lunes, 2 de septiembre de 2013

De manifestaciones y carnavales

Uno de los aspectos más retomados del filósofo y crítico literario ruso Mijail Bajtín es su análisis de cultura carnavalesca, en la que en oposición a las estructuras sociales jerárquicas de la alta edad media y el renacimiento, en los carnavales se daba una anulación / inversión del orden social, donde las normas se rompían, y por un momento hasta el rey se convertía en bufón. De acuerdo con Slavoj Zizek, este tipo de rituales lejos de una liberación, significaría la mejor expresión de lo que Lacan llamaba el “imperativo del goce”, donde el participante se encuentra obligado a transgredir la norma, y a disfrutarlo… Además, señala que de acuerdo con algunos exégetas recientes de Bajtín (dato que habría que corroborar), el principal referente del pensador ruso para imaginar el funcionamiento de la cultura carnavalesca no eran los carnavales sino… las purgas del período stalinista. Sí, el referente empírico del autor sobre una anulación de las jerarquías eran esos rituales donde el gozo consistía en la cosificación y el ejercicio de la violencia hacia el otro; donde generales y soldados rasos se volvían iguales en la transgresión de la norma: la violencia hacia los traidores. En este sentido, estaríamos frente a una situación indudablemente perversa, no solo porque el participante en el ritual se encuentra autorizado para ejercer todo tipo de violencia y sadismo sobre sus víctimas, sino porque además de disfrutar de esta “libertad”, no está obligado a responder por ella, ya que este ejercicio de la violencia se hace en nombre de un Gran Otro que no puede equivocarse, en este caso, el Estado y la Revolución, simultáneamente.
            ¿Qué pasaría si, detrás de las manifestaciones que se dan de manera recurrente en nuestro país, no se encontraran ideales sino un profundo y perverso deseo de ejercer libremente la violencia? Pensémoslo bien, tanto los granaderos como los anarquistas, porros, paleros, o demás motes que solemos darle a los manifestantes, poseen sólidas justificaciones éticas para sus actos. Defender el orden público y la paz social, transformar al país, hacer la revolución, cuidar la nación de los traidores… la lista se puede prolongar. Y al momento de actuar, tampoco hay gran diferencia. Ciertamente hay toda una tradición que representa a las masas como una fuerza anárquica que hay que contener, y que atraviesa desde las críticas de Lucas Alamán al movimiento de independencia hasta la última película de Batman, y nunca faltan las voces incisivas que en repetidas ocasiones, en los medios de comunicación o hasta en los púlpitos, han venido señalando la falta de voluntad del gobierno para poner orden, especialmente ante las manifestaciones de origen magisterial. Pero ¿la actuación de nuestras fuerzas públicas es diferente? ¿No fue la intervención de la fuerza pública en Atenco un auténtico carnaval para los agentes del orden, donde el portar un uniforme te permitía transgredir lo establecido, saciar la sed de sexo y de violencia sin tener que rendir cuentas a nadie por ello?
            No estoy seguro si este tipo de acción / reacción sea la dialéctica que mueve la historia, o si es la inevitable lucha que los héroes deben enfrentar para salvaguardar el orden ante las fuerzas del caos. Pero de lo que estoy casi seguro es que, usando el lenguaje coloquial “cuando empiezan los chingazos”, los ideales de uno y otro bando pasan a segundo término, y la violencia se convierte, aunque sea por unos instantes, en un fin en sí mismo… Y ¿por qué no? Si al llegar a mi casa con un ojo morado puedo hacer un efectivo juego de lenguaje, diciéndole a mis padres que todo fue por el bien común, y al recordar la anécdota con los “compas” puedo gozar nuevamente y reír sobre los madrazos que le di a los cerdos capitalistas o a los hippies revoltosos, según sea el caso; y siempre habrá medios que me apoyen, desde el periódico de izquierda que me convertirá en un héroe por enfrentar la violencia del régimen, o el noticiario conservador que resaltará la legitimidad de mis actos en tanto representante del Estado.

