio de la izquierda, sino que se trata de un patrimonio de la humanidad, y podemos usarlo a nuestra conveniencia. “Está mal ofender a un joto, pero nadie dice nada si ofendemos al papa”; esa si usted habla con gente católica. “Yo soy bien intelectual, por eso no veo el fut ni el box…” y de paso llámele “malinchista” o “malas vibras” a los que no apoyan al equipo local (especialmente si el dueño es un político), a la selección nacional de futbol o al Canelo. Acuérdese que apoyar los deportes es una forma de demostrar que se es bien mexicano, y si uno desde la televisión de su casa les tira malas vibras, puede hacerlos que pierdan… (con esto de paso le puede echar la culpa a los revoltosos de las tragedias deportivas). “Detrás de esto hay una conspiración de las mafias para distraer al pueblo y adueñarse de sus riquezas…” Claro, toda la gente de izquierda cree en las teorías de la conspiración, y burlándose a priori de eso puede demostrarle quién está en lo correcto.
6)     Sea cínico. Todos en este mundo tenemos que superarnos, todos luchamos por ser felices, por tener una familia bonita y todas esas cosas que siempre soñamos. Si nos distraemos pensando en el bienestar de gente que ni conocemos, pero que vive en colonias donde asaltan, violan y matan, no vamos a llegar a ningún lado, y lo peor de todo, ni nos lo van a agradecer. Lo mejor de vivir en una sociedad capitalista es que uno puede llegar tan lejos como se lo proponga, y quien opina lo contrario es porque es un amargado, un flojo o un comunista. El trabajo, el esfuerzo y demás, tarde o temprano son premiados, ya sea por Dios o por su mano invisible. Pero claro, si un amigo político o síndico nos hecha la mano, las cosas van a hacerse más rápido; el nepotismo y el tráfico de influencias son de esas cosas tan fáciles de ocultar que si no quiere ser cínico en su apoyo al régimen no tiene por qué serlo, y ni siquiera tiene que mentir. Pero si quiere serlo, puede crear toda una argumentación alrededor de “el PRI roba pero deja robar” y transfigurarlo en “el PRI era una democracia perfecta, porque había para todos”.
7)     Sea objetivo. Las ideologías y tomar partido por una opción política contamina la objetividad que un buen observador de la realidad debe de tener, aún y cuando no haya estudiado para eso ni lo haga como parte de su trabajo. Eso no es importante, lo importante es que cuando uno está “Más allá del bien y del mal” (si cita a Nietszche lleva las de ganar), o “fuera y por encima de toda política” (aquí la referencia es al papa León XIII, pero puede citar al papa que sea), se encuentra en la posibilidad de criticar y descalificar a todos los “ismos” sin argumentar otra cosa que: es que es comunista, es izquierdista, es anarquista, es feminista, es perredista, es 132, es zapatista… Y lo mejor, no lo pueden acusar de priista, porque usted no es ninguna cosa, y basta fingir objetividad para opinar lo que sea. Este argumento es de especial utilidad si usted es sacerdote o pastor, y lo acusan de meterse en política o de tomar partido.