            Y así, mientras tratamos de cambiar el mundo o de que siga igual, salir a las calles sigue siendo una suerte de ritual, donde por un momento se rompe el orden, y todos son iguales, sujetos más o menos armados, y con permiso para hacer lo que en otros momentos está prohibido. Algunos antropólogos, la mayoría con visiones más o menos estáticas o ahistóricas de las sociedades, han planteado que en casi todas las culturas existen rituales donde se permite y canaliza la violencia, anulando por un momento las desigualdades, para obtener cierto equilibro social y que las cosas después vuelvan a la normalidad. La mayoría de las veces pensamos en que esta función la cumplen espectáculos como la lucha libre, pero ¿Qué pasaría si las manifestaciones violentas fueran en el fondo eso? ¿Y si en lugar de transformar, contribuyeran indirectamente al sostenimiento del orden? Si así fuera, tanto quienes exigimos cambios como los amantes del orden nos veríamos obligados a ser autocríticos, y a resignificar tanto la figura del manifestante como la del policía, o de plano, a seguir con el mismo cinismo de siempre.

lunes, 12 de agosto de 2013

Pemex, la iglesia y los muertos que hablan

En La escritura de la historia, el jesuita francés Michel de Certeau mencionó, con una frase que mezcla lo irónico y lo místico, que la razón fundamental de ser de los historiadores en las sociedades modernas es hacer hablar a los otros, a los que ya no están, a los muertos, y con ello, exorcizar la angustia que su ausencia nos causa. En el caso de nuestro país, el PRI ha sido quizá el ventrílocuo por excelencia de los héroes nacionales, construyendo una buena cantidad de narrativas patrióticas y nacionalistas que durante una gran parte del siglo XX sirvieron para legitimar su régimen, pues, si bien se dice que en la modernidad la legitimidad del Estado radica en la soberanía popular, las hazañas de un pueblo heroico siempre serían un vehículo inofensivo de esta voluntad comparada con otras prácticas de legitimación, como las elecciones libres, por ejemplo.
                Dentro de ese anecdotario nacionalista, más parecido quizá a las vidas de los santos que a la historiografía moderna, hay dos grandes hazañas que le fueron de gran utilidad a este régimen para legitimarse. Una de ellas es la separación entre la iglesia y el Estado; pero como la ruptura definitiva fue a su vez causa y consecuencia de una guerra fratricida, resultaba más conveniente atribuirle el logro del Estado laico al pastorcito de Oaxaca. Lo interesante es que esto divorcio no significó que el trono (o la presidencia) y el altar dejaran de negociar, sino que cual pareja de divorciados co-dependientes, nos trajeran un prolongado modus vivendi de relaciones nicodémicas, donde la iglesia católica continuó ejerciendo una notable influencia en la vida pública aún a pesar de su inexistencia jurídica. Finalmente, para los obispos resultaba más fácil negociar con los gobernantes por recursos públicos, o por la censura de alguna película o libro si no se tenía que rendir cuentas a la opinión pública. Pero eso no importaba, lo importante era que gracias a los liberales y a la revolución, se había sacado a México del oscurantismo, y por lo tanto, había que preservar ese logro, y evitar que el clero volviera a “hacer política”. El peligro del voto católico de oposición fue la razón por la que Calles se negó a legislar sobre el sufragio femenino, y por lo que se persiguió encarnizadamente a grupos como la Unión Nacional Sinarquista o el Partido Acción Nacional, grupos con los que aclaro, no simpatizo.
                Ciertamente el Estado Laico es una necesidad fundamental para la convivencia en una sociedad plural como la mexicana, o como cualquier otra en el mundo. El problema es que a veces pareciera que las problemáticas presentes y los imperativos éticos que deberíamos discutir de manera más urgente pasan a un segundo plano, de modo que, cuando se plantearon las reformas constitucionales más recientes en materia religiosa, tuvo más peso el “retroceso histórico”, o la “reacción” de la “derecha” que, infiltrada en un partido de centro-izquierda-nacionalista, había profanado la tumba de Juárez, por caricaturizar dos lugares comunes de muchos colegas, que canalizaron su indignación en la pregunta ¿Qué diría Juárez de estas reformas?
                Otro tanto sucede con el petróleo y la reforma energética. Ciertamente no es un asunto menor, pues se trata una de las principales fuentes de recursos públicos, al tiempo es un material combustible altamente contaminante y no renovable, que si bien algún día habrá de terminarse, se ha vuelto cada día más rentable. El asunto es que las discusiones no giran en torno ni a cuestiones científicas o tecnológicas, y probablemente tampoco en términos económicos. Lo que nuestros políticos discuten ante la opinión pública no es si cual es la mejor forma de aprovechar estos recursos, si la reforma planteada por el presidente es la mejor manera de volver eficiente la administración de Pemex, sobre si se crearán agujeros fiscales con la participación de iniciativa privada, y de ser así como serán subsanados. Lo que cierta “izquierda reaccionaria” - retomando el calificativo de Roger Bartra en una entrevista reciente, y asumiendo la posibilidad de ganarme descalificaciones con este comentario- se pregunta es ¿Qué diría Lázaro Cárdenas al respecto? Lo más interesante de todo es que nuestro presidente, como buen priista, decidió legitimar su reforma respondiendo a esta respuesta: Lázaro Cárdenas no se opondría a esta reforma, sino que la apoyaría. En pocas palabras, si en un momento los intereses presentes no concuerdan con el pasado que el mismo PRI inventó, solo hay que cambiar ese pasado por uno que encaje con las nuevas prioridades.

                ¿Qué tan “modernizadora” es una reforma que necesita especular sobre la opinión de los muertos para legitimarse? Habrá que ver quienes tienen mejores ventrílocuos para hacer hablar al “Tata” Cárdenas sobre el asunto, y convencer a la opinión pública de que la reforma energética es, o una medida que beneficiará al país, en consonancia con nuestros héroes patrios, o una profanación de sus logros históricos. Permitiéndome preparar un brebaje teórico, si por un lado recuperamos las tesis de historiadores como Michael Burleigh y de sociólogos como Robert Bellah, que afirman que el nacionalismo funciona de manera muy similar a los sistemas de pensamiento religioso, y citamos la célebre frase marxista de la religión como el opio de los pueblos, quizá nos demos una idea de los términos y parámetros en los que se toman este tipo de decisiones.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Homo sacer. Algunas reflexiones...

De acuerdo con el filósofo italiano Giorgio Agamben, en el derecho romano existía un concepto oscuro que se utilizaba para designar a la vida desnuda, es decir, a la vida de seres que aunque eran humanos, no se les consideraba tales, y por lo tanto, se encontraban en la posibilidad de ser asesinados sin que el verdugo respondiera ante la justicia por ello. Esta noción de una vida impersonal, de vidas de sujetos sin nombre, los cuales brindan la posibilidad de operar sobre ellos como si fueran cosas o animales, y sin remordimiento ético alguno, ha estado presente desde los orígenes de la civilización occidental, que desde la antigua Grecia, cuna de la democracia, ha encontrado la manera de separar y clasificar de manera jerárquica a las personas de las no personas.
                Seguramente muchos de nosotros pensamos en los horrores del Holocausto como la referencia más contemporánea a este tipo de acciones, pero muy probablemente estén más cerca de lo que podríamos imaginarnos. En un episodio de los Simpson, en el que Homero se convierte accidentalmente en la Muerte (la casa del terror 14, para ser exactos), es invitado por Lisa a la escuela, a una clase en la que debía presentar ante sus compañeros la profesión de su papá; la maestra pregunta a los niños ¿alguien quiere ver al señor Simpson cosechando un alma? Y todos responden entusiasmados que sí. Entonces la profesora hace pasar al aula a un vagabundo, y cambiando de escena, se escucha cómo la parca hace su trabajo, ante el aplauso de los alumnos. Las referencias en esta serie animada al nulo valor que en la sociedad estadounidense tiene la vida de los vagabundos son numerosas, no obstante, existen otros ejemplos con los que quizá podemos sentirnos más identificados.
                Pienso que es esta idea la que ha vuelto tan exitosas las películas, series y videojuegos de zombies. Finalmente son seres vivos, en tanto que están animados y pueden ser asesinados, pero al mismo tiempo no son personas, sino seres que para la sociedad ya están muertos, de manera que es posible, necesario, y según las tramas de este tipo de cine, imperativo, que se ejerza sobre ellos la más despiadada violencia, sin riesgo de que el héroe sienta simpatía alguna por ellos. ¿Hay algo más divertido que la obscena posibilidad de matar sin remordimiento alguno?
                Pero el homo sacer no puede ser desligado de las políticas que buscan salvaguardar la integridad y seguridad de las personas que sí son personas. El exterminio de los pueblos nativos de América del Norte podría ser uno de los primeros ejemplos de una política binacional compartida por México y Estados Unidos para poner solución al problema de los apaches y otros molestos intrusos que amenazaban con irrumpir el orden civilizatorio que avanzaba, en el caso estadounidense hacia el oeste, y en el mexicano, hacia el norte. Quizá el género western no sea tan claro con ello como las anécdotas decimonónicas del estado de Chihuahua, donde el gobierno pagaba en efectivo por cada cabellera de apache que se les llevara, o las mismas guerras por el río Yaqui, de las que habría de surgir una generación de militares porfiristas que años más tarde gobernarían el país, y le darían forma al México moderno.