8)      ¿Ya mencionamos al pueblo? No lo suficiente, y es que en Estados Unidos, que cuando nos conviene es el modelo a seguir y cuando no es el imperio que nos oprime, en el siglo XIX, un presidente (realmente no importa quién fue) dijo una vez que “cada pueblo tiene el gobierno que merece”. Esta es infalible, porque ni siquiera tiene aparentar ser optimista o estar a favor del gobierno, solo basta con echarle la culpa al pueblo para anular toda posibilidad de cambio o acción política. Los ejemplos cotidianos son lo mejor, la mordida, el dar mal el cambio, el pasarse el alto, el no respetar el lugar de los discapacitados… El gobierno que tenemos solo es un reflejo de nosotros, y aquí encaja cualquier cita de “El laberinto de la Soledad” del gran Octavio Paz. Si quiere ir más lejos, puede argumentar que la sociedad es la suma de los individuos, y que por lo tanto, es en manos de los individuos donde radica la posibilidad de cambio, ergo, si estos individuos no quieren que haya cambio, porque son conformistas o están contentos como viven, no podemos hacer nada. Esta es una manera elegante de disfrazar la famosa “el cambio está en uno mismo”, y lo dejan completamente libre de desinteresarse de la política, pero sin parecer apático. Este argumento es especialmente útil cuando se quiere cerrar una conversación.
9)      Póngase como ejemplo. El éxito y el progreso son posibles para todos, y seguramente usted puede ser un ejemplo de ello, y habrá muchos más en su familia. Relate cómo, sin andarse con cosas, sino a partir de trabajo, esfuerzo, ahorro -y dependiendo de quienes lo escuchen, bendiciones de Dios-, ha logrado llegar muy lejos. Tenga cuidado de no decirlo de manera muy directa, porque lo pueden acusar de estar presumiendo: mejor diga que ha obtenido lo suficiente para darle a sus hijos y su familia todo lo que usted no tuvo. Aquí la conclusión más importante, aunque debe cuidar de llegar a ella con tacto es: “los pobres son pobres porque quieren” y “el gobierno no tiene nada que ver con nuestras vidas, para que preocuparnos por eso”… Las mejores condiciones para presentarse como ejemplo es teniendo un empleo donde su sueldo, contrato y prestaciones provienen directamente del Estado, porque así tiene la vida resuelta, y obviamente le resulta incomprensible que la gente se manifieste. Si no quiere parecer cínico, tenga cuidado de no dar indicios de que además del esfuerzo personal, el nepotismo o el tráfico de influencias fueron factores en la obtención de su plaza.
10)   Haga obras de caridad. Esto solo es la cereza en el pastel que le dará la posibilidad de reforzar la autoridad moral con la que habla, y sobre todo, la prueba de que estar preocupado por los que menos tienen y defender el Status Quo no están peleados. Al contrario, es la demostración empírica de que, si a unos nos va bien, nos irá bien a todos. De preferencia no se limite a la caridad, sino que haga lo posible por que los destinatarios de su ayuda reciban también lecciones de cómo ser emprendedores, y que la clave para “salir de pobres” no está en la política, ni en las manifestaciones, sino en “uno mismo”, en trabajar duro.