                Tal vez los ejemplos como recientes los bombardeos realizados por drones en medio oriente, el debate posterior al 9-11 sobre la legalización de la tortura, o el surgimiento de un arte marcial en Israel con el que el ciudadano promedio pueda lesionar a un potencial agresor palestino sean pertinentes, aunque tienen el riesgo de señalar la paja en el ojo ajeno, aún en el del imperio, y no ver la viga que atraviesa el nuestro.
¿Qué hay de la guerra contra el narco en nuestro país? Tanto el gobierno como muchos ciudadanos han repetido hasta el cansancio, y tranquilizado sus conciencias, que los miles de muertos durante el sexenio pasado y lo que va del actual han sido principalmente de narcos, sicarios, mangueras, policías corruptos y/o gente que andaba en “malos pasos”… Esta era y sigue siendo la respuesta automática para no abrir investigaciones, o para justificar las múltiples violaciones de los DDHH que se han cometido. No importa que haya muertes, secuestros o torturas, siempre y cuando sean los malos… Algo similar, aunque tal vez no tan cínico ocurre con los migrantes centroamericanos, y de una manera mucho más descarada con las prostitutas. En los días recientes se llevó a cabo un desalojo masivo del canal del río Tijuana, en el que viven muchas de estas personas que son tratadas como los deshechos de la modernidad, citando a un colega. Hace años pude conocer a una mujer a quien admiro bastante que se ha dedicado a retratarlos, no como cosas, sino como personas, y ha logrado, por medio de la fotografía, ponerle rostro y nombre a estos portadores de la vida desnuda. Yo a ellos no los conozco, pero sí he podido convivir, gracias a los miembros de una iglesia metodista, con algunos que viven en el canal del río Alamar, cerca de la central camionera, y puedo decir que hablar y compartir el pan con ellos no es muy diferente que hacerlo con mis compañeros de clase, de trabajo, alumnos, o familiares. De igual manera, algunos excompañeros de la primera y secundaria forman parte de esos homo sacer que, o están en la cárcel, o un día pueden sumarse a las estadísticas de los costos humanos de nuestra exitosa política de seguridad.
Quizá en el fondo lo que hay que pensar no es cómo mantener a raya a estos intrusos en el orden civilizatorio que nos asustan y nos repugnan, ni verlos como unas cuantas excepciones de la regla, que por falta de esfuerzo o de valores familiares han terminado con vidas así. Probablemente ellos son parte inherente de nuestra civilización, de un orden autoritario, obsceno e inhumano, que necesita de una figura como el homo sacer para afirmarse a sí mismo, y para descargar sobre alguien toda la violencia que ante las personas que si son personas tiene prohibido hacerlo. Vale la pena recuperar una de las reflexiones más agudas de Agamben ¿Y si todos fuéramos Homo sacer? ¿Y si todas nuestras vidas pudieran ser tratadas de manera impersonal por las biopolíticas de los Estados modernos? Y extrapolándolo a nuestra realidad más inmediata ¿Qué sucede cuando el asesinato o secuestro de algún familiar nuestro queda impune con la excusa de que estaba vinculado al crimen organizado? ¿Eso hace más ligera la pena? ¿Qué sucede si nuestra novia o hermana es violada y asesinada, y las autoridades encargadas del caso dicen que ella se lo buscó por traer una minifalda o andar sola a altas horas de la noche?

Como académico se que cometo un crimen imperdonable al citar un texto del que no recuerdo ni el autor ni la fuente, pero cuanto cursaba la materia de historia del arte en la licenciatura, recuerdo haber leído un fragmento de un filósofo griego que, tras un incendio que había consumido varias vidas humanas, miraba fijamente los restos quemados de varios cadáveres; alguien se acercó y le preguntó en qué pensaba, y este respondió algo así como: intento encontrar la diferencia entre los restos de un hombre libre y los de un esclavo, y no logro ver ninguna.

viernes, 5 de julio de 2013

Ser machista sale caro...

Hace tiempo comenté en tono de broma con mi novia que algún día iba a hacer una campaña en pro de la equidad de género titulada “ser machista sale caro”… donde el objetivo fuera fomentar que las parejas compartieran gastos. Si bien le pareció interesante, me comentó que seguramente muy poca gente la apoyaría, pues a la mayoría de las mujeres les gusta ser tratadas como reinas, y si los hombres procedían de esta manera, iban a mejorar sus finanzas, pero terminarían reclamándome haberles estropeado su vida sexual. Y es que la lógica de la desigualdad entre géneros no solo le afecta a las mujeres, pues uno como hombre puede llegar a sufrir bastante por eso.
                
Mientras las mujeres son educadas por Disney, por las telenovelas y demás estereotipos donde el hombre ideal es aquel que las trata como princesas, los hombres tenemos que cargar con otros tantos, no menos difíciles de cumplir. Ser varonil, rudo pero al mismo tiempo tierno, un gran proveedor, apuesto, caballero, héroe, galán… Lo más duro es quizá cuando estas representaciones del hombre ideal se inscriben en los cuerpos, y terminan determinando cuestiones de mayor trascendencia que si fui capaz de salir con la chica que me gusta. Algunos estudios han puesto énfasis en cómo la respuesta a las enfermedades crónico-degenerativas se encuentran mediadas en gran medida por los roles de género socialmente asignados: Por un lado, las mujeres que deben fungir como madres abnegadas suelen estar más atentas a la salud de sus parejas e hijos que de la propia, pero por otro lado con los hombres no es muy diferente, pues aceptar “ser cuidado” y dejar de ser el proveedor del hogar puede resultar sumamente transgresor y humillante. Hace tiempo me enteré de un caso donde un padre de familia sufrió terriblemente debido a un cáncer, que solo tras su fallecimiento se supo que era de próstata; y no se trataba de una situación meramente familiar o psicológica, sino con un trasfondo cultural que a veces es difícil de ver, pues como otros casos similares, nunca se hizo público la enfermedad que padecía por vergüenza, ni deseaba someterse a ciertos tratamientos para no quedar “impotente”… y durante su enfermedad,  se le llegó a recriminar su condición de invalidez por parte de su pareja, que por cierto, se había convertido en su soporte económico.