Con estos sencillos pasos, usted le demostrará al mundo que se puede ser culto, progresista, y un férreo defensor del Status Quo y del régimen vigente, en este caso priista, pero puede adaptarse a cualquiera con mínimos cambios. Además, le brindará horas de diversión discutiendo con sus amigos o familiares intelectualoides, hipsters, 132, maestros revoltosos, o demás alimañas que nos hacen llegar tarde al trabajo, que amenazan con no dejarnos dar el grito o nos critican por apoyar a la selección nacional o al Canelo. Total, mientras uno y su familia estén bien ¿por qué preocuparnos por lo demás?

domingo, 8 de septiembre de 2013

YOLO, o el imperativo del goce

Durante el último semestre que estuve frente a grupo me llamó la atención que mis alumnos de bachillerato utilizaban esas mucho esas siglas, al principio no entendía por qué, al igual que tampoco sabía que significaba “hipster” y demás cosas de las “nuevas generaciones”. Una vez, con una mezcla de inocencia y orgullo, me explicaron que eran las siglas de “you only live once” (iba a preguntar si tenía algo que ver con the strokes, pero se notaba que quien me daba la amena explicación no tenía idea de quienes son ellos), y que era como una manera de decir ¿Por qué no hacer “x” o “y” cosa, si solo vivimos una vez? Bien podría ser el anglicismo equivalente a la frase de los mirreyes “equis, somos chavos”, o una actualización del clásico de los 90´s de Mónica Naranjo. Lo que me llamó aún la atención, fue que otro alumno presente, debo decir, uno de los más brillantes, al menos en historia, dio una descripción desde otra perspectiva: es como un pretexto para hacer pendejadas…
                 Creo que YOLO es el mejor ejemplo de cómo opera nuestra psique (una forma elegante de llamarle al alma) en la actualidad, en un tiempo que a muchos les da por calificar como posmoderno. Tal vez quienes crecieron en “otros tiempos”, cuando los psicólogos creían en Freud y los sociólogos en Marx, pueden pensar que las nuevas generaciones crecen en una gran libertad, sin reglas y hasta cierto punto sin obligaciones éticas o morales; más que libertad, libertinaje, dirían los abuelitos. Nada más lejano de la realidad. Quizá lo que habría que pensar es cuál es el papel que la suprema instancia ética de nuestra persona, lo que Freud llamaba el Super-Ego, juega en nuestras decisiones.
                Ya desde mediados del siglo pasado, Jacques Lacan replanteó el papel de este Super Ego. No solo es la instancia que prohíbe gozar (como en los típicos casos analizados por Freud en la Europa victoriana, donde la miseria de las personas radicaba en que no se atrevían a gozar porque el Super Ego se los prohibía), sino también convierte el gozo en un mandato. El imperativo del goce sería, esa voz que no nos llama sutilmente a disfrutar de la vida, sino que nos hace ver esto como una obligación… Si no gozas ¿para qué vives entonces? YOLO…
                Disfrutar de la vida no es el resultado de nuestros esfuerzos, tampoco una bendición de Dios… Es nuestra única obligación. Estamos obligados a ser felices, y si no lo somos, nos sentimos culpables. Hace algunas décadas, un o una joven bien podría hablar con su mejor amistad, o inclusive acudir con la autoridad religiosa más próxima, y confesar que había tenido relaciones con su pareja, experimentando en mayor o menor medida una sensación de culpabilidad. Y estas personas indudablemente siguen existiendo, pero a muchas otras, la culpabilidad les viene del otro extremo, si un joven termina después de algunos meses una relación en la que no hubo contacto sexual, es muy probable que se sienta culpable por no haber disfrutado lo suficiente de su sexualidad. Hace algunos años era común que la gente tuviera el temor de llegar a la vejez y ser pobre, por lo que trabajaba y ahorraba casi compulsivamente toda su vida, quien saber que tan honestamente; hoy nuestro mayor temor es haber llegado a viejos sin disfrutar lo suficiente de la vida, por eso nos da miedo privarnos de las cosas…

¿Es parte natural de la juventud, es la etapa de querer comerse el mundo? No estoy seguro, pero de lo que si tengo plena seguridad es de que hay una instancia que no puede salir perdiendo de nuestra búsqueda compulsiva de los placeres y de la felicidad: el mercado. Sobre la relación entre el actual capitalismo de mercado y el imperativo del goce, Slavoj Zizek ha ahondado bastante, así que no me extenderé. Pero dentro de este orden simbólico que nos obliga a ser felices ¿Existen alternativas? Curiosamente este filósofo esloveno ubica la posibilidad de pensar diferente no solo en el psicoanálisis y en Marx, sino en una tradición religiosa mucho más antigua, a pesar de ser ateo. Tal vez tenga algo de razón, y para los que nacimos en el hemisferio occidental, una posible salida de este atolladero se encuentre en el cristianismo. Espero escribir sobre el asunto… Jean Paul Sartre decía que cada hombre es lo que hace con lo que otros hicieron de él… Tal parece que a muchos de nosotros nos enseñaron a decir YOLO ¿Qué podemos hacer con eso, si en el fondo la frase tiene razón y solo vivimos una vez? ¿Buscar compulsivamente el gozo y la felicidad es la única forma legítima de vivir? 

lunes, 2 de septiembre de 2013

De manifestaciones y carnavales

Uno de los aspectos más retomados del filósofo y crítico literario ruso Mijail Bajtín es su análisis de cultura carnavalesca, en la que en oposición a las estructuras sociales jerárquicas de la alta edad media y el renacimiento, en los carnavales se daba una anulación / inversión del orden social, donde las normas se rompían, y por un momento hasta el rey se convertía en bufón. De acuerdo con Slavoj Zizek, este tipo de rituales lejos de una liberación, significaría la mejor expresión de lo que Lacan llamaba el “imperativo del goce”, donde el participante se encuentra obligado a transgredir la norma, y a disfrutarlo… Además, señala que de acuerdo con algunos exégetas recientes de Bajtín (dato que habría que corroborar), el principal referente del pensador ruso para imaginar el funcionamiento de la cultura carnavalesca no eran los carnavales sino… las purgas del período stalinista. Sí, el referente empírico del autor sobre una anulación de las jerarquías eran esos rituales donde el gozo consistía en la cosificación y el ejercicio de la violencia hacia el otro; donde generales y soldados rasos se volvían iguales en la transgresión de la norma: la violencia hacia los traidores. En este sentido, estaríamos frente a una situación indudablemente perversa, no solo porque el participante en el ritual se encuentra autorizado para ejercer todo tipo de violencia y sadismo sobre sus víctimas, sino porque además de disfrutar de esta “libertad”, no está obligado a responder por ella, ya que este ejercicio de la violencia se hace en nombre de un Gran Otro que no puede equivocarse, en este caso, el Estado y la Revolución, simultáneamente.
            ¿Qué pasaría si, detrás de las manifestaciones que se dan de manera recurrente en nuestro país, no se encontraran ideales sino un profundo y perverso deseo de ejercer libremente la violencia? Pensémoslo bien, tanto los granaderos como los anarquistas, porros, paleros, o demás motes que solemos darle a los manifestantes, poseen sólidas justificaciones éticas para sus actos. Defender el orden público y la paz social, transformar al país, hacer la revolución, cuidar la nación de los traidores… la lista se puede prolongar. Y al momento de actuar, tampoco hay gran diferencia. Ciertamente hay toda una tradición que representa a las masas como una fuerza anárquica que hay que contener, y que atraviesa desde las críticas de Lucas Alamán al movimiento de independencia hasta la última película de Batman, y nunca faltan las voces incisivas que en repetidas ocasiones, en los medios de comunicación o hasta en los púlpitos, han venido señalando la falta de voluntad del gobierno para poner orden, especialmente ante las manifestaciones de origen magisterial. Pero ¿la actuación de nuestras fuerzas públicas es diferente? ¿No fue la intervención de la fuerza pública en Atenco un auténtico carnaval para los agentes del orden, donde el portar un uniforme te permitía transgredir lo establecido, saciar la sed de sexo y de violencia sin tener que rendir cuentas a nadie por ello?
            No estoy seguro si este tipo de acción / reacción sea la dialéctica que mueve la historia, o si es la inevitable lucha que los héroes deben enfrentar para salvaguardar el orden ante las fuerzas del caos. Pero de lo que estoy casi seguro es que, usando el lenguaje coloquial “cuando empiezan los chingazos”, los ideales de uno y otro bando pasan a segundo término, y la violencia se convierte, aunque sea por unos instantes, en un fin en sí mismo… Y ¿por qué no? Si al llegar a mi casa con un ojo morado puedo hacer un efectivo juego de lenguaje, diciéndole a mis padres que todo fue por el bien común, y al recordar la anécdota con los “compas” puedo gozar nuevamente y reír sobre los madrazos que le di a los cerdos capitalistas o a los hippies revoltosos, según sea el caso; y siempre habrá medios que me apoyen, desde el periódico de izquierda que me convertirá en un héroe por enfrentar la violencia del régimen, o el noticiario conservador que resaltará la legitimidad de mis actos en tanto representante del Estado.

            Y así, mientras tratamos de cambiar el mundo o de que siga igual, salir a las calles sigue siendo una suerte de ritual, donde por un momento se rompe el orden, y todos son iguales, sujetos más o menos armados, y con permiso para hacer lo que en otros momentos está prohibido. Algunos antropólogos, la mayoría con visiones más o menos estáticas o ahistóricas de las sociedades, han planteado que en casi todas las culturas existen rituales donde se permite y canaliza la violencia, anulando por un momento las desigualdades, para obtener cierto equilibro social y que las cosas después vuelvan a la normalidad. La mayoría de las veces pensamos en que esta función la cumplen espectáculos como la lucha libre, pero ¿Qué pasaría si las manifestaciones violentas fueran en el fondo eso? ¿Y si en lugar de transformar, contribuyeran indirectamente al sostenimiento del orden? Si así fuera, tanto quienes exigimos cambios como los amantes del orden nos veríamos obligados a ser autocríticos, y a resignificar tanto la figura del manifestante como la del policía, o de plano, a seguir con el mismo cinismo de siempre.