               Y éste es un caso como muchos otros, donde puede constatarse una premisa marxista recuperada por Pierre Bourdieu: Los dominadores no son más libres que los dominados, sino que están sometidos por su propia dominación. Este puede ser un ejemplo extremo, pero los micromachismos operan todos los días de formas más sutiles, y en múltiples direcciones. ¿Cuántas veces, sin que nuestra pareja nos lo pida, muchos hombres nos hemos visto en serios aprietos económicos por tener que pagar una cuenta de una cita que bien podría haberse compartido, solo para cumplir con el rol del caballero? ¿Cuántas veces, aunque hombre y mujer trabajen, la despensa y el gasto familiar salen solo de la bolsa del varón, mientras que la dama gasta buena parte de sus ingresos en cosméticos, zapatos, ropa y demás accesorios que le permiten verse y sentirse bien?


            Hay una realidad que sigue imponiéndose, las calles son cada vez más peligrosas, sobre todo de noche, y ante esta realidad, peligra mucho más una mujer. Lamentablemente, nuestra imaginación para lo más que nos da es para convertirnos en un héroe lo suficientemente valiente, que pueda proteger a las mujeres que queremos de esa clase de peligros, como un caballero medieval, o quizá como un superhéroe de Marvel o DC Comics. Lo que no nos atrevemos a soñar, es con un mundo donde hombres y mujeres podamos caminar libremente sin ningún peligro… El machismo, la desigualdad y la inequidad de género no son un asunto solo de mujeres, y la agenda de género nos debería preocupar a todos, aún a los hombres heterosexuales que crecimos aspirando a ser felices y hacer felices a nuestras parejas, pero muy poco preocupados por las injusticias, que no son obra sino de nuestras acciones de cada día. Y sí, ser machista sale caro, no solo para los bolsillos del caballero, sino para un mundo sediento de justicia, así que ¿Por que no empezamos por lo más sencillo y compartimos gastos?

miércoles, 19 de junio de 2013

No existes

Cuando me presentaron contigo me hablaron maravillas sobre ti, y cuando empecé, según yo, a conocerte, no tardé en enamorarme. Aunque la palabra amor ya no me gusta, porque puede significar todo y nada a la vez, y porque es tan ambigua como tú. Hace algunos años estaba seguro de conocerte, pero hoy ya no sé quién eres. Ya no sé si eres una utopía inalcanzable que debo seguir hasta la muerte, o una quimera que simplemente se metió en mis entrañas para atormentarme, para exigirme una entrega a la que simplemente no puedo corresponder. Ya no sé si eres real, o si solo eres producto de mi imaginación, o la encarnación de un símbolo que representa mis deseos más profundos. Ya no sé, y quizá en el fondo no quiero saber, porque si descubro que no eres ninguna de esas cosas, mi mundo completo habría de venirse abajo.
Me dijeron que a tu lado encontraría la felicidad, que no me faltaría nada, pues nunca te dejas ganar en generosidad. Me prometieron que a tu lado sería capaz de conquistar el mundo, de llegar a la cima, de meter el mar en un agujero hecho en la arena de la playa, de vivir para siempre… Unos me decían que no tenía que hacer nada para obtener todo eso, pues tu bondad y tu belleza eran tan grandes que solo bastaba dejarme querer y creer que me amabas. Otros me dijeron que, por el contrario, tenía que esforzarme, pues es lo mínimo que podía hacer para corresponder en todo lo que tú hacías a diario por mí. Todos coincidieron en que habías tenido que sufrir mucho por mí, y que por lo tanto, no corresponder a tanto amor y sacrificio era un acto de maldad imperdonable, que me haría merecedor de la peor de las muertes, y de un castigo que nunca terminaría.
Pero tú no decías nada, o al menos nada que yo pudiera escuchar. Tu silencio me resultó incomprensible por años, hasta que me di cuenta de que esa persona a quien creía conocer y amar no era sino un muñeco de ventrílocuo, que cualquiera podía hacerla decir lo que quisiera. Entonces resultó que no eras tú quien me hablaba, sino los otros. Amante y ser amado, juez, víctima y verdugo, cualquiera que fuera tu voz, no venía de ti, aún y cuando tus labios se movían y tu tono parecía inconfundible. Todas las cartas que me enviaste, resultó que tampoco las escribiste tú, es más, ni siquiera sé quien lo hizo ¿acaso las cosas que dijiste simplemente se pronunciaron a sí mismas? Como un espejo puesto frente a otro, así de vacías se volvieron tus palabras.
Entonces te quise destruir, y repetí como mantra día y noche que no existías. Lo hice con la misma devoción que había aprendido a repetir tus palabras y a hablar contigo todas las noches. Pero ¿Cómo podía destruirte si no eras real? ¿Cómo se puede matar a un fantasma? Ese “no existes” no expresaba solo la desesperación de sentir que el mundo entero me había engañado, sino que también te reclamaba porque no habías cumplido la más grande de tus promesas, que siempre estarías conmigo, hasta el fin del mundo. Sí, te reclamaba por algo que sabía que nunca prometiste, por palabras que otros habían puesto en tu boca. Y entonces me volví contra el mundo que me había enseñado a amarte y a dejarme amar por ti, pues también me habían dicho que si bebía del agua que tú me darías nunca más tendría sed, pero resultó ser al revés, una vez que bebí de esa copa, que hoy sé que tu nunca llenaste, se despertó en mi una sed insaciable, que me hacía volver a tu lado una y otra vez, pues el mundo me aterraba.