lunes, 12 de agosto de 2013

Pemex, la iglesia y los muertos que hablan

En La escritura de la historia, el jesuita francés Michel de Certeau mencionó, con una frase que mezcla lo irónico y lo místico, que la razón fundamental de ser de los historiadores en las sociedades modernas es hacer hablar a los otros, a los que ya no están, a los muertos, y con ello, exorcizar la angustia que su ausencia nos causa. En el caso de nuestro país, el PRI ha sido quizá el ventrílocuo por excelencia de los héroes nacionales, construyendo una buena cantidad de narrativas patrióticas y nacionalistas que durante una gran parte del siglo XX sirvieron para legitimar su régimen, pues, si bien se dice que en la modernidad la legitimidad del Estado radica en la soberanía popular, las hazañas de un pueblo heroico siempre serían un vehículo inofensivo de esta voluntad comparada con otras prácticas de legitimación, como las elecciones libres, por ejemplo.
                Dentro de ese anecdotario nacionalista, más parecido quizá a las vidas de los santos que a la historiografía moderna, hay dos grandes hazañas que le fueron de gran utilidad a este régimen para legitimarse. Una de ellas es la separación entre la iglesia y el Estado; pero como la ruptura definitiva fue a su vez causa y consecuencia de una guerra fratricida, resultaba más conveniente atribuirle el logro del Estado laico al pastorcito de Oaxaca. Lo interesante es que esto divorcio no significó que el trono (o la presidencia) y el altar dejaran de negociar, sino que cual pareja de divorciados co-dependientes, nos trajeran un prolongado modus vivendi de relaciones nicodémicas, donde la iglesia católica continuó ejerciendo una notable influencia en la vida pública aún a pesar de su inexistencia jurídica. Finalmente, para los obispos resultaba más fácil negociar con los gobernantes por recursos públicos, o por la censura de alguna película o libro si no se tenía que rendir cuentas a la opinión pública. Pero eso no importaba, lo importante era que gracias a los liberales y a la revolución, se había sacado a México del oscurantismo, y por lo tanto, había que preservar ese logro, y evitar que el clero volviera a “hacer política”. El peligro del voto católico de oposición fue la razón por la que Calles se negó a legislar sobre el sufragio femenino, y por lo que se persiguió encarnizadamente a grupos como la Unión Nacional Sinarquista o el Partido Acción Nacional, grupos con los que aclaro, no simpatizo.
                Ciertamente el Estado Laico es una necesidad fundamental para la convivencia en una sociedad plural como la mexicana, o como cualquier otra en el mundo. El problema es que a veces pareciera que las problemáticas presentes y los imperativos éticos que deberíamos discutir de manera más urgente pasan a un segundo plano, de modo que, cuando se plantearon las reformas constitucionales más recientes en materia religiosa, tuvo más peso el “retroceso histórico”, o la “reacción” de la “derecha” que, infiltrada en un partido de centro-izquierda-nacionalista, había profanado la tumba de Juárez, por caricaturizar dos lugares comunes de muchos colegas, que canalizaron su indignación en la pregunta ¿Qué diría Juárez de estas reformas?
                Otro tanto sucede con el petróleo y la reforma energética. Ciertamente no es un asunto menor, pues se trata una de las principales fuentes de recursos públicos, al tiempo es un material combustible altamente contaminante y no renovable, que si bien algún día habrá de terminarse, se ha vuelto cada día más rentable. El asunto es que las discusiones no giran en torno ni a cuestiones científicas o tecnológicas, y probablemente tampoco en términos económicos. Lo que nuestros políticos discuten ante la opinión pública no es si cual es la mejor forma de aprovechar estos recursos, si la reforma planteada por el presidente es la mejor manera de volver eficiente la administración de Pemex, sobre si se crearán agujeros fiscales con la participación de iniciativa privada, y de ser así como serán subsanados. Lo que cierta “izquierda reaccionaria” - retomando el calificativo de Roger Bartra en una entrevista reciente, y asumiendo la posibilidad de ganarme descalificaciones con este comentario- se pregunta es ¿Qué diría Lázaro Cárdenas al respecto? Lo más interesante de todo es que nuestro presidente, como buen priista, decidió legitimar su reforma respondiendo a esta respuesta: Lázaro Cárdenas no se opondría a esta reforma, sino que la apoyaría. En pocas palabras, si en un momento los intereses presentes no concuerdan con el pasado que el mismo PRI inventó, solo hay que cambiar ese pasado por uno que encaje con las nuevas prioridades.

                ¿Qué tan “modernizadora” es una reforma que necesita especular sobre la opinión de los muertos para legitimarse? Habrá que ver quienes tienen mejores ventrílocuos para hacer hablar al “Tata” Cárdenas sobre el asunto, y convencer a la opinión pública de que la reforma energética es, o una medida que beneficiará al país, en consonancia con nuestros héroes patrios, o una profanación de sus logros históricos. Permitiéndome preparar un brebaje teórico, si por un lado recuperamos las tesis de historiadores como Michael Burleigh y de sociólogos como Robert Bellah, que afirman que el nacionalismo funciona de manera muy similar a los sistemas de pensamiento religioso, y citamos la célebre frase marxista de la religión como el opio de los pueblos, quizá nos demos una idea de los términos y parámetros en los que se toman este tipo de decisiones.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Homo sacer. Algunas reflexiones...

De acuerdo con el filósofo italiano Giorgio Agamben, en el derecho romano existía un concepto oscuro que se utilizaba para designar a la vida desnuda, es decir, a la vida de seres que aunque eran humanos, no se les consideraba tales, y por lo tanto, se encontraban en la posibilidad de ser asesinados sin que el verdugo respondiera ante la justicia por ello. Esta noción de una vida impersonal, de vidas de sujetos sin nombre, los cuales brindan la posibilidad de operar sobre ellos como si fueran cosas o animales, y sin remordimiento ético alguno, ha estado presente desde los orígenes de la civilización occidental, que desde la antigua Grecia, cuna de la democracia, ha encontrado la manera de separar y clasificar de manera jerárquica a las personas de las no personas.
                Seguramente muchos de nosotros pensamos en los horrores del Holocausto como la referencia más contemporánea a este tipo de acciones, pero muy probablemente estén más cerca de lo que podríamos imaginarnos. En un episodio de los Simpson, en el que Homero se convierte accidentalmente en la Muerte (la casa del terror 14, para ser exactos), es invitado por Lisa a la escuela, a una clase en la que debía presentar ante sus compañeros la profesión de su papá; la maestra pregunta a los niños ¿alguien quiere ver al señor Simpson cosechando un alma? Y todos responden entusiasmados que sí. Entonces la profesora hace pasar al aula a un vagabundo, y cambiando de escena, se escucha cómo la parca hace su trabajo, ante el aplauso de los alumnos. Las referencias en esta serie animada al nulo valor que en la sociedad estadounidense tiene la vida de los vagabundos son numerosas, no obstante, existen otros ejemplos con los que quizá podemos sentirnos más identificados.
                Pienso que es esta idea la que ha vuelto tan exitosas las películas, series y videojuegos de zombies. Finalmente son seres vivos, en tanto que están animados y pueden ser asesinados, pero al mismo tiempo no son personas, sino seres que para la sociedad ya están muertos, de manera que es posible, necesario, y según las tramas de este tipo de cine, imperativo, que se ejerza sobre ellos la más despiadada violencia, sin riesgo de que el héroe sienta simpatía alguna por ellos. ¿Hay algo más divertido que la obscena posibilidad de matar sin remordimiento alguno?
                Pero el homo sacer no puede ser desligado de las políticas que buscan salvaguardar la integridad y seguridad de las personas que sí son personas. El exterminio de los pueblos nativos de América del Norte podría ser uno de los primeros ejemplos de una política binacional compartida por México y Estados Unidos para poner solución al problema de los apaches y otros molestos intrusos que amenazaban con irrumpir el orden civilizatorio que avanzaba, en el caso estadounidense hacia el oeste, y en el mexicano, hacia el norte. Quizá el género western no sea tan claro con ello como las anécdotas decimonónicas del estado de Chihuahua, donde el gobierno pagaba en efectivo por cada cabellera de apache que se les llevara, o las mismas guerras por el río Yaqui, de las que habría de surgir una generación de militares porfiristas que años más tarde gobernarían el país, y le darían forma al México moderno.