sábado, 15 de junio de 2013

El trono y el altar ¿Otra vez?


El domingo pasado, mientras  hacía mis lecturas diarias para mí tesis uno de mis buenos amigos protestantes me envió el link de un video donde la alcaldesa de su antigua ciudad de residencia, Monterrey, le entregaba simbólicamente las llaves de la ciudad a “nuestro señor Jesucristo”. Debido a los temas que investigo, la vieja idea de que los historiadores buscan en el pasado las respuestas de sus interrogantes presentes  se volvió obvia, al menos para mi caso. Al día siguiente, cuando la noticia circulaba por diversos medios, mi hermano me hizo llegar un segundo video, este grabado el año pasado en la ciudad de Ensenada (por cierto, la segunda matria de mi amigo, de esas “coincidencias” desagradables), donde el presidente municipal llevaba a cabo un acto simbólico muy parecido, aunque éste con un poco más de teatralidad.

            El tema no solo me resulta interesante, sino también preocupante, pues de entrada, como señaló Roberto Blancarte (a quien por cierto pude escuchar en el último encuentro de la RIFREM), no son las iglesias las que están maquinando formas de infiltrarse en el poder político, sino que son nuestros políticos los que están acudiendo a los símbolos religiosos. La mayoría de los defensores del Estado laico han rasgado sus vestiduras, denunciando que estos actos además de una intransigencia, son una suerte de transgresión a la constitución y a los principios liberales de nuestra nación, por lo que entregarle las llaves de una ciudad a Jesús, o consagrar un estado al Sagrado Corazón, es algo así como bailar sobre la tumba de Juárez y profanarla. La preocupación de muchos de mis colegas es que dos de los actores protagónicos de la historia de México, cuyo divorcio fue prolongado, doloroso pero necesario, ahora parecen encontrarse en vías de reconciliación, por lo que estaríamos ante un gravísimo retroceso histórico.

            Si bien soy una suerte de historiador católico de izquierda, y comparto la preocupación por el riesgo que la “nuestra laicidad pública” (utilizando el término de Emile Poulat) corre ante semejantes aberraciones, quiero proponer una lectura un tanto distinta de estos acontecimientos: En el fondo no estamos ante algo tan nuevo, pues el acto de sacralizar el poder político no es ninguna regresión histórica, sino una práctica consustancial al Estado mexicano moderno desde su formación en el siglo XIX. Lo novedoso radica en que, al emerger la idea de que nuestro país es una nación multicultural, lo cual por cierto se dio de manera paralela al desarrollo del actual concepto de laicidad, al Estado ya no le basta sacralizarse por medio de esa religión civil que alguna vez se pensó, aglutinaría a todos los mexicanos, sino que ahora debe hacerlo por medio de credos particulares, que le darían legitimidad ante sectores específicos de la población. De ahí la novedad de que el PRI, el PAN e incluso el PRD, que por mucho tiempo fueron actores antagónicos en cuanto a su propuesta de una política religiosa, recurran no solo al catolicismo, sino también a las confesiones evangélicas. Nos encontraríamos entonces frente a un asunto más complejo de lo que pensamos, donde tal vez valga la pena plantearnos nuevas preguntas, dirigidas no desde la teleología nacionalista que el PRI nos inculcó durante nuestra educación primaria, sino desde las nociones contemporáneas de ciudadanía, espacio público y democracia.


            En el fondo, lo que más me preocupa no es que “los mochos” hayan llegado al poder, sino que las respuestas que muchos de los sectores “progresistas” han y hemos dados es la de los apóstoles de la nación que sienten que su “sagrada” constitución ha sido “profanada” por los enemigos de la libertad. Quizá el mayor enemigo de un Estado laico no es uno confesional, sino uno que necesita adherirse a la dicotomía de lo sagrado y lo profano para legitimarse, y en ese sentido, se me ocurre que deberíamos repensar nuestro ideal de laicidad, no como un logro histórico en peligro de disolverse, sino como un ideal por construir, pues no debemos olvidarnos que quienes le atribuyeron a Juárez esa hazaña fueron quienes inventaron al México moderno, que por medio de prácticas antidemocráticas y de un régimen autoritario de mantuvieron en el poder ininterrumpidamente por siete décadas, y que hace mas o menos un año regresaron para quedarse. Supongo que durante mis “vacaciones” seguiré escribiendo sobre el asunto.

domingo, 13 de enero de 2013

Adiós al silencio


El silencio casi siempre dice mucho. En ocasiones es el mayor pronunciamiento de indiferencia, conformidad, respaldo y sumisión que podemos externar. Otras veces es la única acción que podemos realizar cuando nos encontramos ante experiencias que simplemente no pueden ser contenidas en el lenguaje. Aquí aplica la frade de Wittgenstein: “De lo que no podemos hablar es mejor callar”.

Otras veces simplemente el “no hablar”, “no escribir”, “no decir” es porque así como hay momentos para expresar, inclusive para gritar, también los hay para callar. Ese ha sido mi caso en las últimas semanas; por alguna razón, pese a todo el cúmulo de experiencias y conocimientos de mi último año, simplemente me han salido pocas palabras, especialmente escritas. Ni sobre mi tesis, mis lecturas, viajes, deseos, mociones. Debo reconocer que extraño la soledad y el silencio de los EE.EE, aunque estoy consciente de que no son terapia individual ni grupal (aunque sé que muchos así los toman, igual y les es de provecho). Pero mi relativa preocupación va en direcciones que oscilan entre el pragmatismo académico (textos que terminar) y una mística contemplativa que para mi gusto raya en la inutilidad si se prolonga demasiado.

La muerte de la abuela, el velorio, el sepulcro y los novenarios, la muerte, la vida y las ideas soteriológicas con las que llevo años peleando en lo más profundo de mi cabeza. Los afectos que se reordenan y desordenan, comunidades frágiles y líquidas, un deseo profundo de servir y horas de discernimiento pendiente que habrán de posponerse hasta que las condiciones materiales deban cambiar. Es con esa intuición aprendida recientemente de no instalarme cómodamente en ningún lugar que he reconocido el sentido del peregrinaje, pues aún siendo capaces de ubicar lo sagrado o lo numinoso en un sitio específico no es correcto quedarnos a vivir en éste, pues nuestro hogar muchas veces está en el mundo y al mismo tiempo en ningún lugar específico.

Lo difícil en ocasiones es romper con el silencio, más cuando aparentemente no se tiene nada que decir. Es por eso que escribo en esta ocasión, para convencerme a mí mismo que llego la hora de romper ese silencio que al principio es necesario, pero termina volviéndose una manera cómoda de evadir aquello que nos toca hacer. Ya habrá tiempo de caminar en otras direcciones, y nuevos sitios a los cuales regresar cíclicamente para descansar.