                Tal vez los ejemplos como recientes los bombardeos realizados por drones en medio oriente, el debate posterior al 9-11 sobre la legalización de la tortura, o el surgimiento de un arte marcial en Israel con el que el ciudadano promedio pueda lesionar a un potencial agresor palestino sean pertinentes, aunque tienen el riesgo de señalar la paja en el ojo ajeno, aún en el del imperio, y no ver la viga que atraviesa el nuestro.
¿Qué hay de la guerra contra el narco en nuestro país? Tanto el gobierno como muchos ciudadanos han repetido hasta el cansancio, y tranquilizado sus conciencias, que los miles de muertos durante el sexenio pasado y lo que va del actual han sido principalmente de narcos, sicarios, mangueras, policías corruptos y/o gente que andaba en “malos pasos”… Esta era y sigue siendo la respuesta automática para no abrir investigaciones, o para justificar las múltiples violaciones de los DDHH que se han cometido. No importa que haya muertes, secuestros o torturas, siempre y cuando sean los malos… Algo similar, aunque tal vez no tan cínico ocurre con los migrantes centroamericanos, y de una manera mucho más descarada con las prostitutas. En los días recientes se llevó a cabo un desalojo masivo del canal del río Tijuana, en el que viven muchas de estas personas que son tratadas como los deshechos de la modernidad, citando a un colega. Hace años pude conocer a una mujer a quien admiro bastante que se ha dedicado a retratarlos, no como cosas, sino como personas, y ha logrado, por medio de la fotografía, ponerle rostro y nombre a estos portadores de la vida desnuda. Yo a ellos no los conozco, pero sí he podido convivir, gracias a los miembros de una iglesia metodista, con algunos que viven en el canal del río Alamar, cerca de la central camionera, y puedo decir que hablar y compartir el pan con ellos no es muy diferente que hacerlo con mis compañeros de clase, de trabajo, alumnos, o familiares. De igual manera, algunos excompañeros de la primera y secundaria forman parte de esos homo sacer que, o están en la cárcel, o un día pueden sumarse a las estadísticas de los costos humanos de nuestra exitosa política de seguridad.
Quizá en el fondo lo que hay que pensar no es cómo mantener a raya a estos intrusos en el orden civilizatorio que nos asustan y nos repugnan, ni verlos como unas cuantas excepciones de la regla, que por falta de esfuerzo o de valores familiares han terminado con vidas así. Probablemente ellos son parte inherente de nuestra civilización, de un orden autoritario, obsceno e inhumano, que necesita de una figura como el homo sacer para afirmarse a sí mismo, y para descargar sobre alguien toda la violencia que ante las personas que si son personas tiene prohibido hacerlo. Vale la pena recuperar una de las reflexiones más agudas de Agamben ¿Y si todos fuéramos Homo sacer? ¿Y si todas nuestras vidas pudieran ser tratadas de manera impersonal por las biopolíticas de los Estados modernos? Y extrapolándolo a nuestra realidad más inmediata ¿Qué sucede cuando el asesinato o secuestro de algún familiar nuestro queda impune con la excusa de que estaba vinculado al crimen organizado? ¿Eso hace más ligera la pena? ¿Qué sucede si nuestra novia o hermana es violada y asesinada, y las autoridades encargadas del caso dicen que ella se lo buscó por traer una minifalda o andar sola a altas horas de la noche?

Como académico se que cometo un crimen imperdonable al citar un texto del que no recuerdo ni el autor ni la fuente, pero cuanto cursaba la materia de historia del arte en la licenciatura, recuerdo haber leído un fragmento de un filósofo griego que, tras un incendio que había consumido varias vidas humanas, miraba fijamente los restos quemados de varios cadáveres; alguien se acercó y le preguntó en qué pensaba, y este respondió algo así como: intento encontrar la diferencia entre los restos de un hombre libre y los de un esclavo, y no logro ver ninguna.

viernes, 5 de julio de 2013

Ser machista sale caro...

Hace tiempo comenté en tono de broma con mi novia que algún día iba a hacer una campaña en pro de la equidad de género titulada “ser machista sale caro”… donde el objetivo fuera fomentar que las parejas compartieran gastos. Si bien le pareció interesante, me comentó que seguramente muy poca gente la apoyaría, pues a la mayoría de las mujeres les gusta ser tratadas como reinas, y si los hombres procedían de esta manera, iban a mejorar sus finanzas, pero terminarían reclamándome haberles estropeado su vida sexual. Y es que la lógica de la desigualdad entre géneros no solo le afecta a las mujeres, pues uno como hombre puede llegar a sufrir bastante por eso.
                
Mientras las mujeres son educadas por Disney, por las telenovelas y demás estereotipos donde el hombre ideal es aquel que las trata como princesas, los hombres tenemos que cargar con otros tantos, no menos difíciles de cumplir. Ser varonil, rudo pero al mismo tiempo tierno, un gran proveedor, apuesto, caballero, héroe, galán… Lo más duro es quizá cuando estas representaciones del hombre ideal se inscriben en los cuerpos, y terminan determinando cuestiones de mayor trascendencia que si fui capaz de salir con la chica que me gusta. Algunos estudios han puesto énfasis en cómo la respuesta a las enfermedades crónico-degenerativas se encuentran mediadas en gran medida por los roles de género socialmente asignados: Por un lado, las mujeres que deben fungir como madres abnegadas suelen estar más atentas a la salud de sus parejas e hijos que de la propia, pero por otro lado con los hombres no es muy diferente, pues aceptar “ser cuidado” y dejar de ser el proveedor del hogar puede resultar sumamente transgresor y humillante. Hace tiempo me enteré de un caso donde un padre de familia sufrió terriblemente debido a un cáncer, que solo tras su fallecimiento se supo que era de próstata; y no se trataba de una situación meramente familiar o psicológica, sino con un trasfondo cultural que a veces es difícil de ver, pues como otros casos similares, nunca se hizo público la enfermedad que padecía por vergüenza, ni deseaba someterse a ciertos tratamientos para no quedar “impotente”… y durante su enfermedad,  se le llegó a recriminar su condición de invalidez por parte de su pareja, que por cierto, se había convertido en su soporte económico.

               Y éste es un caso como muchos otros, donde puede constatarse una premisa marxista recuperada por Pierre Bourdieu: Los dominadores no son más libres que los dominados, sino que están sometidos por su propia dominación. Este puede ser un ejemplo extremo, pero los micromachismos operan todos los días de formas más sutiles, y en múltiples direcciones. ¿Cuántas veces, sin que nuestra pareja nos lo pida, muchos hombres nos hemos visto en serios aprietos económicos por tener que pagar una cuenta de una cita que bien podría haberse compartido, solo para cumplir con el rol del caballero? ¿Cuántas veces, aunque hombre y mujer trabajen, la despensa y el gasto familiar salen solo de la bolsa del varón, mientras que la dama gasta buena parte de sus ingresos en cosméticos, zapatos, ropa y demás accesorios que le permiten verse y sentirse bien?


            Hay una realidad que sigue imponiéndose, las calles son cada vez más peligrosas, sobre todo de noche, y ante esta realidad, peligra mucho más una mujer. Lamentablemente, nuestra imaginación para lo más que nos da es para convertirnos en un héroe lo suficientemente valiente, que pueda proteger a las mujeres que queremos de esa clase de peligros, como un caballero medieval, o quizá como un superhéroe de Marvel o DC Comics. Lo que no nos atrevemos a soñar, es con un mundo donde hombres y mujeres podamos caminar libremente sin ningún peligro… El machismo, la desigualdad y la inequidad de género no son un asunto solo de mujeres, y la agenda de género nos debería preocupar a todos, aún a los hombres heterosexuales que crecimos aspirando a ser felices y hacer felices a nuestras parejas, pero muy poco preocupados por las injusticias, que no son obra sino de nuestras acciones de cada día. Y sí, ser machista sale caro, no solo para los bolsillos del caballero, sino para un mundo sediento de justicia, así que ¿Por que no empezamos por lo más sencillo y compartimos gastos?